Contenidos

"La Última Caza"


Acaba de entrar la primavera, no es a lo que habitualmente nos tiene acostumbrados esta estación. La lluvia no cesa y el frío es más propio del crudo invierno. 
Gavilán (Accipiter nisus)
En los bosques cercanos caducifolios de Sierra Nevada la vegetación está rebosante, los animales dejan rastros constantes, las ginetas, garduñas o ardillas están exultantes, acaban de pasar una fase de hibernación y el hambre se apodera de ellas. Los reptiles se empiezan a observar en los taludes tomando el sol, mientras sus primos los anfibios no cesan en su croar, los machos de sapos y ranas inundan las noches de sonidos estruendosos y a su vez gratificantes para el amante del campo. El zumbido de los insectos nos recuerda que la estación será intensa en su eclosión, más pluviosidad nos llevará a mayor cantidad de hormigueros, de mosquitos urticantes, de abejas melíferas y de un enriquecimiento esplendoroso de la madre natura.

Pero donde el hombre quedará más absorto será en la abundancia de aves, cierto es que ya están aquí las africanas estivales, vencejos, golondrinas, aviones y algunas rapaces como las aguilillas calzadas o las culebreras. Pero en pocas jornadas algunas otras especies surcarán nuestros cielos, son las más tardías, pero que siempre llegan para realizar una de las fases más importantes de su corta vida, la reproducción. Entre otras aparecerán los abejarucos, las oropéndolas, las currucas, los alcaudones o los críalos, que se verán acompañadas por las autóctonas de aquí, las que establecieron su casa para siempre en nuestros campos, mirlos, perdices, gorriones, tórtolas o verdecillos, que harán de nuestros paseos una constante sinfonía de millares de instrumentos musicales.


La mañana es fría, a las afueras de la ciudad se percibe una bruma repleta de humedad. Los gavilanes se encuentran en celo, el pequeño macho está sobre la rama que él ha elegido para observar a la hembra. Se mueve con elegancia contorneándose para mostrar su anaranjado cuello, ella, sin duda enamorada, lo observa pareciendo que su interés  ha desaparecido tras los largos meses invernales. De repente salta la dama hacia el bosquete, intuitivamente su consorte la persigue con aparente facilidad, se elevan hacia los cielos y allí se produce el encuentro, él sigue elevándose exhibiendo sus dotes circenses, terminando con velocísimos picados hasta llegar muy cerca de ella. Cuando pasa un tiempo vuelven al bosque, se introducen donde prepararán el ramoso nido dentro de no muchas jornadas.

Ambos tienen necesidad de comer, la estación ya pasada los ha dejado con muy pocas reservas de grasa, así que vuelven a elevarse, y una vez escudriñado el sotobosque deciden otear los horizontes cercanos a su hábitat. La gavilana se separa caminando en su vuelo hacia zonas de presencia humana, sabe que allí trasiegan animales muy apetecibles para ella y que aprovechan nuestra presencia para encontrar un escudo ante los ataques de predadores como ella. Habitualmente el macho suele ser mejor cazador por su pequeña envergadura y por la práctica cuando la hembra está engorando sus pollos, pero en esta ocasión ella buscará su propio alimento.

Quizás se ha alejado demasiado de su entorno natural, pero debe ser valiente si quiere saciar el hambre matutino. Desde arriba, surcando el cielo gris, observa sin cesar hacia las grandes explanadas cercanas a la ciudad. En un momento dado descubre el verdor de unos pajarillos que vuelan de un árbol a otro, son una pareja de verderones que se encuentran también ensimismados en la labor de apareo. Uno de ellos levanta el vuelo, es el momento en el que la gavilana sale en picado hacia él. El verderón la ve llegar a lo lejos y comienza la persecución. Ella es más veloz, su intención es capturarlo en el vuelo con sus largas patas que terminan en unas garras pasmosas con unas uñas larguísimas que en un santiamén acabarían con la vida del pequeño pájaro. En el fragor de la batalla se adentran en una población y en el último instante, cuando parece que la gavilana va a dar caza a su presa, ésta esquiva u obstáculo imprevisto y nuestra protagonista, que no conocía el territorio, va a dar de forma explosiva sobre el gigantesco cristal del pabellón de la localidad. Su cuerpo se troncha, cae a plomo al suelo, una vez más el Homo sapiens le ha puesto una trampa, pero por desgracia esta vez ha caído en ella. Su corazón está a punto de expirar, sus ojos ya casi no se abren, solo le da tiempo a ver como un pequeña criatura la recoge del suelo y se la entrega a su profesor, él será el que le inculcará los valores de nuestra desprotegida casa, de nuestra naturaleza. El gavilán, el macho, cerniéndose en las alturas observa como se extingue la vida de su pareja. Una víctima más de la modernidad del ser humano. ¿Será la última?

La Cascada de la Cimbarra




Próximos al límite de Andalucía con Castilla La Mancha se encuentra uno de los parques naturales menos extensos  de España, el conocido con el nombre de Despeñaperros. Dentro del mismo está uno de los desfiladeros más emblemáticos de nuestro territorio nacional, que lleva el mismo nombre del parque y que presenta un atractivo especial por surgir de sus acantilados el monumento natural de Los Órganos, cuyas cuarcitas simulan formas gigantescas de tubos de órganos eclesiales. 

Plaza Mayor de Aldeaquemada
Este entorno natural está enmarcado en un espacio que ha sido y es utilizado por la inmensa mayoría de los visitantes que acceden a Andalucía desde el norte, sin embargo ha sido siempre un sitio de paso, por lo que en esta ocasión voy a reseñar una de las rutas más emblemáticas de este parque que se puede considerar como el inicio o el fin de la colosal Sierra Morena, la llamada Cascada de la Cimbarra.
El enebro y su fruto


Para acceder a ella nos dirigimos en vehículo por la autovía del Sur, y muy cerca del límite entre las comunidades de Castilla la Mancha y Andalucía encontramos uno de los desvíos hacia la población jiennense de Aldeaquemada. Realmente la ruta comienza aquí, ya que desde la salida de la autovía hasta la población el paisaje es abrumador. Son veintidós kilómetros por carretera estrecha en muy buen estado, pero donde la vista no tiene un instante de descanso debido a la grandeza que surge detrás de cada curva. La primera fase del camino es ascendente, a lado y lado aparece una vegetación típica mediterránea compuesta sobre todo de encinas. Pronto éstas se entremezclan con robles tanto melojos como quejigos, para al llegar a la parte alta empezar con un paisaje de pinar donde también sorprenden los pinos piñoneros de estas sierras, un hermoso cervatillo interrumpe las vistas vegetales, enseguida desaparece.  Al iniciar la bajada de nuevo se torna el paisaje, los robles se mezclan con los alcornoques, éstos recién descorchados con una carne rojiza que invita a ser acariciada; además  alcanzan una gran presencia los enebros y los madroños, que en este otoño ya empiezan a enrojecer sus sabrosos frutos. 

Al fondo,el final de la ruta

Entramos en el pueblecito de Aldeaquemada, se encuentra en una llanura rodeada por sierras escarpadas de una vegetación densa y particular. Lo más destacable es la Plaza Mayor, donde se encuentra el ayuntamiento, la iglesia de la Purísima concepción y el pósito de diezmo. Aquí dejamos el coche e iniciamos la ruta a pie, saliéndonos en pocos metros de la aldea según nos marcan las señales informativas. Empezamos por una llanura entre cortijadas hasta llegar a encontrarnos el río Guarrizas, el cual nos acompañará hasta el final de nuestro camino. La ruta está muy bien señalizada, así que no nos entretendremos en orientarnos, en todo momento la ribera del pequeño río dará un color especial al entorno. Los sauces, chopos y sobre todo los centenarios fresnos refrescan el camino y proporcionan refugio a diversas avecillas como lavanderas cascadeñas, mitos o garrulos mirlos. Una vez retirados de la ribera encontramos un bosque de jaras y brezos acompañados de encinas y robles. 
La Cascada de la Cimbarra


Tras una suave pendiente llegamos a los angostos cortados de la cascada, asomándonos a las barandillas de madera observamos que la altura puede ser de unos cien metros de caída libre. En este inicio otoñal, con un verano muy seco, la cascada no existe, el agua del río cae suavemente agarrada a la pared, pero su final es una hermosa laguna pétrea redondeada que parece el ojo oscuro del inicio de las profundidades de la Tierra. Bajamos un sendero con gran pendiente que nos lleva entre el bosque hasta la laguna y el entorno por debajo de la cascada, su altura será de unos treinta metros, y la profundidad de la poza no la podemos imaginar.
Volvemos a subir el camino, una solitaria águila Imperial nos hace deleitarnos con su vuelo planeador. Seguimos el ascenso hasta llegar al mirador alto de la cascada, allí nos imaginamos cómo será la caída del agua cuando las lluvias la provean. Volvemos a seguir el ascenso hasta el final de la ruta, son unos acantilados que dejan al río Guarrizas empequeñecido en la lejanía. Vislumbramos los monumentales bosques desde las alturas, zona especial para la vida de animales como el lobo o el lince que podrían permanecer aún por estos lares. El silencio distorsiona nuestros oídos poco acostumbrados a la soledad de la naturaleza. Cuando estamos ensimismados en la campiña surgen de la nada un grupo buitres leonados atravesando todo el valle, mueven el lampiño cuello y nos observan, están muy cerca, pero nuestra vivacidad les hace desistir en una posible vianda humana.
Buitres Leonados sobrevolando el valle






La vuelta la hacemos por el mismo camino, desde la aldea, ida y vuelta, hemos  tardado unas dos horas, incluyendo las paradas y las observaciones. Es aconsejable la utilización de prismáticos, y sobre todo cerciorarse bien de que el río tiene suficiente agua para poder disfrutar de una de las cascadas más impresionantes de todo el territorio español.




La Cimbarra en plena Actividad


Treinta metros de caída 
Un pie muy grande
El río Guarrizas
Entrando en la cascada
Zona central de la Cimbarra
Debajo de la cascada
Detrás de la cascada
Mojándonos










"Cerro del Gato de Albuñol: La Mejor Floracion del Almendro de España"



Observar los almendros en invierno en cualquier lugar de España es un placer para los sentidos. En las zonas más septentrionales se acerca más su floración a la estación primaveral, sin embargo en zonas sureñas y sobre todo si el clima es tropical, como es el caso del sur de la Sierra de la Contraviesa, a partir de mediados de enero empiezan a surgir sus llamativas flores. Este árbol proviene de China, y se introdujo en nuestro país por las características de sus nutritivos y medicinales frutos, las almendras.

El almendro fue cultivado por primera vez en Persia, Siria y Palestina, de ahí pasó a China y posteriormente se distribuyó por todo el Planeta. En la Biblia, el almendro simboliza la vigilancia y el buen fruto, por eso Aarón lo selecciona para estar presente en el paraíso terrenal, siendo su célebre bastón hecho de una rama de esta especie.

Este árbol es caducifolio de las familias de las rosáceas, pudiendo llegar hasta los diez metros de altura. El tronco es liso y verdoso en su juventud, pasando a grisáceo y agrietado en edad adulta. Desde que florece pasarán nueve meses hasta fructificar en la almendra. Las hojas son alargadas y estrechas con bordes dentados.

El paseo desde la población de Albuñol hacia el sendero del Cerro del Gato, a finales de enero o principios de febrero, nos transporta hasta el mundo de las fragancias silvestres, y aunque en esta época la floración es muy escasa, hay algunas plantas que acompañan con sus olores y colores a la inigualable flor del almendro. La esencia de la miel se incrusta en nuestros sentidos, el color blanco a veces y rosado otras, acompañado del violáceo de las lavandas mezclado con el brillo amarillento de las vinagreras y el verdor de sus tréboles, hacen del sendero un espectáculo para la vista de cualquier ser humano cuyo destino lo haya llevado hasta este impresionante monumento natural. Como decía al inicio de este artículo, la floración del almendro es igual de atractiva en cualquier lugar donde sea observada, pero en esta ruta, posiblemente la más bonita de muestra Península, la diferencia de las demás por su fisonomía paisajística. En poco menos de una hora de camino pasamos de 200m. de altitud a más de 800m. en la cima del Cerro, es decir pasamos de clima tropical a continental por desnivel altitudinal.

La senda está repleta de almendros, acompañada de multitud de plantas silvestres, incluidas algunos acebuches y algunas encinas centenarias aisladas. El colorido es abrumador, y al llegar casi al culmen encontramos la pequeña ermita de la Virgen del Rosario, antigua patrona de Albuñol, sobre una era y un mirador desde donde las vistas de dicha población son admirables. Si seguimos hasta la vertiente de aguas, aparecen las dos grandes imágenes que rompen con cualquier otro lugar jamás visto, al sur el Mare Nostrum, el mar de los corsarios, de los vikingos, de los berberiscos, de los fenicios, romanos, cartagineses… Por otro lado, al norte la gran mole, el nevado Mulhacén, la cima de la Península Ibérica, donde está enterrado el padre del gran Boabdil. Y por último, si el día es muy claro, aparece en la lejanía sureña la cordillera africana del Rif, Marruecos, la continuación de Europa.
¿Y todavía dudáis que es la ruta más atractiva a realizar en busca de la floración del almendro?






































El Arco de Tolka: Rambla de Aldhayar



Datos de Interés:Lugar: Rambla de Aldhayar. Albuñol (Granada)
Época de Realización: cualquiera, ya que la temperatura media se encuentra en los 14 ó 15 º durante casi todo el año.
Recorrido: Albuñol – Molino de Lupión – Rambla de Aldhayar – Cueva del Plomo – Cueva de los Murciélagos – Arco de Tolka – Sendero de las Minas – Albuñol.
Tiempo empleado en el recorrido: aproximadamente cuatro horas, teniendo en cuenta que es un recorrido circular y que se realizarán multitud de paradas para la observación espectacular del paisaje.
Monumentos Naturales: Cueva de los Colores. Cascada Pétrea. Cueva del Plomo. El Tranco. Cueva de los Murciélagos. Arco de Tolka.







Material Necesario: ropa cómoda, zapatillas o botas de montaña, cantimplora con agua, cuerda de escalada, linterna frontal y una cuerda fina de unos 120 m de longitud.

Introducción:
Durante este paseo voy a intentar explicitar la imagen de un lugar, que creo, tiene un valor geológico, paisajístico, histórico y cultural para ser tenido en cuenta y valorado por las personas que en él vivimos, por lo que con este artículo espero concienciar a las poblaciones de Albuñol y Albondón, a las cuales pertenece el espacio geográfico a describir, para, con el esfuerzo de todos, poder obtener para dicho lugar la reconocida figura de protección de espacios naturales de Paraje Natural Protegido. Aunque el paseo se va a realizar por la rambla de Aldhayar, el conjunto formado por ésta y la rambla del Ahijón, que rodean las dos poblaciones anteriores, sería el espacio a estudiar para su posible consideración como paraje natural protegido, ya que tienen idéntica formación geológica y características paisajísticas y biológicas parecidísimas, siendo la rambla del Ahijón de un recorrido longitudinal muy superior.

Los Parajes Naturales son espacios con excepcionales exigencias cualificadoras de sus singulares valores, que se declaran como tales con la finalidad de atender la conservación de su flora, fauna, constitución geomorfológica, especial belleza u otros componentes de muy destacado rango natural.
Se entiende por patrimonio geológico a aquellas estructuras del relieve, formaciones de rocas, acumulaciones sedimentarias, paisajes, así como yacimientos minerales o paleontológicos, que posean un valor importante para conocer e interpretar la historia geológica del planeta. Son auténticas ventanas al pasado de la Tierra y donde podemos conocer su posible futuro. En este espacio encontraremos ejemplos típicos de disolución de la roca caliza por efecto del agua a través de las fracturas de la roca, apareciendo infinidad de huecos y cuevas en las paredes prácticamente verticales.
Estas ramblas monumentales se encuentran en la Sierra de la Contraviesa, al sur de la Alpujarra granadina. Pertenecen, geológicamente hablando, al Complejo Alpujárride, y dentro de éste a la aureola externa formada por el conjunto de mantos de corrimiento compuestos en superficie por rocas calizas y dolomías, sobre las que se asienta el típico paisaje del calar. El manto al que pertenecen estas ramblas es el de Lújar, cuyo tramo de cuarcitas bien estratificadas han dado lugar a una morfología en la que el encajamiento de la red fluvial ha formado las estrechas gargantas de este espacio natural. Fuera de éstas aparece el modelo cárstico calizo, incluidos los travertinos y yesos que dan lugar a cuevas y simas como la de los Murciélagos.

Relato:La madrugada es fresca, en esta época primaveral debemos protegernos de las temperaturas engañosas matutinas, pronto habrá que desprenderse de varios atuendos.
Hemos iniciado la ruta desde la misma encrucijada de las ramblas de Albuñol.
Siguiendo el muro construido a partir del desastre de la famosa “Nube de 1973”, avanzamos pasando el Cerrillo hasta llegar al Molino de Lupión. Es el momento de bajar a la rambla, empieza a amanecer, entre las retamas floridas y las aulagas punzantes revolotean varias parejas de currucas cabecinegras y capirotadas, se inquietan al vernos, pero en unos instantes vuelven a su atareada labor amorosaEl suelo está húmedo, el rocío inunda las pequeñas praderas que rodean los acuíferos externos. Estamos enfrente de la Cueva de los Colores, está arriba, en la pared caliza, emana toda la amplia gama de colores ocres, desde el rojizo al amarillento. Proseguimos por el arenal, pasamos varios meandros de lo que alguna vez pudo ser un arroyo constante de agua, y que por razones posiblemente naturales se fue desecando hasta convertirse en una reseca rambla.

El recorrido es suave, pero las imágenes en nuestras retinas son abrumadoras, caminamos entre dos paredes verticales de gran altura que forman una garganta sobrecogedora, podríamos imaginar una ruta por los cañones del pirineo o las hoces castellanas. De una de estas paredes salta de forma repentina un sorprendido búho real, ciertamente es un entorno ideal para él, está poblado de atalayas, el agua corriente no falta y por los alrededores se encuentran multitud de matorrales y arbustos que atraen a otros animalillos como ratoncillos, lirones, petirrojos o mosquiteros, que en algún momento podrán ser parte de su dieta, complementándola con culebras de escalera y lagartos ocelados que también suelen merodear por estas tierras.
Los muros que nos rodean están plagados de formas caprichosas que simulan esculturas abstractas. Debajo de una de estas paredes se acumula una gran cantidad de arena finísima, prácticamente polvorienta, y que por su variedad cromática podría parecer la paleta de un pintor prehistórico.

Cuando nuestros pies se empiezan a acostumbrar al paso retrasado en la arena al hundirse, nos asombra un pavimento rocoso y resbaladizo que abarca todo el suelo de la garganta. Al aproximarnos a él descubrimos a nuestra derecha una cascada vertical pétrea de unos ocho metros de altura, nos imaginamos en qué periodo geológico pudo surgir o ser esculpida esta auténtica maravilla de la naturaleza. Nos introducimos en ella y observamos su magnitud, está finamente pulimentada, fuera de ella surge casi de la pared un resquebrajado lentisco, parece imposible que esas raíces hayan encontrado un sustrato donde alimentarse. En las inmediaciones de este barranco, no hace muchos años, recuerdo el crujir de las astas de dos machos monteses en su celoso encuentro, posiblemente por el liderazgo de un grupo de hembras que esperaban el pausado y violento desenlace.
Una vez fuera de la cascada ascendemos un grupo de escalones que elevan varios metros la rambla, cada vez se cierra más la garganta y al llegar a la Cueva de las Palomas nos deleitamos con un decúbito relajante y fresco sobre la deslizante pared oblicua que se suaviza hasta llegar a la reluciente arena. Es el momento de observar el colosal Tajo del Águila a nuestra derecha, de más de cien metros de altura vertical, plagado de recovecos, de entrantes y salientes, de minúsculos arbustos. Los aviones roqueros pasan una y otra vez por delante del tajo, alguna golondrina dáurica planea a nivel del suelo, y el sonido constante de las palomas bravías hacen de este aposento un espacio de paz y soledad necesario.
Al otro lado se encuentra la Cueva del Plomo, realmente fue una mina de la que se extrajo este mineral y algún otro como cinabrio. La subida a ésta es bucólica, tiene un sendero natural esculpido en la pared vertical que hace de este paso uno de los más bonitos y agradables de la ruta. Al llegar cerca de la gruta rodeamos una tosca saliente que nos deja por unos instantes colgados de la pared. Posteriormente llegamos a los basares de la entrada, tiene una gran columna central que la divide en dos partes, al entrar huele a humedad, tenemos que utilizar las frontales para adentrarnos hasta su fin, bueno, parece ser que un desprendimiento de rocas la ha cortado, posiblemente siguiera en otros tiempos ascendiendo la pendiente ahora derruida.

Ya estamos abajo de nuevo, caminamos hacia la cada vez más estrecha garganta, siguen impresionando sus muros, marcados con multitud de formas o senderos extraplomados realizados por los movimientos terrenales y la erosión de las aguas. Recalamos en el famoso Tranco, no es más que una inmensa roca que ha quedado encajada sobre las dos paredes, la pasamos por debajo y encontramos un tranco formando una chimenea vertical de unos cinco metros de altura. Lo ascendemos asidos al cable de acero que sujeta un anclaje de escalada en la parte superior. Ya arriba volvemos a mirar hacia atrás, nuestra retina se clava en la estampa, no queriendo retirar de nuestro cerebro esa imagen arrebatadora del cañón sobre el fondo del gran Tajo del Águila.
Se vuelve a abrir el terreno, pisamos un suelo mixto entre arenal y roca vidriosa, nos acercamos a un nuevo desfiladero que después de subir sus dos escalones nos deja en el inicio de la mítica Cueva de los Murciélagos.
Ésta se encuentra a unos cien metros de subida, el sendero es muy resbaladizo e inclinado, por lo que vamos con un paso tranquilo pero seguro. Por fin estamos arriba, la entrada es un gran soportal en el que hay una construcción minera, de cuando esta gruta se utilizó para la búsqueda de oro, creyendo los mineros que la diadema encontrada sobre un esqueleto de una tribu neolítica, podría significar nuevos hallazgos áureos dentro de la cueva, por lo que fue saqueada y literalmente destrozada, no encontrando en ningún momento restos de este mineral, aunque sí señales y rastros de haber vivido y utilizado como necrópolis por esta tribu neolítica.

Una vez atada la cuerda a una pequeña higuera que hay en la entrada penetramos al interior. En todo momento bajamos, no son difíciles sus pasos, pero el suelo empolvado es resbaladizo y con una visión irreal. El techo está plagado de estalactitas como garbanzos, los colores pasan del blanco calizo al rojo. El suelo está destrozado, así que las posibles estalagmitas están enterradas. Está llena de cámaras que se comunican unas con otras, tiene varias ascensiones que vuelven a comunicar con otras “habitaciones”, y una gran sala central donde se pueden observar todas las estancias y abundantes excrementos de murciélagos. La longitud aproximada de la gruta es de unos cien metros, aunque algunas de las subidas podrían aumentar su prolongación.

El exterior nos oxigena de nuevo, desde arriba observamos como entre las adelfas, bolinas y torviscos de la rambla pasea olisqueando un fabuloso zorro, no se ha percatado de nuestra presencia por lo que a vista de prismáticos disfrutamos de su sagacidad hasta que desaparece entre los matorrales. Enfrente se encuentra el sorprendente Arco de Tolka, para llegar hasta él deberemos bajar hasta la rambla y volver a subir, se encuentra a mayor altura que la cueva, así que vamos a intentarlo.
Desde la rambla accedemos por un barranco para subir hacia el Arco, está plagado de plantas aromáticas, romeros, tomillos, mastranzos y marrubios. Con ese olor embriagador vamos sorteando los obstáculos hasta aproximarnos a la altura de nuestro objetivo. Salimos de la vaguada hacia la derecha hasta que asoma impertérrito su impresionante figura.
Sus dimensiones son de unos cuatro metros de largo por otros dos de alto, son dos piedras gigante unidas, rodeado por lentiscos e hinojos, pudiéndose pasar a través de él, aunque con un cuidado especial, ya que termina su paso en una pared vertical hacia el valle. Está bastante erosionado, así que evitamos subir en él por el peligro y por el daño que podríamos ocasionar a este entorno natural.
Desde aquí podríamos bajar y deshacer el camino andado, pero preferimos ascender hasta encontrar el camino de las Minas.
Pasamos por espacios impresionantes, encontramos huellas de jabalí, algunos restos de haberse dado una comilona algún ave rapaz, incluyendo una reciente egagrópila. Las formas calcáreas de las rocas siguen siendo caprichosas, surgen de cualquier muro pequeñas cuevecillas en donde hay restos de haber sesteado cabras monteses. La ascensión no es nada fácil, cada vez se inclina más, hasta que llegamos a una pared que no nos deja pasar, habrá que escalarla pero no por aquí, es demasiado peligrosa. La bordeamos en horizontal hasta encontrarle un resquicio por donde trepar.
Ya estamos arriba, nos acercamos hacia un pequeño cortijo en ruinas, descansamos e iniciamos la marcha entre espartos y el cantar de las cogujadas. Sólo nos queda seguir en dirección descendente el camino de Las Minas, y en poco más de media hora estaremos disfrutando de un merecido refrigerio.

Por la declaración de Paraje Natural Protegido de este espacio, único en la naturaleza andaluza.
*** Si queréis completar la información de este paraje, visitad el ártículo de este mismo blog titulado "Los Cuarenta Trancos del Ahijón".