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El Arco de Tolka: Rambla de Aldhayar



Datos de Interés:Lugar: Rambla de Aldhayar. Albuñol (Granada)
Época de Realización: cualquiera, ya que la temperatura media se encuentra en los 14 ó 15 º durante casi todo el año.
Recorrido: Albuñol – Molino de Lupión – Rambla de Aldhayar – Cueva del Plomo – Cueva de los Murciélagos – Arco de Tolka – Sendero de las Minas – Albuñol.
Tiempo empleado en el recorrido: aproximadamente cuatro horas, teniendo en cuenta que es un recorrido circular y que se realizarán multitud de paradas para la observación espectacular del paisaje.
Monumentos Naturales: Cueva de los Colores. Cascada Pétrea. Cueva del Plomo. El Tranco. Cueva de los Murciélagos. Arco de Tolka.





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Material Necesario: ropa cómoda, zapatillas o botas de montaña, cantimplora con agua, cuerda de escalada, linterna frontal y una cuerda fina de unos 120 m de longitud.

Introducción:
Durante este paseo voy a intentar explicitar la imagen de un lugar, que creo, tiene un valor geológico, paisajístico, histórico y cultural para ser tenido en cuenta y valorado por las personas que en él vivimos, por lo que con este artículo espero concienciar a las poblaciones de Albuñol y Albondón, a las cuales pertenece el espacio geográfico a describir, para, con el esfuerzo de todos, poder obtener para dicho lugar la reconocida figura de protección de espacios naturales de Paraje Natural Protegido. Aunque el paseo se va a realizar por la rambla de Aldhayar, el conjunto formado por ésta y la rambla del Ahijón, que rodean las dos poblaciones anteriores, sería el espacio a estudiar para su posible consideración como paraje natural protegido, ya que tienen idéntica formación geológica y características paisajísticas y biológicas parecidísimas, siendo la rambla del Ahijón de un recorrido longitudinal muy superior.

Los Parajes Naturales son espacios con excepcionales exigencias cualificadoras de sus singulares valores, que se declaran como tales con la finalidad de atender la conservación de su flora, fauna, constitución geomorfológica, especial belleza u otros componentes de muy destacado rango natural.
Se entiende por patrimonio geológico a aquellas estructuras del relieve, formaciones de rocas, acumulaciones sedimentarias, paisajes, así como yacimientos minerales o paleontológicos, que posean un valor importante para conocer e interpretar la historia geológica del planeta. Son auténticas ventanas al pasado de la Tierra y donde podemos conocer su posible futuro. En este espacio encontraremos ejemplos típicos de disolución de la roca caliza por efecto del agua a través de las fracturas de la roca, apareciendo infinidad de huecos y cuevas en las paredes prácticamente verticales.
Estas ramblas monumentales se encuentran en la Sierra de la Contraviesa, al sur de la Alpujarra granadina. Pertenecen, geológicamente hablando, al Complejo Alpujárride, y dentro de éste a la aureola externa formada por el conjunto de mantos de corrimiento compuestos en superficie por rocas calizas y dolomías, sobre las que se asienta el típico paisaje del calar. El manto al que pertenecen estas ramblas es el de Lújar, cuyo tramo de cuarcitas bien estratificadas han dado lugar a una morfología en la que el encajamiento de la red fluvial ha formado las estrechas gargantas de este espacio natural. Fuera de éstas aparece el modelo cárstico calizo, incluidos los travertinos y yesos que dan lugar a cuevas y simas como la de los Murciélagos.

Relato:La madrugada es fresca, en esta época primaveral debemos protegernos de las temperaturas engañosas matutinas, pronto habrá que desprenderse de varios atuendos.
Hemos iniciado la ruta desde la misma encrucijada de las ramblas de Albuñol.
Siguiendo el muro construido a partir del desastre de la famosa “Nube de 1973”, avanzamos pasando el Cerrillo hasta llegar al Molino de Lupión. Es el momento de bajar a la rambla, empieza a amanecer, entre las retamas floridas y las aulagas punzantes revolotean varias parejas de currucas cabecinegras y capirotadas, se inquietan al vernos, pero en unos instantes vuelven a su atareada labor amorosaEl suelo está húmedo, el rocío inunda las pequeñas praderas que rodean los acuíferos externos. Estamos enfrente de la Cueva de los Colores, está arriba, en la pared caliza, emana toda la amplia gama de colores ocres, desde el rojizo al amarillento. Proseguimos por el arenal, pasamos varios meandros de lo que alguna vez pudo ser un arroyo constante de agua, y que por razones posiblemente naturales se fue desecando hasta convertirse en una reseca rambla.

El recorrido es suave, pero las imágenes en nuestras retinas son abrumadoras, caminamos entre dos paredes verticales de gran altura que forman una garganta sobrecogedora, podríamos imaginar una ruta por los cañones del pirineo o las hoces castellanas. De una de estas paredes salta de forma repentina un sorprendido búho real, ciertamente es un entorno ideal para él, está poblado de atalayas, el agua corriente no falta y por los alrededores se encuentran multitud de matorrales y arbustos que atraen a otros animalillos como ratoncillos, lirones, petirrojos o mosquiteros, que en algún momento podrán ser parte de su dieta, complementándola con culebras de escalera y lagartos ocelados que también suelen merodear por estas tierras.
Los muros que nos rodean están plagados de formas caprichosas que simulan esculturas abstractas. Debajo de una de estas paredes se acumula una gran cantidad de arena finísima, prácticamente polvorienta, y que por su variedad cromática podría parecer la paleta de un pintor prehistórico.

Cuando nuestros pies se empiezan a acostumbrar al paso retrasado en la arena al hundirse, nos asombra un pavimento rocoso y resbaladizo que abarca todo el suelo de la garganta. Al aproximarnos a él descubrimos a nuestra derecha una cascada vertical pétrea de unos ocho metros de altura, nos imaginamos en qué periodo geológico pudo surgir o ser esculpida esta auténtica maravilla de la naturaleza. Nos introducimos en ella y observamos su magnitud, está finamente pulimentada, fuera de ella surge casi de la pared un resquebrajado lentisco, parece imposible que esas raíces hayan encontrado un sustrato donde alimentarse. En las inmediaciones de este barranco, no hace muchos años, recuerdo el crujir de las astas de dos machos monteses en su celoso encuentro, posiblemente por el liderazgo de un grupo de hembras que esperaban el pausado y violento desenlace.
Una vez fuera de la cascada ascendemos un grupo de escalones que elevan varios metros la rambla, cada vez se cierra más la garganta y al llegar a la Cueva de las Palomas nos deleitamos con un decúbito relajante y fresco sobre la deslizante pared oblicua que se suaviza hasta llegar a la reluciente arena. Es el momento de observar el colosal Tajo del Águila a nuestra derecha, de más de cien metros de altura vertical, plagado de recovecos, de entrantes y salientes, de minúsculos arbustos. Los aviones roqueros pasan una y otra vez por delante del tajo, alguna golondrina dáurica planea a nivel del suelo, y el sonido constante de las palomas bravías hacen de este aposento un espacio de paz y soledad necesario.
Al otro lado se encuentra la Cueva del Plomo, realmente fue una mina de la que se extrajo este mineral y algún otro como cinabrio. La subida a ésta es bucólica, tiene un sendero natural esculpido en la pared vertical que hace de este paso uno de los más bonitos y agradables de la ruta. Al llegar cerca de la gruta rodeamos una tosca saliente que nos deja por unos instantes colgados de la pared. Posteriormente llegamos a los basares de la entrada, tiene una gran columna central que la divide en dos partes, al entrar huele a humedad, tenemos que utilizar las frontales para adentrarnos hasta su fin, bueno, parece ser que un desprendimiento de rocas la ha cortado, posiblemente siguiera en otros tiempos ascendiendo la pendiente ahora derruida.

Ya estamos abajo de nuevo, caminamos hacia la cada vez más estrecha garganta, siguen impresionando sus muros, marcados con multitud de formas o senderos extraplomados realizados por los movimientos terrenales y la erosión de las aguas. Recalamos en el famoso Tranco, no es más que una inmensa roca que ha quedado encajada sobre las dos paredes, la pasamos por debajo y encontramos un tranco formando una chimenea vertical de unos cinco metros de altura. Lo ascendemos asidos al cable de acero que sujeta un anclaje de escalada en la parte superior. Ya arriba volvemos a mirar hacia atrás, nuestra retina se clava en la estampa, no queriendo retirar de nuestro cerebro esa imagen arrebatadora del cañón sobre el fondo del gran Tajo del Águila.
Se vuelve a abrir el terreno, pisamos un suelo mixto entre arenal y roca vidriosa, nos acercamos a un nuevo desfiladero que después de subir sus dos escalones nos deja en el inicio de la mítica Cueva de los Murciélagos.
Ésta se encuentra a unos cien metros de subida, el sendero es muy resbaladizo e inclinado, por lo que vamos con un paso tranquilo pero seguro. Por fin estamos arriba, la entrada es un gran soportal en el que hay una construcción minera, de cuando esta gruta se utilizó para la búsqueda de oro, creyendo los mineros que la diadema encontrada sobre un esqueleto de una tribu neolítica, podría significar nuevos hallazgos áureos dentro de la cueva, por lo que fue saqueada y literalmente destrozada, no encontrando en ningún momento restos de este mineral, aunque sí señales y rastros de haber vivido y utilizado como necrópolis por esta tribu neolítica.

Una vez atada la cuerda a una pequeña higuera que hay en la entrada penetramos al interior. En todo momento bajamos, no son difíciles sus pasos, pero el suelo empolvado es resbaladizo y con una visión irreal. El techo está plagado de estalactitas como garbanzos, los colores pasan del blanco calizo al rojo. El suelo está destrozado, así que las posibles estalagmitas están enterradas. Está llena de cámaras que se comunican unas con otras, tiene varias ascensiones que vuelven a comunicar con otras “habitaciones”, y una gran sala central donde se pueden observar todas las estancias y abundantes excrementos de murciélagos. La longitud aproximada de la gruta es de unos cien metros, aunque algunas de las subidas podrían aumentar su prolongación.

El exterior nos oxigena de nuevo, desde arriba observamos como entre las adelfas, bolinas y torviscos de la rambla pasea olisqueando un fabuloso zorro, no se ha percatado de nuestra presencia por lo que a vista de prismáticos disfrutamos de su sagacidad hasta que desaparece entre los matorrales. Enfrente se encuentra el sorprendente Arco de Tolka, para llegar hasta él deberemos bajar hasta la rambla y volver a subir, se encuentra a mayor altura que la cueva, así que vamos a intentarlo.
Desde la rambla accedemos por un barranco para subir hacia el Arco, está plagado de plantas aromáticas, romeros, tomillos, mastranzos y marrubios. Con ese olor embriagador vamos sorteando los obstáculos hasta aproximarnos a la altura de nuestro objetivo. Salimos de la vaguada hacia la derecha hasta que asoma impertérrito su impresionante figura.
Sus dimensiones son de unos cuatro metros de largo por otros dos de alto, son dos piedras gigante unidas, rodeado por lentiscos e hinojos, pudiéndose pasar a través de él, aunque con un cuidado especial, ya que termina su paso en una pared vertical hacia el valle. Está bastante erosionado, así que evitamos subir en él por el peligro y por el daño que podríamos ocasionar a este entorno natural.
Desde aquí podríamos bajar y deshacer el camino andado, pero preferimos ascender hasta encontrar el camino de las Minas.
Pasamos por espacios impresionantes, encontramos huellas de jabalí, algunos restos de haberse dado una comilona algún ave rapaz, incluyendo una reciente egagrópila. Las formas calcáreas de las rocas siguen siendo caprichosas, surgen de cualquier muro pequeñas cuevecillas en donde hay restos de haber sesteado cabras monteses. La ascensión no es nada fácil, cada vez se inclina más, hasta que llegamos a una pared que no nos deja pasar, habrá que escalarla pero no por aquí, es demasiado peligrosa. La bordeamos en horizontal hasta encontrarle un resquicio por donde trepar.
Ya estamos arriba, nos acercamos hacia un pequeño cortijo en ruinas, descansamos e iniciamos la marcha entre espartos y el cantar de las cogujadas. Sólo nos queda seguir en dirección descendente el camino de Las Minas, y en poco más de media hora estaremos disfrutando de un merecido refrigerio.

Por la declaración de Paraje Natural Protegido de este espacio, único en la naturaleza andaluza.
*** Si queréis completar la información de este paraje, visitad el ártículo de este mismo blog titulado "Los Cuarenta Trancos del Ahijón".

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