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"Crónicas de un Pueblo Serreño a finales del siglo XIX"



La Navidad acaba de dejar paso a un invierno gélido, los retorcidos almendros sobresalen del paisaje marcando una luz blanquecina con su deslumbrante floración, penetro en el valle acompañado de otros nuevos visitantes que charlan pausadamente dentro del ruidoso coche. El arroyo suena, eso es buena señal, ha debido llover durante esta época, lo que hará del campo un oasis de frutos y productos derivados de la anterior siembra, manteniendo a los pobladores satisfechos por sus tareas tradicionales y fructíferas.


Entrada al pueblo
Paramos en la plaza del pueblo, al bajar, allí me está esperando mi buen amigo Rafael, es ya un maestro experimentado, de niños jugábamos en las calles de nuestro pueblecito Bedmar pero pronto se fue al seminario de Jaén para labrarse su porvenir. De adolescentes nos escribíamos cartas y cuando él terminó su carrera vino a verme en varias ocasiones al pueblo, éramos excelentes amigos, pero la vida nos llevó por caminos diferentes, ya que yo seguí con las tareas de labranza mientras él fue destinado, nada más terminar, a un cortijo de la Sierra de la Contraviesa llamado La Ermita.

El coche de pasajeros

La Taberna
Y aquí estoy, después de muchos años nos pusimos en contacto y me invitó a conocer esta tierra andaluza, y por supuesto yo acepté. Está igual pero algo más mayor, lleva un traje negro y su sombrero del mismo color, ¿seguirá tan dicharachero como siempre? Al acercarnos nos miramos y con los ojos cristalinos nos damos un abrazo a conciencia, han pasado más de treinta años, pero nuestro aprecio seguro que se ha incrementado. Después de preguntarme por la familia me lleva a su morada, está casado con Carlota, una serreña de esta población, y tiene tres hijos de doce, diez y nueve años de edad. La noche es cerrada, y es el momento de cenar, en un instante me sube a la habitación y sin mediar palabra nos bajamos a la mesa con la familia, son encantadores, charlatanes, sencillos, los niños no paran de mirarme, no en vano sospechan que ese señor nuevo ha debido de pasar grandes aventuras con su rudo padre, y no dejan de preguntarme, yo , claro está, sólo puedo decirles lo correcto, nuestras correrías infantiles podrían dejar mal parado la estima hacia su progenitor, ya que con esas edades todos hemos pasado por situaciones que ahora la experiencia nos ha hecho enderezar.

Casa del boticario
Sólo voy a estar unos días con ellos, pero mi intención es conocer los entresijos y costumbres de esta comarca, así que después de tomarnos la humeante infusión de manzanilla empezamos a organizar lo que serán unas jornadas inolvidables, en ese instante recuerda algo y de repente salta de la mesa, ¡debemos irnos, me están esperando!, dice como si algo importante tuviera que hacer.

La Botica
No sé donde me lleva, pero con un andar endiablado me comenta que se “le ha ido el santo al cielo”, que algunas noches tiene una partida de cartas con sus amigos en casa del boticario, y que en esta ocasión la satisfacción de tenerme aquí le ha hecho olvidar algo tan transcendental. Llegamos con retraso, pero ellos lo están esperando, se sorprenden al verme, pero pronto me aceptan como uno más del grupo. Son los poderes fácticos del pueblo, el cura, el boticario, el sargento de la Guardia Civil y por supuesto él, el cultivado maestro. Me enseña la fastuosa casa, nada que ver con la de mi anfitrión, la botica es muy antigua, espaciosa y repleta de fármacos dentro de sus correspondientes cuencos de cerámica. Esto me sorprende, ya que el pueblo es pequeño y me parece excesivo la cantidad de producto sanador, pero él, enorgulleciéndose, me aclara que es la única botica del sur de la comarca, por lo que le hace tener una gran variedad y sobre todo cantidad, ya que es amplia la población que abastece, siendo además la época más fría del año, por lo que serán más necesarios sus remedios curativos. Es el momento de disfrutar de una velada al lado de la gran chimenea y con unas barajas que se entremezclan con los necesarios vasos de vino.

El Dormitorio de huéspedes
Volvemos a casa, el día ha sido muy atareado, primero ocho horas de camino, después la inusitada alegría que me ha supuesto volver a ver a mi gran amigo, y por último el tremendo vino que me ha dejado balbuceante. Por fin en el camastro, me hundo sobre la lana y casi sin desvestirme caigo en el sueño más profundo.

Acaba de salir el Sol, Rafael no me ha llamado, él ha tenido que desplazarse hasta una pequeña aldea donde tiene su Escuela Nacional. En la puerta arriba de la casa se oyen hablar varias personas, al llegar yo me saludan, es Carlota y un pastor, está ordeñando la cabra que esta mañana saciará nuestro apetito matutino. En el desayuno la señora me recomienda que visite una serie de lugares del pueblo, yo le hago caso y al terminar emprendo la marcha.

La Fuente de la Plaza
Al salir a la puerta encuentro una plaza ajetreada, un grupo de mujeres hacen cola para llenar sus recipientes de arcilla, colocan los pipotes y cántaros en una fila perfecta, y van llenando cuando les llega el momento. Otro corro de mujeres se reúnen al lado de la misma fuente para restregar de forma paciente y constante las vestimentas sobre los poyetes de los lavaderos, el jabón desgastado se reparte entre todas ellas, allí quedará para la próxima jornada.Al acercarme a ellas se produce un silencio extraño, me saludan y yo sigo mi recorrido. La plaza está empedrada, por lo que veo pocas calles más lo están. La tierra apelmazada por le caminar del paseante conforma la mayoría de las calzadas, al subir en busca de la zapatería un zagalón subido en su burro me llama la atención, debe pasar por allí y va cargado, debo apartarme y dejar su camino expedito. Al llegar a Eloy, el maestro zapatero, éste me invita a pasar, la habitación es pequeñísima, se encuentra todo a mano, él, sentado sobre una minúscula banqueta y sin apartar la mirada de sus punzadas sobre la suela, me cuenta algunas anécdotas ocurridas cuando, sobre todo los cortijeros que se acercan una vez a la semana al pueblo, le van narrando hechos ocurridos en esos campos de la sierra. Lo tengo que dejar, es muy afable pero mi inquietud por conocer más de este lugar me hace proseguir mi agradable caminar.
La Zapatería

No muy lejos de allí en una pequeña cuestecilla está la carpintería, dentro, el sonriente artesano, me mira y yo sin más entro en el habitáculo. Todo está lleno de serrín, él se esfuerza en hacerme comprender su trabajo, es muy joven y me dice que esta obligada afición le viene de su padre. La tarea es intensa, tiene gran cantidad de trabajo acumulado, pero me sorprende diciendo que sin prisa pero sin pausa todo llegará a su fin. Le comento lo que estoy haciendo y me aconseja una nueva ruta por las empinadas calles, allí lo dejo en su banco y con el berbiquí y el cigarrillo en la mano.

La Carpintería
Un nuevo equino se cruza en mi camino, en esta ocasión es el repartidor de pan, en un mulo lleva en sus alforjas de madera los bollos, roscas y panecillos de aceite. El olor me deslumbra, están recién hechos y sufro una fuerte atracción hacia ellos. Él va sujeto a la cola del animal para soportar la tremenda subida de la callejuela, no me da tiempo a preguntarle, pero una señora que se encuentra al Sol en la puerta de la casa me saca de dudas, la panadería está muy cerca de la iglesia, y para allá me dirijo.

El día es muy frío, y quizás por eso la tahona se encuentra con demasiada gente, no están comprando, sólo charlan, pero es comprensible, el calor que desprende el horno impregna todo el lugar. La panadera me ofrece diferentes productos, pero a mí se me van los ojos detrás de unos bollillos de aceite que al saborearlos me dejan el sabor a mi tierra jiennense, me llevo varios y vuelvo hacia la casa de donde partí esta mañana, es mediodía y mi amigo estará a punto de llegar.

Triciclos de época
En la puerta de la casa de Rafael ya están sus hijos, juegan con amigos a “Parir la Gata”, tengo que esperar a que terminen ya que el juego se realiza justo en el tranco de la puerta, deben sacar a fuerza de empujones las posaderas de sus contrincantes. En ese momento llega él, con su jaca sujeta por las riendas y andando de forma pausada les hace un gesto a los chiquillos y estos huyen hacia el interior de la casa, nos saludamos y lo acompaño a la cuadra para dejar al animal. Una vez sentados en la mesa me recuerda que por la tarde lo acompañaré a la escuela, así que almorzamos y me preparo para la corta andanza.

La tarde aunque fría es espléndida, vamos los dos subidos en el animal, y mi amigo me va explicando diferentes costumbres de los labriegos de la zona. Pasamos por pequeñas vegas llenas de hortalizas, sus amos están con la raspa agachada dejando sus propiedades como auténticos vergeles, ni una mala hierba, la acequia inundando la zona de regadío, y ellos al paso del caballo le hacen un ademán de respeto al maestro al que tantas veces acudieron en momentos de incertidumbre.

Tejedora
Hasta ahora no había podido presenciar el porte en la lejanía de este pequeño pueblecito. Subido en la grupa y esforzándome en una mirada posterior, se ve la imagen de mi novedoso lugar, está entre medias de dos pequeños valles, ambos con una constante escorrentía de agua cristalina, sobresalen sus tejados a dos aguas de teja roja, las torres de la iglesia triplican el tamaño de los hogares de alrededor.
Tiene claramente diferenciados dos barrios, uno el alto, donde al parecer viven las personas con un nivel adquisitivo algo menor, y el bajo, alrededor de la iglesia y el ayuntamiento, donde se encuentran también todos los tenderetes de los trabajos de artesanos. Se encuentra ubicado en la serranía de la Contraviesa, de espaldas a la impresionante imagen de Sierra Nevada, en su frontal se puede percibir el oleaje del cercano mar Mediterráneo, pero lo que más caracteriza a su paisaje son los olivos y encinas, que se diferencian con su colorido verde variado de las centenares de cepas peladas vinícolas y la exuberante irisación provocada por los floridos almendros rosáceos y blancos.

Escuela Nacional
Estamos llegando a la escuela, multitud de niños de diferentes edades rodean la puerta de entrada, al observarme piensan que puedo ser otro ilustrado maestro, pero pronto salen de su duda, Rafael les aclara que soy un amigo de la infancia, y que vengo a conocer este entorno y sus costumbres tan peculiares. Al entrar me coloco cerca de la mesa del docto, los alumnos se van sentando y casi sin quererlo me miran de reojo. Yo me dedico a fisgonear en sus formas, en sus atuendos, en sus palabras…, en sus miradas. La mayoría van en pantalón corto, las rodillas mezclan la roña de sus piernas con las costras de sus juegos, estamos a finales de semana y hasta el domingo no se lavarán en las blanquecinas palanganas con sus jarros de porcelana.

La Mesa del Maestro
Son cincuenta y siete niños, todos niños, porque las chicas van a otra escuela sólo para ellas, donde una maestra les presta toda la atención que se merecen. El silencio en la clase es apabullante, todos en su trabajo, prestando atención a la explicación de su educador. Las edades son diversas, pero la labor individualizada de Rafael hace que todos se sientan satisfechos. Me acerco a uno de los chicos y le pregunto algo de su vida, sobre el trabajo de sus padres, los hermanos que tiene. Él, con el respeto habitual, me da todos los detalles que puede a sus ocho años, pero en un momento dado me sorprende con la declaración del temor hacia el maestro por un tachón hecho en su pequeña pizarra, ya que el pizarrín que utilizaba en ese instante se le partió. Yo lo tranquilizo, y me viene a la mente el fuerte carácter de mi amigo, el cual lo expresa sin dudarlo en sus clases magistrales.

La Fragua
A media tarde volvemos hacia la morada, la jaca necesita reponer sus calzas, por lo que nos acercamos al llegar al pueblo a la fragua, allí el fornido herrero no tarda mucho tiempo en atendernos, saca del fuego las herraduras incandescentes y las introduce en agua, coge una por una las patas del animal y con una habilidad propia de su experiencia arremete contra la pezuña cada hierro. Una vez realizado el pago nos acercamos andando hasta la barbería, aquí están algunos de los amigos del maestro, y es el lugar donde se reúnen todas las tardes para relatar y poner a caldo a aquellos que según ellos merecen ser estimados. Al pasar un buen rato nos despedimos y nos vamos a la tienda de ultramarinos, allí nos espera su mujer, regenta este establecimiento y en la trastienda tienen una imprenta, que junto con su esposo elaboran algunos de los pasquines y panfletos que se difunden por la comarca.

La Tienda de Ultramarinos
Mientras ellos siguen con sus labores yo me siento en el banco del exterior, un grupo de niños recorren la plaza de arriba abajo, están jugando, y aunque la noche se ha echado encima a ellos no parece preocuparles, juegan con unas chavas intentando sacar de un agujero, hecho en la tierra, unas piedrecitas. No paran de luchar, discutir, saltar y reír, esto no es nuevo, es lo que hemos hecho en todas las edades de nuestra vida, es la forma que hemos tenido de marcar nuestro territorio, de establecer nuestro estatus en la sociedad, desde pequeños hemos creado un rol con nuestra personalidad, y por supuesto hemos reafirmado los lazos de amistad, esa amistad que también me hizo conocer a mi querido Rafael.

La Imprenta
Carlota se interpone entre mis observaciones, con una voz estruendosa llama a su hijo mayor, lleva en la mano un “hoyo”, es un trozo de pan al que le quitan el migajón y le echan azúcar y aceite, para después taparlo. El niño asustado se acerca y se sienta a mi lado, la madre le da la esa merienda que debería haber tomado hace algún rato, él sabe que el juego se ha terminado, se queda triste conmigo y yo le cuento algunas de mis historias, este momento le servirá para aprender que sus padres le marcan unos hábitos para que su vida sea lo más feliz posible e íntegra.

La Sastrería
Antes de la hora del cierre de las tiendas, Rafael me lleva a conocer a uno de los personajes más populares de la villa, era el sastre, el apodo era “El Novelista” ya que era un sabio de la naturaleza, y cuando alguien lo visitaba él le contaba con pelos y señales todo aquello que había aprendido en sus cacerías, desde pequeño había salido con su padre a cazar, escudriñando todos los bosques y terrenos calizos que rodeaban la localidad, así que aproveché, y mientras mi amigo se iba a casa yo estuve escuchando al sastre en cada uno de sus relatos. ¡Cuánto me hubiera gustado tener un conocido como éste!, tuve que marchar, pero cuando subía la cuesta miré para atrás, el sereno seguía mis pasos, le pregunté la razón de su insistencia, pero al observar que entraba en casa del maestro se disculpó y reanudó su protectora ruta, las llaves sobre su cintura delataban su presencia.

Los Serenos
La cena está a punto de llegar a su fin, una pena, hemos charlado de todas las facetas que durante tanto tiempo habíamos vivido cada uno por nuestro destino. El tintorro da paso al postre, unos borrachuelos acompañados de leche fresca de cabra. Esto ha sido el culmen de una cena copiosa, claro, había que dejar en el forastero una buena impresión, y bien que lo han conseguido. De inicio una esponjosa tortilla de habas del terreno, para seguir con un hirviente puchero de gallina, donde la cuchara de palo quedaba hincada entre degustación y degustación. Hoy la cocina de carbón ha tenido un alto rendimiento, sobre todo para mí.


Después de la intensa tertulia nos vamos al lecho, la bombilla de mi habitación casi no me deja ver el brasero de cáscara de almendras que me ha preparado Carlota, lo detecto por el calor que desprende, ya que sus brasas tapadas no desprenden ninguna luz. Han sido unas jornadas muy profundas, con usanzas parecidas en algunos casos a mi tierra, pero en otros con unas peculiaridades muy diferentes, cualquier rincón español podría sorprendernos gratamente con sus tradiciones. Posiblemente sea una de las últimas veces que podré viajar fuera de mi querida tierra. Los párpados se me cierran, vuelvo a sentir en la lejanía el sonar del sereno, eso siempre tranquiliza, parece que el tiempo será bueno mañana, espero disfrutar antes de mi partida de la procesión del santo patrón del pueblo…


La cocina
Se oyen los cohetes, muy temprano la banda de música recuerda a los pueblerinos que es el día de su patrón, los niños saltan de la cama de alegría, saben que hoy se pondrán sus galas y la señora madre les aportará una perragordas para gastarlas en los puestecillos de dulces que se han plantado en la plaza de la iglesia. La hija menor, que estaba asomada a la puerta de la casa, empieza a chillar, es una alimaña, acaba de salir de la cuadra. Raudos nos acercamos con unos palos de almez, el animal es una comadreja, puede haber acabado con las gallinas o con sus huevos. La tenemos prácticamente acorralada, pero en un descuido salta sobre nosotros y escapa hacia el campo cercano, esta vez se ha librado. No hubiera sido justo su caza, ya que la pobre no había sido capaz de dañar a ningún elemento del corral, así que el destino le ha dado otra oportunidad.

Se vuelve a oír la banda de música, ya llega por la calle Real, asomados al balcón y todos engalanados vemos como pausadamente pasa y se para la procesión del santo, la gente en silencio, pero con espasmos de alegría cuando uno de sus vecinos en voz alta vitorea al patrón, acompaña al sacerdote que con una leve sonrisa me mira y yo le respondo. Las boinas negras relucen alrededor de la imagen, todos están contentos, las mujeres cogidas a sus chiquillos, las plantas de mastranzo alfombrando las calles y sobre todo yo, el extraño que, con una triste mirada, sabe que posiblemente no volverá a ver más a esta sencilla gente, a este hombre que fue parte de mi historia.

La Procesión

El coche aguanta las empinadas pendientes de tierra, arriba, en el puerto, dejo de ver a esa entrañable aldea, mis compañeros de viaje charlan sin parar, a mí me cuesta volver la mirada atrás, los años pasarán y sus descendientes harán a este lugar algo mejor de lo que ellos le dejarán…, o no.

Dedico este emotivo relato a esos tres niños que vivieron en aquella época, Rafael, Mª Ramona y en especial a mi querida madre Juanita.

"Cerro del Gato de Albuñol: La Mejor Floracion del Almendro de España"



Observar los almendros en invierno en cualquier lugar de España es un placer para los sentidos. En las zonas más septentrionales se acerca más su floración a la estación primaveral, sin embargo en zonas sureñas y sobre todo si el clima es tropical, como es el caso del sur de la Sierra de la Contraviesa, a partir de mediados de enero empiezan a surgir sus llamativas flores. Este árbol proviene de China, y se introdujo en nuestro país por las características de sus nutritivos y medicinales frutos, las almendras.

El almendro fue cultivado por primera vez en Persia, Siria y Palestina, de ahí pasó a China y posteriormente se distribuyó por todo el Planeta. En la Biblia, el almendro simboliza la vigilancia y el buen fruto, por eso Aarón lo selecciona para estar presente en el paraíso terrenal, siendo su célebre bastón hecho de una rama de esta especie.

Este árbol es caducifolio de las familias de las rosáceas, pudiendo llegar hasta los diez metros de altura. El tronco es liso y verdoso en su juventud, pasando a grisáceo y agrietado en edad adulta. Desde que florece pasarán nueve meses hasta fructificar en la almendra. Las hojas son alargadas y estrechas con bordes dentados.

El paseo desde la población de Albuñol hacia el sendero del Cerro del Gato, a finales de enero o principios de febrero, nos transporta hasta el mundo de las fragancias silvestres, y aunque en esta época la floración es muy escasa, hay algunas plantas que acompañan con sus olores y colores a la inigualable flor del almendro. La esencia de la miel se incrusta en nuestros sentidos, el color blanco a veces y rosado otras, acompañado del violáceo de las lavandas mezclado con el brillo amarillento de las vinagreras y el verdor de sus tréboles, hacen del sendero un espectáculo para la vista de cualquier ser humano cuyo destino lo haya llevado hasta este impresionante monumento natural. Como decía al inicio de este artículo, la floración del almendro es igual de atractiva en cualquier lugar donde sea observada, pero en esta ruta, posiblemente la más bonita de muestra Península, la diferencia de las demás por su fisonomía paisajística. En poco menos de una hora de camino pasamos de 200m. de altitud a más de 800m. en la cima del Cerro, es decir pasamos de clima tropical a continental por desnivel altitudinal.

La senda está repleta de almendros, acompañada de multitud de plantas silvestres, incluidas algunos acebuches y algunas encinas centenarias aisladas. El colorido es abrumador, y al llegar casi al culmen encontramos la pequeña ermita de la Virgen del Rosario, antigua patrona de Albuñol, sobre una era y un mirador desde donde las vistas de dicha población son admirables. Si seguimos hasta la vertiente de aguas, aparecen las dos grandes imágenes que rompen con cualquier otro lugar jamás visto, al sur el Mare Nostrum, el mar de los corsarios, de los vikingos, de los berberiscos, de los fenicios, romanos, cartagineses… Por otro lado, al norte la gran mole, el nevado Mulhacén, la cima de la Península Ibérica, donde está enterrado el padre del gran Boabdil. Y por último, si el día es muy claro, aparece en la lejanía sureña la cordillera africana del Rif, Marruecos, la continuación de Europa.
¿Y todavía dudáis que es la ruta más atractiva a realizar en busca de la floración del almendro?






































Raíces de Brutamonte

 


Con este nuevo apartado del blog, quiero dar un paso adelante más para la mejora de nuestro Planeta. Para ello me gustaría incentivar a cualquier persona de cualquier edad a entender que aunque no lo creamos seguimos siendo un ser vivo más de la naturaleza, un bicho más. Comprendiendo que hemos sido beneficiados por esta al otorgarnos la evolución la vitola de “inteligentes”, algo que a nosotros sin lugar a dudas nos ha beneficiado como especie, pero a su vez, algo que podría parecer incongruente, ha dañado gravemente a nuestra morada, a nuestra casa: la Naturaleza.

Estamos hartos de ver y escuchar cómo el nuevo mundo se preocupa por las repercusiones que están teniendo nuestras acciones como humanos en la Tierra: congresos mundiales, ecologismo, nuevas ciencias universitarias,  contenidos ambientales en los programas de enseñanza… Algo que no parece estar teniendo un efecto positivo para nadie. Lo que parece más certero es que estamos en un periodo de calentamiento entre glaciaciones normal, que siempre ha ocurrido en nuestro planeta, pero que se está produciendo el cambio muchísimo más rápido y peligroso de lo debido a raíz  de nuestras actuaciones en estos últimos siglos.

Una vez dicho esto, y que parece que la mayoría de los humanos estamos de acuerdo, se me ha ocurrido que debo influenciar positivamente en la gente que me rodea; y qué mejor forma de hacerlo que volviendo a nuestros inicios, al principio casi de nuestra existencia, a nuestras “Raíces”; reconociendo que la naturaleza es nuestra casa, que convivimos como iguales con los seres vivos que la pueblan, que debemos coger de ella lo que necesitemos sin esquilmar a los débiles y que debemos aprovechar nuestra evolucionada mente para mejorar esa convivencia.

Después de tantas experiencias en este mundo silvestre, creo que la mejor manera de apreciar a nuestra madre y cobijo es conocerla mucho mejor, es introducirse en ella, aprender de ella; quién vive, cómo vive, qué plantas nos pueden ayudar a subsistir, cómo podemos interactuar con ella. Por todo ello y esperando que el tiempo y la salud me acompañe, realizaré salidas montanas a cualquiera de las regiones naturales a las que me pueda desplazar, posiblemente serán únicamente por España, en las que experimentaré convivencias solo o con aquellos que les apetezca acompañarme con acciones que estarán centradas en:

·         Respeto y conocimiento del entorno

·         Adquisición de hábitos animales

·         Erudición de las características de la fauna, flora y vegetación

·         Experimentación de técnicas de supervivencia

·         Fortalecimiento de la salud teniendo en cuenta los pilares de la misma: Movimiento; Alimentación;  Relajación y Descanso; Higiene Postural; y Socialización.

…porque la única manera, o la mejor, de querer a algo o a alguien es conocerla (la Naturaleza).


La Guarida de la Bestia

 

Ese año el invierno había entrado húmedo pero sin el helor esperado. La mañana había sido moderada, placentera para la andanza que me proponía realizar una vez que tomara ese robusto refrigerio tan necesario para aguantar el peso de mi vieja mochila cuyas telarañas me hacían recordar tiempos mejores por los montes de España.

El bosque

Me hallaba en uno de esos ya pocos lugares vírgenes de las sierras íberas, en los que una vez penetrados en sus marañas nos convertíamos en un espíritu más de la Madre Naturaleza: era uno de esos ocultos rincones del valle del Frontil.

En algunos escritos de la época del medievo, describen a este entorno de fronteras como un lugar donde sólo habitan moros, osos, lobos y bandidos, algo que por otra parte era habitual, ya que la civilización musulmana llevaba varios siglos subsistiendo en la Península, y en estos predios donde los bosques abundaban, los únicos que podían sobrevivir en ellos eran los rudos lugareños de las alquerías, en constante lucha con los demás seres que poblaban la espesura.

Encinar

Con el paso de los lustros esas alquerías se fueron tornando en aldeas cristianas, parte de los bosques se transformaron en lugares de cultivo, o lo que es lo mismo: el hombre fue desequilibrando la balanza a su favor.

Hace varias primaveras, en una de esas interminables pláticas en la puerta del cortijo, uno de los nativos del lugar me decía que recordaba cuando su abuelo les contó que no haría ni un siglo atrás, se produjo el ocaso de la última pareja de lobos que vivían por estos contornos. Decían los pobladores de aquellas aldeas que esas alimañas, como ellos los llamaban, estaban matando a parte de su ganado; así que fue avisada la guardia civil y mediante una batida con perros y cacerolas dieron con ellos pasada Peña Montesa, en el entorno de un grandioso cortijo aislado que ahora se encuentra en ruinas. Los guardias los abatieron y desde entonces no se han vuelto a localizar en estas tierras; un desequilibrio más propiciado por nuestra especie, y que ahora lamentamos por el exceso de otros bichos como los jabalíes que levantan nuestras siembras y se comen nuestras plantaciones: ¿habrá que exterminarlos también?

La gruta

En el estío pasado decidí escudriñar zonas de este valle que no conocía; los bosques que lo rodeaban eran amplios y a veces inaccesibles para el melindroso Homo sapiens. Pensé que si quería profundizar en sus adentros, debía seguir las sendas marcadas por los habitantes del monte, y así lo hice. Fui penetrando entre matorrales y arboleda hollados por primera vez por mí; algún susto me llevé de esos habitantes, que sorprendidos por mi presencia me bufaron dándome a entender que ese era su territorio. Cuando ya pensaba en volver a la urbe, me sorprendió ver una oquedad en uno de los riscales que surgió de improviso entre los monumentales pinos. Me acerqué y descubrí algo que no había encontrado en mis múltiples salidas por El Frontil: una apasionante gruta; la cueva de la Calavera.

La boca del lobo

Recordé entonces que cuando llegué por primera vez a estas cortijadas, uno de los nativos me comentó que cuando él era niño jugaba en las cuevas que conocía del contorno. Yo le pregunté por el lugar donde se encontraban, pero no me lo supo decir; aunque sí me advirtió que en una de ellas habitaban varios panales colgantes de abejas; lo que me sedujo de tal manera que dije para mis adentros que algún día los encontraría.

Al fin una de esas cuevas la localicé; era pequeña, pero suficiente para albergar a varias personas tumbadas. El sitio era idílico, estaba rodeado de bosque Mediterráneo, tanto de matorral, como de arbustos y arboleda. Se trataba de una vallejada con muchas posibilidades de aventura: rincones escondidos, plantas por identificar, cortados rocosos, y no demasiado lejos de la civilización. Fue el instante en el que decidí, si mi cadera me lo permitía, volver en alguna ocasión a empezar un nuevo episodio montano por ese lugar; y ese momento llegó: ahora el lobo era yo, la bestia era yo.

Mi compañero

Realmente el invierno parecía agazapado; cuando comencé la subida no tardé mucho en deshacerme de la chaqueta, me quedé en mangas de camisa, el sudor afloraba desde la cabeza hasta los pies. El camino a seguir lo tenía grabado en la mente; la calva arboleda me avisaba de que el otoño hacía fecha que había desaparecido, y que aunque el helor no se manifestaba aún, en pocas horas la temperatura descendería bruscamente, y por ello la mochila tenía un rincón provisto de ropajes invernales que no dudaría en utilizar cuando esto ocurriera.

Una pareja de arrendajos cruzaba de una encina a otra con su característico garrular poniendo en sobre aviso al resto de los  pobladores de estos campos. De las espesuras nórdicas de Europa ya se habían asentado las avecillas invernantes para disfrutar de lo que para ellas era un clima cálido adecuado: picogordos, currucas, lúganos, verderones serreños, petirrojos, colirrojos, y algunas más, trapicheaban entre matorrales y demás vegetación en busca de la vitualla de la jornada. Eso me entretuvo, observando con los prismáticos la diversidad de pájaros que, intercalados con los que residían todo el año en este lugar, daban una imagen silvestre y melodiosa lejana a la diaria costumbrista de los pueblos y ciudades por donde me desenvolvía.

La cena

Salí del camino y me adentré en uno de los múltiples olivares que guarnecían los predios de Mágina; a continuación penetré en la selva, en el bosque autóctono del sur de España, en busca de una de esas sendas que con tanta certeza me llevaría hasta aquel lugar idílico para mí, y con el que ahora deseaba reencontrarme en mi fervor por la soledad.

Era el momento para sentirse igual a los otros seres; ellos poseían infinidad de recursos para sobrevivir en este medio, yo tengo también algunos, aunque no me desprendía en ningún momento del cuchillo que me aportaba seguridad. La andadura era pausada, debía esquivar los piornos y las aulagas que plagaban el salvaje sendero de punzantes espinos que atravesaban hasta la ruda vestimenta. Tras pasar por una de las atalayas rocosas sobresalientes, comencé la trepa peñascosa que me obligaba a tomar precaución por su verticalidad; allí encontré un walquie talkie semi enterrado que algún cazador debió perder en sus recorridos; estaba  maltrecho y envejecido por el sol, así que lo dejé sobre la rocalla y proseguí en mi caminar.

Mis hospederas

Pronto llegue hasta una zona conocida, era el matorral de esparto, espinos y romeros que una vez atravesado llegaría hasta los cortados rocosos que recordaba de mi anterior paso por allí. De forma recatada me fui acercando hasta dichos cortados, no se apreciaban, por lo que podía peligrar mi integridad si me los topaba sin esperarlo.

Al fin di con ellos, la visión me recordaba todo, sólo debía rodear las alturas de los leves acantilados y bajar por una tupida vaguada que me dejaría en la puerta de la cueva, o eso esperaba.

Prácticamente sin pérdida alguna logré encontrar mi objetivo; pasé como pude entre la maleza hasta encontrarme, previa a la entrada, una mata de carrasquilla con la que me enganché los cordones de las zapatillas; viendo que no era capaz de desenrollarlos, me deshice de la mochila y lo logré finalmente.

Arriba la calavera, abajo la cueva

Ya sin lastre alguno eché un vistazo a la portada de la oquedad; estaba igual, o mejor dicho peor. En mi retentiva la apariencia era bastante más accesible, así que extraje del macuto la linterna y pasé al interior. Me hallaba en la estación más incierta para penetrar en una cueva de ese calibre, y no lo decía por su tamaño, sino por los habitantes que pudieran encontrarse allí. Al igual que los pajarillos buscaban un lugar donde pasar los crudos inviernos del norte, otros bichos utilizaban sus estrategias para no perecer de frío por esos rincones: los reptiles y anfibios se escondían hibernando, al igual que algunos mamíferos que desaparecían con los helores invernales, manteniendo su metabolismo basal, y sólo surgiendo cuando tenían alguna necesidad fisiológica, para volver a su refugio hasta que la primavera diera sus primeros pasos.

Bártulos

Eso me rememoró aquellos tiempos pasados que relataba antes; esa covacha pudo albergar bestias como el oso o el lobo, lo que me habría supuesto un grave altercado si mi intención era pasar la noche en una de sus guaridas.

Con ese pensamiento escruté todos los recovecos; paredes, techos, hondonadas, escuetos agujeros sin fin, y sí, sí hallé a los pobladores de esa singular morada. Había dispersas huellas de ungulados, podrían ser de cabras montesas o de jabalíes, o de ambos, ya que el suelo estaba plagado de riscos del tamaño de un puño, y de tierra finísima, de polvo, del maldito polvo donde sus rastros quedaban marcados. Por suerte en ese momento no se encontraban allí, esos animales no hibernan, sólo duermen en lugares como ese protegiéndose de la intemperie y de los rigores del tiempo. Además encontré a los que esa noche serían mis vecinos, o mejor dicho, yo sería su inquilino, esperando que ellos fuesen excelentes anfitriones: eran salamanquesas, hibernando también, enormes arañas a la espera de la caza sobre sus telas, y posibles ratoncillos que dejaron sus marcas en alguno de los huecos calizos de la singular gruta.

La otra hospedera

Aquello tenía que adecentarlo, sobre ripios no podía dormir esa noche, así que antes de deshacer el macuto me puse a la faena. Fui recogiendo el sinfín de piedras y las recoloqué en los huecos por donde podía entrar el céfiro; eso significó que el polvo lo estuve removiendo durante más de una hora, lo que a la larga me supondría un pesar. Afuera, en la parte de lo que podríamos llamar el vestíbulo, que a su vez también estaba techado aunque con demasiada abertura al exterior, reconstruí el parapeto que daba a la vaguada, que también servía de protección ante una climatología adversa. Ya no me quedaba nada más que crear el lecho: una esponjosa colchoneta donde se aposentaría el saco de dormir, y a su alrededor cada uno de los utensilios que podría necesitar en la nocturnidad.

Todo parecía estar en su sitio. Era la primera vez que realizaba una experiencia de ese tipo: dormir en solitario en una cueva inmersa en un esplendoroso bosque. La soledad a veces es necesaria, por ello en multitud de ocasiones había gozado de la estancia en diversos entornos pasando noches meditativas teniendo por techo a la bóveda celeste, o en una tienda de campaña, o en un refugio pétreo construido por mí, o en una grieta en la montaña, o en la arena costera mediterránea; sin embargo en esta ocasión parecía que las sensaciones iban a ser muy distintas.

Lucernas del ultramundo

Me quedaba aún un par de horas hasta que llegara la anochecida, entonces cogí el bastón, la cámara de fotos y el cuchillo sobre la cintura para dar un garbeo por aquel asombroso paraje. No me retiré en demasía, quería comprobar si el contorno era lo suficientemente diverso para poder practicar en próximas ocasiones técnicas de supervivencia, o de fortalecimiento mental y físico. La vegetación era muy variada; desde los enormes pinos carrascos y reales, pasando por arces y algún quejigo, hasta las belloteras encinas que se entremezclaban con romeros, tomillos, santolinas, jaras y rosales silvestres. Decidí descender el vallecillo para ubicar el entorno, fue cuando me sorprendieron las numerosas cornicabras que emergían de cada paraje, las cuales en esa estación se encontraban desnudas de hojas pero con los últimos y colganderos frutillos rojos sobre las ramas. 


Observé las variadas plantillas rocosas de las paredes verticales que se prolongaban desde la misma cueva hasta la bajada del valle. Recordé en ese mismo lugar, cuando el verano anterior encontré el predio,  cómo me tropecé con unos jabatos que me contemplaban si saber qué era yo, mientras mi instinto campero quería sacar el móvil para tomar la imagen, lo cual no ocurrió porque al moverme parecieron huir. Lentamente me aproximé y cuando parecía tenerlos cerca, un enorme macho surgió del matorral y me soltó un descomunal bufido, siguiendo su marcha con los jóvenes jabalíes. Yo no podía perder la oportunidad de grabarlos, así que los seguí unos instantes cuando, de improviso se volvió la bestia y pareció que me iba a envestir, pero se limitó a rugir de nuevo, dejándome la sangre helada; me retiré muy lentamente y los rodeé para salir de allí. No olvidaré jamás el rostro del animal, quizás perdonándome la vida.

Insomnio

Todavía con la piel de gallina por aquella rememoración, volví a mi nueva morada; aún la claridad del día mantenía sus últimos impulsos, así que ya en el refugio me abrigué y cogí aposento sobre una de las toscas planas que había en la antesala. Dediqué ese rato a meditar, relajarme y escuchar, y como un miembro más de ese territorio, a intentar percibir el paso de cualquier bicho que surgiera de la oscura espesura.

Bien pertrechado dejé la mente en libertad; recordé algunos de otros instantes vividos, los que nunca se olvidan por su bondad o por su dureza, a seres queridos, a los que están y a los que nos protegen desde su peculiar atalaya. Algún que otro sonido poco inquietante escuché, posiblemente garduñas, ginetas o tejones por el crujir de la hojarasca, aunque no tardé en entender que ahora el temor en ese lugar lo generaba yo; ya no habitaban osos ni lobos, así que mi presencia hacía que el bosque se tornara silencioso, receloso; el resto de los animales debían guarecerse, retirarse de la ira de ese ser que estaba trajinando por allí.

A mi hora habitual preparé la cena: pan integral con calamares en salsa americana, regado todo con el vino de mi antigua bota montañera; de postre unos mantecados navideños y una copilla de licor de nueces elaborado meses atrás. No tardé mucho en engullirlo todo; terminé brindado por el Planeta, acababa de entrar el año 2022, y me adentré en la cueva acurrucando mi cuerpo en el interior del estrambótico camastro.

Paisaje interior

Tenía claro que me esperaban once horas metido en el saco; en invierno las noches son muy largas y aún más cuando simulamos la vida paleolítica sin ni siquiera poder encender un fuego. Pero yo iba preparado; las velillas encendidas, la linterna preparada y el gran maestro de la novela: don Miguel de Cervantes, y su obra Rinconete y Cortadillo. El sonido del silencio era manifiesto, la lectura entretenida: los dos pícaros muchachuelos llevaban mi mente a lo burlesco y comediante de épocas pasadas en nuestra singular tierra.

De vez en cuando me entraba sueño, soltaba el librillo y me recolocaba; pero nada de nada, no había forma de dormir. Encendía la linterna y daba un repaso a los rincones de la covacha; alguna salamanquesa estaba cambiada de lugar, las arañas parecían esperar su turno, pero tenía meridiano que esos arácnidos no me atacarían, el hecho de tener su telarañas las hacía inofensivas, ya que sólo cazarían a los bichos que cayeran en sus trampas, y yo no sería uno de ellos. Además, me encontraba como si me faltase el aire; yo lo empecé a achacar al maldito Virus, no respiraba bien, aunque al levantarme a la mañana siguiente descubriría el dañino entresijo. Volví de nuevo al libro hasta que lo finalicé; eran las dos de la madrugada y tenía que intentar adormecerme, y lo conseguí.

Rincones ocultos

Avanzada la noche, y cuando pienso que estaba en el momento álgido de mi sueño, noté que un brusco aleteo salí o entraba de la cueva; el aire que generó el volantón lo noté cercano a mi cara, así que me incorporé dando un berrido, encendiendo la lucerna para iniciar la lucha si era necesaria. Sin embargo, no descubrí nada extraño, todo estaba igual; pudo haber sido algún murciélago, pero en esta época están hibernando, y allí no había ninguno; pudo ser una rapaz nocturna, búho o lechuza, pero precisamente ellas no producen sonido con sus alas… Volví a deliberar: el bicho que hubiese sido cometió un grave error, sus instintos le habían fallado, se había metido en la boca del lobo, nunca mejor dicho; el mayor predador era yo, y el resto de animales esa noche habían guardado cuarentena.

De madrugada, antes del amanecer, salí de la oquedad para desaguar la vejiga; empecé a descubrir que ese supuesto virus había desaparecido, me hallaba en perfecto estado. La noche y el entorno seguían en calma; volví al catre aliviado, y fue cuando los sueños desencadenaron en mi cansado cuerpo el apaciguamiento que necesitaba.

Sigue la noche

Desperté cuando la luz entraba por la portichuela pétrea; el trinar de algunas avecillas pusieron en alerta de nuevo el metabolismo adormecido. Me di un fregado nasal y descubrí el mal que me había aquejado durante parte de la anochecida; el ennegrecido pañuelo me dio la pista: mis pulmones se habían intoxicado con el polvo de la cueva y hasta que no se regeneraron con el paso de las horas no volví a oxigenar con normalidad.

Organicé todos los bártulos y me fui a dar un paseo de reconocimiento matutino. El sitio me seguía pareciendo un idilio, por lo que durante la bajada hasta la aldea mis pensamientos se centraron en cómo transformaría el contorno para albergar mis nuevas andanzas allí.