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"Ágiles como Felinos"

Esta actividad la hemos propuesto en el Claustro de profesores con la intención de mejorar el hábito diario del alumnado en actividad física, haciendo que su trabajo diario se complemente con una serie de estiramientos que les desentumezcan los músculos y adopten posturas adecuadas para seguir con la labor intelectual.


Todos sabemos que los  felinos como gatos, guepardos  o linces son los mamíferos más ágiles del planeta Tierra. Este curso vamos a poner en práctica una experiencia piloto muy sencilla, vamos a intentar copiar los gestos de estos animales en los momentos que más lo necesitamos, cuando estamos varias horas trabajando en clase en una posición demasiado estática y poco adecuada. Con esto mejoraremos nuestra salud intentando despejar un poco la mente y estirar esos músculos que todavía tenemos en desarrollo.

Hora de realización: 10’30 h. y 13’15 h, durante las clases diarias dentro del aula.

Ejercicios de Estiramiento: todos los realizaremos en el mismo orden contando unos 20 segundos, para a continuación seguir con un poco más de estiramiento durante 10 segundos.

El Gato Montés
El Escorpión
El Pica Pinos

La Grulla

El Valor de una Niña de Postguerra




La noche anda ya avanzada, es un día de primavera en Mágina y me encuentro deleitándome con la constante y parsimoniosa caída del agua del caño sobre la alberca. La oscuridad inunda el paisaje, algunos sonidos llegan difuminados desde el pequeño valle del arroyo. Con el paso del irreversible tiempo la vista cada vez se adapta más a la penumbra. Sentado sobre el tronco de pino una inmensa mole de chopo se cierne en la frontal de la mirada, su silueta enlaza con la de la serranía de enfrente, haciendo un todo con el majestuoso cielo estrellado hasta no poder más. Después de un instintivo movimiento un chapuzón suena muy cerca de mí, la pequeña rana se habrá asustado no esperando tal figura en la cercanía de su ecosistema acuático, en esos momentos en los que la naturaleza les tiene reservado el gran escenario sólo para ellos, sólo para la vida salvaje.
Llegada a los cortijos del Preñao y Pedro Montes



La mente empieza a notar el descanso del entorno, la respiración cada vez es más sosegada, el ruiseñor insiste en su melodía, que junto con la imagen estelar hace que los pensamientos fluyan con una armonía inusual. Un movimiento extraño en el agua me hace ponerme en alerta, enciendo la linterna y sorprendo a una pequeña culebra de cogulla que quiere escapar de mi curiosa persecución, bucea y de repente asoma su collarina cabeza para introducirse por el caño de la alberca. Desaparece, en ese instante recuerdo cuando reconstruí ese antiguo albañal, el cual perteneció a uno de los cortijos de gran solera de la sierra de la Contraviesa, en el llamado Cerro del Gato de Albuñol. Su nombre, cortijo del Preñao, y viene a cuento este recuerdo porque allí ocurrió una de esas bellas y curiosas historias de la época de la postguerra civil española, la cual llegó a mis oídos por una casualidad durante una visita a la morada de mis padres.

Subía las escaleras llamando la atención de mi madre, pero ella no contestaba, sólo escuchaba a lo lejos la voz de una persona que me recordaba a alguien, pero no sabía ponerle cara. Me fui acercando al balcón y allí estaban las dos, dos buenas amigas de la adolescencia recordando y platicando sobre tiempos pasados y disfrutando de los momentos actuales. Tienen la misma edad, sobrepasan los ochenta, pero, aunque muy distinta la una de la otra, ambas mantienen una amistad entrañable, mi madre y la protagonista de la historia, Mari Carmen, Carmencilla la del Preñao.
Pronto entro en su conversación, y le pregunto a Mari Carmen si es cierto que cuando era joven y vivía en aquel cortijo tuvo una experiencia con los Maquis de la zona. Ella se sorprende de la pregunta, y enseguida me empieza a contar. Mi madre se limita a escuchar, escapándosele algunas lagrimas de pena y añoranza por los tiempos pasados y que por desgracia ya jamás volverán.
Cortijo de Preñao en la actualidad
“Todo ocurrió durante el 7 de mayo y el 8 de madrugada de 1947. Carmencita tenía 15 años, acababa de bajar de la era, situada en la parte de arriba del cortijo del Preñao, había estado ayudando a aventar la cebada que habían recogido el día anterior. En la puerta del cortijo, en la explanada, se encontraban los obreros que habían estado trillando y recogiendo las mieses junto con su padre, echaban un cigarrillo, acababan de dar de mano. Enfrente, desde el cortijo de Pedro Montes, salían un grupo de obreros que al atravesar el barranco e iniciar la cuesta hasta el Preñao parecían contentos acompañados del amo de dicho cortijo. Pero al llegar a la explanada se dieron cuenta, ya tarde, que no eran trabajadores del campo, eran maquis, bandoleros. Estos empezaron a vociferar asustando a los obreros que no sabían qué hacer, los maquis, mediante golpes y agresiones, hacían que todos levantaran las manos al grito “¡somos los guerrilleros de Francia!”. El jefe de todos ellos era el famoso “Polopero”, muy conocido por estos lares por su violencia cuando asaltaba cortijos del lugar o cuando se cruzaba con patrullas de guardia civiles.
Entrada principal
En unos instantes tenían retenidos a todos los obreros además de al padre y a la madre de Mª Carmen, junto con sus hermanos Frasco, Juan y José. La niña, al ver lo que ocurría, no se dejó ver, ya que cuando sucedía este altercado, ella estaba dentro de la vivienda limpiando el tubo de un quinqué. De esta forma ella escapó rápido hacia las cámaras, cogió las escopetas y salió por la puerta de arriba para esconderlas debajo de los penachos y del maíz. En ese mismo lugar se escondieron ella, una amiga que había venido a verla ese día y la joven maestra del cortijo de los Chaulines. De pronto pensó que si descubrían los bandoleros que habían escondido las armas podrían tomar represalias contra sus padres, así que volvió a salir del escondrijo y colocó las escopetas en su lugar de origen.
El miedo era pavoroso entre las damiselas, no sabían lo que podría ocurrir, no sabían qué buscaban esos malhechores, por qué allí, cuando en toda la contienda de la Guerra Civil jamás habían tenido un altercado con ninguno de los dos bandos. Entre las conversaciones que oyeron descubrieron que conocían muy bien estos cortijos, estaban bien informados, posiblemente por obreros que tenían de confianza en ambas haciendas. A Pedro Montes le exigían que les diera la pistola que tenía, aunque éste lo negó en todo momento y no les entregó el arma. A Frasquito, su padre, le pedían cien mil pesetas de las últimas ventas de productos agrícolas, lo cual no podía entregar porque lo había invertido recientemente en la compra de nuevas tierras.
Los bandoleros, viendo que todo se le tornaba a mal se reunieron aparte, y de manera violenta mediante golpes y empujones sacaron al mulero de su padre y a su hermano Frasco del grupo, habían decidido que estos se acercaran a Albuñol a pedir un préstamo al prestamista del lugar, Don Antonio Cueto. Les dejaron bien claro que en ningún momento podrían decir lo que realmente pasaba en el cortijo, sólo que necesitaban el dinero urgentemente para su padre, que estaba a punto de cerrar un trato muy beneficioso. Si esto no era así, con palabras textuales del propio Polopero, “mataremos a todos los del cortijo, incluido al de pecho (por un niño que tenía uno de los trabajadores)”.
Sendero del Cerro del Gato hacia el cortijo
Su hermano y el mulero se dirigieron al anochecer hacia el pueblo, allí dejaban maltrechos a todos los secuestrados. Bajando la cuesta del cerro del Gato iban cavilando cómo hacer la tarea sin levantar sospechas, la incertidumbre se apoderaba de ambos. Cuando entraron en la población estaba todo muy tranquilo, era un día de primavera sosegado, un grupo de niños jugaban en la plaza del pueblo. Se dirigieron a la casa del tal Cueto, al tocar varias veces en la puerta se dieron cuenta que no estaba allí, entonces decidieron contar lo ocurrido a varios vecinos, incluido su primo Joaquín el de la fonda, de esta manera consiguieron parte del dinero, pero Albuñol se puso en alerta.
Mientras tanto en el cortijo las cosas empezaban a cambiar, el jefe de ellos decide llevarse secuestrados a Pedro Montes y a su padre lejos de donde se encontraban. En ese instante, al oírlo, Mª Carmen sale del escondrijo y dice que ella se va a donde vaya su padre, el Polopero sorprendido la zarandea echándola para atrás, ella se empecina y se abraza a Frasquito. El bandolero recula y con un fuerte resoplido le dice a la niña que debe quedarse, ya que su padre morirá y ella tendrá que venirse sola hasta la hacienda. Eso no la convence y consigue irse con todos ellos, los bandoleros, su padre y el amigo.
Inician el camino al atardecer, suben hacia el cortijo de los Amates, para seguir cruzando la carretera para ascender por el cerro Gordo, por encima de Sorvilán. Al atravesar la zona de campiña uno de los bandoleros se queda vigilando la posible llegada por la noche del dinero. El resto sigue su camino hasta llegar después de varias horas a una gran encina. Allí paran, será el lugar donde monten su pequeño campamento. La noche estaba bien avanzada cuando se acercó el Polopero hasta la niña, empezó a conversar con ella, era un hombre joven y atractivo, y entre sus palabras dejó entender que había sido maestro de escuela. Le dijo a Mª Carmen que era muy bella, y que cuando gobernara Negrín en España vendría al cortijo para llevársela y casarse con ella. La niña, sorprendida, no hizo mucho caso de lo que oía ya que el miedo a perder a su padre la tenía ensimismada.
Explanada del cortijo
La noche seguía prolongándose, los mandados no aparecían por ningún lado, cada vez se marcaba más nerviosismo en el entorno. De vez en cuando, llamándose con el nombre de camaradas, se discutían, no descansaban ni un instante, no se dormían. De madrugada varios de los bandoleros saltaron al unísono totalmente crispados por no ver aparecer el dinero por ningún lado, cogieron a los dos secuestrados y los subieron de un empujón encima de un balate. Decían que los iban a fusilar sin ninguna piedad. Los hombres pedían clemencia, la niña gritaba y se aferraba a las piernas de su padre, entonces los maquis, al ver que la niña no paraba, la subieron también con ellos, era un quejido constante bañado en un mar de lágrimas. En ese instante, cuando parecía que se iba a  producir la tragedia, apareció el Polopero que estaba retirado descansando y al grito de la niña despertó, llegando muy enojado y gritando en voz alta “¡sí habrá tiros, pero hacia los mismos camaradas!
Después de esto el jefe de la banda decidió que de esta forma no conseguirían el dinero, así que los dejó ir, advirtiéndoles que en unos días pasarían de nuevo por el cortijo para cobrar el dinero, y que si eran apresados o matados por la guardia civil, no dudarían al poco tiempo volver el resto para matar a toda la familia y meterle fuego al cortijo.
Viéndose libres echaron a correr de forma desesperada, Carmen, la niña, le dio tiempo a coger de un asa la garrafa de vino, ya vacía, que los maquis le habían robado, y de esta forma recuperar al menos el recipiente. Cuando corría hacia abajo le vino a la mente un hecho ocurrido con los maquis precisamente a la familia de Pedro Montes, a los que habían matado por la espalda, así que Carmen paró y observó lo que dejaba atrás, para asegurarse de que no serían tiroteados a sangre fría. Vio como subían para después desviarse hacia los montes cercanos de la costa, donde decían que los tenían recogidos en el cortijo de San Pedro, llegando en una ocasión a estar la guardia civil en el mismo cortijo con los dueños mientras ellos estaban en una habitación contigua. A la larga se supo esto y la guardia civil castigó severamente a esta familia.
Panorámica al Mediterráneo desde la puerta del cortijo
Después de dicha observación la niña siguió la carrera hasta encontrarse con su padre y su amigo que la esperaban en la carretera del cerro Gordo. Prosiguieron su camino con mucho miedo, ya que todavía era de noche y no sabían con qué podrían encontrarse. Pronto llegaron al Preñao, su sorpresa fue enorme, los “civiles” de toda la comarca se encontraban en sus alrededores, habían tomado el cortijo. Lo que no habían conseguido las fuerzas del estado lo había materializado un pequeña niña, su valentía había hecho que estos dos hombres no murieran en manos de unos desaprensivos bandoleros.
Una vez reunidos en familia con su madre y hermanos, decidieron no quedarse ni un momento más en el hogar de toda su vida, las palabras del Polopero los intranquilizaba sobre manera, así que cogieron los cuatro bártulos más precisos y se marcharon hacia la casa de los Muñoz de La Rábita, mientras que la estirpe de Pedro Montes se marchó hacia el Cortijo Bajo. La despedida fue muy entrañable, habían sido vecinos y amigos durante varias generaciones, y ahora el destino los había juntado para separarlos para el resto de sus vidas.
Frasquito el del Preñao y toda su familia se trasladaron a vivir a la ciudad de Almería, a la casa de los Muñoz hasta que pudieron comprar la suya propia. Desde entonces jamás volvieron al cortijo, y los productos que generaba el mismo, los recibían de vez en cuando, ya que el medianero se los enviaba con el camión de los Morales hasta la misma ciudad. Con el tiempo compraron casa también en Albuñol, pasando en esta población largos periodos de su vida. Sin embargo, su existencia en torno a los cortijos habría desaparecido para siempre”.
La era desde donde vieron aparecer a los bandoleros

… El ruiseñor ya no se oye, la noche empieza a clarear, es hora de volver a la morada. Una historia más, una vida más. Aprovecharemos los momentos que nos quedan.



A Mari Carmen y a sus hijos, que seguro habrán disfrutado y difrutarán de una mujer de armas tomar.

La Víbora Hocicuda, el Ser Vivo más Peligroso de la Península Ibérica


Sierra de Segura
Hacía ya mucho tiempo que no había gozado de una vista tan agradable como la que esta tarde ha dejado mis ojos sin pestañeo alguno. Estábamos bajando la vereda de la Estrella en Sierra Nevada cuando en el sendero polvoriento aparece estática una poderosa serpiente, nada extraño por estos parajes silvestres, pero la sorpresa llega cuando al acercarnos a menos de un metro de distancia, ésta no se inmuta. Es el momento de reaccionar, nos paramos de golpe y observamos, cola corta, dibujo geométrico  dorsal en espiral, cabeza muy triangular…, no hay duda, es una víbora. Mi mujer se separa, yo cojo la cámara y le lanzo varias fotos a medio metro de distancia, ella avanza lentamente y con autosuficiencia. Se mete entre la hojarasca y por detrás de mí oigo, “¡parece mentira, prefieres fotografiar a la víbora antes de protegerme ante un mordisco mortal!”. Entonces reacciono, el ofidio se pierde entre la espesura, y yo, con mi reportaje, sigo la senda bien acompañado y pensando en el momento vivido.

Dorso y cola de Víbora Hocicuda (Sierra Nevada)


Este relato he querido hacerlo para recordar que simplemente somos una pequeña parte más de la exuberante naturaleza, que si la seguimos visitando tendremos multitud de sorpresas, casi todas agradables y enriquecedoras, aunque a veces habrá que tener un tacto especial, un conocimiento a aplicar en situaciones algo distintas, un saber interrelacionar con el entorno que nos rodea, un respeto hacia ellos, hacia nosotros…, hacia la supervivencia de la Tierra.
A continuación voy a desarrollar las características de esta especie, de sus potenciales peligros y de su belleza que, aunque el título de este artículo pueda indicar lo contrario, hace de este animal un ser poderoso pero nada agresivo, ya que como ha demostrado en este relato, en ningún momento intentó atacarme, sólo se fue retirando y dejando un aviso mediante un bufido que emitió para recordarme que hasta ahí podía llegar.

Características
La Víbora Hocicuda (Vipera latasti) tiene una longitud aproximada de 60 cm, siendo los machos mayores y más oscuros que las hembras. Su cuerpo es grueso y corto, la cola también corta y poco diferenciada del resto del cuerpo. La cabeza es ancha y triangular, y tiene el hocico muy levantado, de ahí su nombre vulgar. A diferencia de las culebras, la pupila de las víboras es vertical. El dorso es grisáceo o pardusco, siendo el dibujo del centro muy oscuro y en forma de zig- zag. Los flancos del cuerpo están marcados con grandes manchas oscuras, siendo la cola de un color algo amarillento.

Escondiéndose entre el matorral (Sierra Nevada)

Esta especie vive en zonas muy diversas, observándose en zonas arenosas como en alta montaña, siendo muy habitual, aunque rara de ver, a 3000 metros en Sierra Nevada. Puede campar tanto de noche como de día en épocas cálidas, se desenvuelve bien en el agua y a temperaturas altas suele subirse a los árboles y matorrales. Se alimenta de pequeños mamíferos, reptiles e invertebrados de gran tamaño. En abril realiza la cópula, y varios meses después paren hasta ocho crías vivas.

Peligros
Se puede considerar a esta especie de las más peligrosas de Iberia, que, aunque no suele atacar si  no es molestada o pisada, cuando se encuentra en árboles o matorrales puede sentirse en peligro y morder a la altura del cuello o la cara. Su mordedura no es mortal, aunque en niños pequeños o ancianos podría llegar a serlo.
Qué hacer para evitar su peligro
  • Al salir a zonas donde pueda ella vivir ir siempre con pantalón largo.
  • Al entrar en zonas de matorral o arboleda la vista será nuestro más aliado defensor.
  • Si la vemos en algún momento, no la molestaremos y pasaremos lo más alejados de ella.
  • Una forma de evitar que las víboras se acerquen al campamento o a la zona de pernocta es restregando ajos por los alrededores.
Si se produce la mordedura tendremos en cuenta lo siguiente
      -Aplicar jugo y pulpa de raíces de hinojo sobre la picadura.
      -También se puede aplicar espliego machacado muy fuertemente sobre la picadura.
Hábitat idóneo para la Víbora Hocicuda. Sierra Nevada
-La persona debe estar acostada lateralmente, con la cabeza baja e inmóvil.
- Identificar a la serpiente sin tratar de capturarla o matarla.
- Constatar la mordedura y la inoculación de veneno por las dos marcas y el dolor.
- No cortar ni succionar la mordedura; ello aumenta la lesión local y el riesgo de infección.
- Colocar un vendaje compresivo sobre la zona de la mordedura o un torniquete flojo entre ésta y la raíz del miembro mordido (debe permitir el paso de un dedo por debajo).
- Si el miembro afectado es un brazo, inmovilizarlo en cabestrillo con un pañuelo a la altura del pecho.
- Tranquilizar al accidentado.
- Aliviar el dolor con aspirina o con paracetamol.
- No dar al afectado bebidas alcohólicas o hipnóticos ni poner hielo sobre la mordedura.
- Evacuar a la víctima a un centro sanitario; los médicos valorarán la administración de suero antiviperino (su uso no está exento de riesgos).

*www. viborasdelapeninsulaiberica.com

Dr. Arturo Valledor de Lozolla ("Veneno a Ras de Suelo")

Sierra de Segura

Sierra de Segura

Sierra de Segura



"La Guerra en los Cortijos"



Aunque nos pese, la Guerra Civil Española fue uno de los acontecimientos históricos más vergonzosos que se han producido en nuestro país. El sacarlo a la luz en el bloque de “Historias y Leyendas de la Contraviesa”, no tiene otro objeto que recordar a nuestros lectores más jóvenes a lo que puede llevar la violencia más extrema por desavenencias ideológicas y políticas. Ciudades, pueblos, familias, fueron destrozadas socialmente, y durante esos tres años y la posguerra se produjo un distanciamiento y un odio que separó a vecinos, amigos e incluso a hermanos.
Como con cualquier otra historia que descubra en nuestra Sierra, seré lo más objetivo posible, trascribiendo de forma precisa la información recibida por la fuente histórica. En el caso de esta trama, las propias familias del que escribe estuvieron divididas en bandos opuestos, simpatizando la familia de mi padre con el bando “nacional” y la de mi madre con el bando “republicano”.
Procesión en Albuñol


“Los leños embravecidos por la humedad del campo chisporrotean en la pequeña chimenea, creando una agradable calidez en el ambiente de la alcoba. Estamos retrepados sobre las mecedoras percibiendo los diminutos copos de nieve que casi no se atreven a caer. Esto es muy habitual en Mágina, mis padres no lo habían vivido nunca en su dilatada vida, pero sin embargo, me sorprende cuando él apunta que le trae este ambiente algunos recuerdos de su niñez. Yo le pregunto, y él comienza a relatar algo que sin lugar a dudas no es fácil de evocar.
Cuando se inició la “Guerra” él tenía sólo siete años, era una familia tradicional, de cuatro hijos, que vivía en el mismo pueblo de Albuñol. El pueblo estaba tomado, al igual que toda Granada, por los republicanos, lo que hacía más difícil la vida para aquellos cuya ideología política era opuesta a la “oficial” local. En la Casa de las Margaritas estaba instalado el cuartel militar, al lado de la iglesia, prácticamente en el centro de la población. Fueron pasando los días y la confrontación era cada vez más manifiesta y peligrosa, no se podía salir de noche a la calle, había racionamiento para conseguir los alimentos básicos, los niños ya no podían asistir a la escuela, los cántaros sobre la fuente con las mujeres esperando turno era el único momento afable permitido y las inquisidoras miradas entre los propios vecinos eran inevitablemente estremecedoras.
El puente Aldahayar, al fondo la sierra


Pronto su familia empezó a ser acosada, por lo que su padre, que regentaba la farmacia, decidió que él, su hijo menor, debería estar lejos de ese ambiente de extremada peligrosidad. Un día vino al pueblo uno de sus mejores amigos, Antonio Soto, que era el dueño de uno de los cortijos situados al norte de la población, Los Morenos. En una conversación en su casa le pidió a su amigo que se llevara durante un tiempo a Lisardo a su cortijo, porque tenía miedo de que sufriera algún daño viviendo en Albuñol. Antonio, como era de esperar, no puso ninguna pega y le comunicó que en unos días vendría a por él. Esa misma noche tocaron a la puerta de la familia Domingo, eran dos militares que con los fusiles en mano amedrentaron a toda la parentela. Al pequeño Lisardo lo subieron en la silla de madera y exclamaron: ¡Qué hacemos con éste!; fue un momento tenso en el que su madre, Deogracias, saltó de forma espontánea a recoger en sus brazos a su asustado hijito. Después de unos minutos de silencio en el que los guardias se dedicaron a registrar las habitaciones buscando no se sabe qué, decidieron irse sin más.
Pasaron unos días, la tensión iba creciendo por momentos, a su hermano Pepe se lo llevaron detenido al calabozo del cuartel, posteriormente lo tendrían recluido durante un año en la cárcel de Almería.
Una fría tarde de enero de 1937 aparecieron por su casa Antonio y su hijo Ricardo con dos grandes mulos, venían para recoger a Lisardo que, a regañadientes, fue despidiéndose de su familia. Salieron a la plaza, y a la grupa del mulo de Ricardo cogieron el camino hacia los cortijos.
Fuente de la plaza de Albuñol


El adiós había sido apresurado, no debían ser vistos por los militares, así que sin perder tiempo y con los mulos cargados iniciaron el camino hacia el puente Aldahayar, allí, tras una leve mirada atrás el niño soltó unas lágrimas, no sabía cuándo volvería a ver a su familia.
Subiendo por el camino de las minas se dirigieron a la sierra, en poco menos de dos horas divisaban la entrada del cortijo, era un lugar desconocido para el niño, pero pronto sería su hábitat natural. Al llegar a la casa observó que en el porche de la puerta había varios cerdos husmeando, al bajarse del mulo los animales huyeron con aparente descontrol. La madre de Ricardo se acercó a él y le hizo una afable caricia, eso lo tranquilizó y cogido de la mano de la señora entró en la vivienda, la temperatura era muy agradable, fuera en el camino, el frío había hecho mella en él, así que se acercó a esa chimenea gigantesca que tenían en el comedor y que él nunca había visto en una casa, ya que la temperatura del pueblo hacía innecesaria la utilización de estos ingenios”. Este fue el hecho que le hizo recordar a mi padre la historia vivida en su infancia cuando estábamos sentados al calor de la lumbre en el Cortijo del Lince en Sierra Mágina.
“Al llegar la noche conoció al resto de su familia adoptiva, además de Ricardo estaban sus tres hermanas, todas mozas ya, y que enseguida supieron hacer más agradable la vida del pequeño Lisardo. En una de las habitaciones de las hermanas mayores fue donde dormiría a partir de entonces, en la misma cama y sin ningún rubor. Esa noche cenaron todos juntos, como siempre, pero la compañía del niño del pueblo hizo que hubiera algo más de algarabía, ya que le preguntaban diversas curiosidades y él contestaba si ninguna vergüenza, no tardaron mucho en hacer creer a Lisardo que ése sería su nuevo hogar.
Los días fueron pasando lentamente, él fue aprendiendo las labores del campo, y aunque era muy joven le empezaron a dar responsabilidades varias. La que más le gustaba era cuando después de las tareas campesinas Antonio llegaba con los mulos y los descargaba, era el momento de darles agua, y como la fuente estaba un poco lejana había que llevarlos hasta allí, entonces era cuando el niño cogía las riendas de uno de ellos y los llevaba hasta la fuente del cortijo de los Corros. Recuerda que en más de una ocasión llegó a ir subido en el mulo por esos tortuosos caminos de arrieros. En uno de esos momentos en que se acercaba a la fuente con las bestias, en un cortijo cercano apareció una “vieja” que le causó estupor y miedo, se volvió de inmediato al cortijo y se lo comento a Ricardo, éste, como niño que también era, le contó una historia de miedo que no olvidó nunca, aunque para convertirse en un cortijero auténtico tuvo que lidiar con la pobre señora que jamás le dirigió una palabra en las otras muchas ocasiones que la encontró en su equina tarea diaria.
El Calvario


No tardó mucho en descubrir lo bien que se vivía en ese cortijo, y posiblemente en todos los de alrededor. No les faltaba de nada, todo era abundancia, pero el trabajo era de sol a sol. En invierno estaba la matanza, aquellos marranos que conoció a su llegada serían los que alimentarían a toda la familia durante el año. Eran días de fiesta, aunque las noticias de la guerra entristecían a todos. Estando allí, en una de las bajadas de Antonio al pueblo, éste llegó con una noticia aterradora para el niño, se habían llevado a la cárcel de Baza a varios hombres del pueblo, entre ellos a su padre y a su tío Lorenzo. Estas crónicas lo dejaban aturdido y con pocos ánimos, pero él sabía que debía resistir, ya que con el tiempo todo debería pasar y él se convertiría en un hombre.
Las viandas en el cortijo eran esplendorosas, a veces se hacían en el mismo campo, pero otras se juntaban en la casa para catar aquellas pipirranas hechas con las hortalizas recién traídas por él de la huerta, aquellos pucheros que si te descuidabas costaba sacar la cuchara del propio plato por la cantidad de sustancia, o aquellas migas, que era el plato más apetecido por todos, que se colocaban en la misma sartén en el centro de la mesa para que el desgaste del duro trabajo se viera saciado en no muchos minutos.
Uno de los quehaceres que él asumió durante toda su estancia en el cortijo fue el surtir de leche y huevos a los trabajadores durante la mayoría de los días. En una ocasión, cuando ya estaba acostumbrado se acercó al corral donde estaban las cabras y las gallinas, primero recogía la leche en una cántara, y después abría el habitáculo del gallinero para coger los huevos frescos. Cuando iba a realizar la tarea como de costumbre, dejó la cántara llena de leche en el rincón habitual, al sacar uno de los huevos el gallo se tiró a por él, haciéndole correr despavorido tropezando con la cántara, que se derramó liando un gran revuelo en el cobertizo. Al llegar de nuevo a la casa pensó que sería recibido con una gran regañera, pero cuando lo contó ellos sonrieron y no le dieron importancia, la despensa estaba llena de otros muchos víveres.
Sin lugar a dudas lo que más le gustó de las tareas de campo fue la época de la recogida de los cereales, sobre todo cuando llevaban el producto a la era, allí se juntaban los habitantes de todos los cortijos de alrededor, echaban el trigo o el centeno a la era por turnos, y con la yunta de mulos se ponían a trillar. Al finalizar aventaban el cereal y dividían la paja del grano, por último cada lugareño se llevaba el producto según lo que había aportado. Esto que se cuenta con tanta celeridad, suponía varias semanas de trabajo y juerga, ya que de forma simultánea los hombres y las mujeres que traían la comida se enzarzaban en debates, discusiones y bromas que hacían de ese tiempo el momento más deseado del día por el pequeño Lisardo.
Camino a la Plaza


Los meses pasaron, estuvo cerca de un año viviendo con esta maravillosa familia, en ninguna ocasión bajó al pueblo, no se fiaban de lo que pudiera ocurrir. Pero el “frente” se tranquilizó, entonces sus padres lo mandaron llamar y en uno de los viajes de Ricardo a la villa lo acompañó subido detrás de él. Bajando el barranco miró hacia atrás, la misma sensación que tuvo al irse de su familia verdadera le sobrevino en ese momento, la pena y el ahogo estuvo presente en él durante todo el trayecto, pero sabía que allí había dejado a unos más que amigos, que serían para siempre, y que para siempre los tuvo y sigue teniendo en el corazón.

Ahora es un poco mayor, en la plaza no solo están las cantareras, también hay niños jugando, reconoce a varios de ellos, los niños lo miran. ¿De dónde vendrá Lisardo? Un fuerte abrazo con sus padres le hace recordar que el sueño siempre será pasajero”.

A mis hermanos Sonia e Ignacio, a mi preciosa mamá y por supuesto a mi querido papá, que desde allí arriba habrá hecho relucir una nueva estrella.

Fuente histórica: Lisardo Domingo Carretero. Albuñol.
Autor: Lisardo Domingo Blanco

La Cabra Montés Serreña


De nuevo una Navidad más, un paseo más por los reductos del hombre del neolítico. La sierra de la Contraviesa está plagada de lugares recónditos donde poder disfrutar de un campo silvestre. El pinar del cerro Salchicha, las angosturas del Ayllón, el río Adra, el río Guadalfeo o la playa del Ruso son espacios idílicos para el naturalista en el que el aroma a naturaleza lo invade todo. En esta ocasión la temperatura invernal de la Sierra es benévola, la soledad del campero hace del sendero un bullicio de sonidos deseados.
Sus huellas

Las avecillas se sorprenden al verme por sus territorios, se acercan pero pronto se lanzan al vacío para despistar al observador. Sobre la pequeña ribera del nacimiento de Aldahayar las andarinas lavanderas blancas pasan de un montículo a otro, buscan pequeños insectos cercanos al agua que pululan todavía atraídos por el calor. El calcáreo surgimiento de agua ferruginosa y termal tiene un aspecto navideño, musgos, culantrillos, líquenes multicolor y huellas, huellas de seres diferentes a nuestra especie, caprínidos, ungulados, mustélidos y lo más sorprendente, las marcas de los pies de los urodelos. Sí, todavía siguen su atareado quehacer diario las sonoras ranas, este cambio de clima nos está desvirtuando a todos.
Cortados rocosos, su hábitat

Una vez pasados los primeros trancos de la Rambla la soledad es aún más patente, sentado sobre uno de sus grandes peñascos, observo con las lentes el paso fugaz hacia el sur de una pareja de águilas perdiceras, es el momento de buscar el lugar de anidación, y en estos parajes seguro que habrán encontrado la repisa idónea para elaborar el gran nido de ramajes gigantes entrecruzados.
El monumental sendero que forma la Rambla está cambiado, su fisonomía se trasforma en cada una de las grandes o pequeñas riadas que surgen casi todos los otoños, convirtiendo el paseo en algo inesperado, embriagador, excitante. A lo lejos se escuchan los sonidos de ladridos de perros, espero que de los cortijos cercanos, ya que en ocasiones este animal se asilvestra y convierte estos parajes en su espacio de campeo, convirtiéndose en animales peligrosos en épocas de celo.
Época de celo, inicios de invierno

Palomas bravías y aviones roqueros planean por los cortados, formando una melodiosa sinfonía al unir sus sonidos y cantos con los pequeños chamarines, los coloridos jilgueros y los inquietos colirrojos tizones. Sobre el sustrato arenoso y a veces húmedo del camino, cada vez son más constantes las huellas de cabras, unas siguen mi misma ruta, otras atraviesan en diagonal, pero lo más certero es que deben de andar muy cerca de aquí, son la especie de mayor porte de esta sierra, la prolífica Capra pyrenaica.
Recuerdo en mi juventud, cuando empezaron a llegar las “monteses” a estos lugares, cómo los niños nos acercábamos por estos parajes para intentar verlas. A veces teníamos suerte pero la mayoría fracasábamos. Cuando conseguí mi primera cámara de fotos réflex de carrete, programé una de mis primeras experiencias simulando al Doctor Félix, la tarde anterior a lo que sería mi aventura, me acerque a estos cortados y con una hachuela preparé un hide (choza de ramas) para observar el posible paso de las cabras monteses. El sitio era magnífico, huellas por doquier, excrementos, y sobre todo mucha ilusión. Al día siguiente me planté de madrugada, antes de que saliera el sol, dentro de mi refugio, monté el trípode y la cámara y a esperar acontecimientos. Llegué a fotografiar cuervos y alguna que otra avecilla despistada, llegué a observar la salida de un majestuoso búho real desde el cortado pétreo que me precedía, pero mis expectativas si vinieron abajo cuando fueron pasando las horas y no aparecían las añoradas montesas. Antes del mediodía desistí, era época estival y el calor empezaba a hacer mella. Pero eso sí, lo mejor de esta experiencia, como casi siempre suele ocurrir, el desayuno compuesto por el bocadillo de tortilla de patatas con vino del Cerro del Gato en bota. Espectacular.
Hembras esperando al macho

En esta ocasión, la ilusión es la misma, pero con la certeza de que existen en estas sierras una mayor cantidad de monteses y mayor facilidad para ser observadas, y el factor principal, una treintena de años más experimentado.
En uno de los recodos de la rambla troglodita siento la caída de varias piedrecillas a una distancia cercana. Al elevar la vista aparecen en el marco esperado, son siete, compuestas por cuatro hembras adultas, una pequeña y dos machos, el primero de unos dos años de edad y el patriarca de la manada de unos siete años. Es el momento de tomar las decisiones correctas, no se pueden escapar, y para ello voy preparado con los recursos suficientes, prismáticos y cámara fotográfica con un tele de 200 mm.
Ellas  me observan sin aparente movimiento, yo, con mucho sigilo, empiezo a recolocar mis archeles para realizar un seguimiento riguroso de esta encantadora familia, por fin me siento sobre el saliente y comienza mi mente a recomponer la vida de estos animales tan carismáticos en la historia de estas poblaciones.
La manada

La sierra de la Contraviesa se encuentra situada al sur de Sierra Nevada, y esto ha sido fundamental para localizar la cabra montés en estos entornos, ya que Xolair es el lugar de la Tierra donde se encuentra el mayor número de individuos de esta especie, la Capra pyrenaica. Esto ha hecho que con los años estos animales se hayan expandido por los alrededores de su lugar de inicio, y como el ser humano acabó con el lobo y algunas grandes águilas, que eran las especies que podían controlar la superpoblación de la cabra, ésta se ha dispersado por todas las serranías cercanas, produciendo en demasiadas ocasiones daños a la agricultura tradicional serreña.
Este animal está totalmente adaptado a vivir en estos cortados rocosos y sus alrededores, siendo un lugar idóneo para mantener una vida adecuada, pudiendo llegar a vivir hasta los veinte años de edad. Sus patas son únicas, son escaladoras puras, sus pezuñas son antideslizantes y lo extremos de las uñas son durísimas, y sin articulación. Tiene una alimentación fitófaga, acudiendo a zonas de almendrales en algunas ocasiones para ramonear en los árboles e incluso sus cortezas. Se les ha visto por la costa tomando agua del mar para saciar sus necesidades minerales. No suelen beber agua asiduamente, les basta con el consumo de plantas, a no ser que hayan realizado un esfuerzo excesivo.
Las pezuñas de escaladora

 La época de celo suele ser a principios de invierno, atrasándose en nuestra Sierra por las altas temperaturas, durando esta fase unos cincuenta días. La familia observada se compone de dos machos, uno de ellos muy joven y con pocas posibilidades de mantener relación con alguna hembra, durante la observación el macho mayor intento cornear al joven en varias ocasiones, lo que hacía que siempre estuviera el pequeño distante. En ningún momento el patriarca estuvo delante de la pequeña familia, él siempre iba el último adquiriendo la postura típica de extensión del cuerpo con el hocico inspirando y alargando el cuello. Por lo tanto estas hembras serán montadas solo por el gran macho, teniendo un periodo de gestación de cinco meses. Ellas, una vez fecundadas dejarán a los machos y buscarán refugio para dar a luz en solitario aproximadamente sobre el mes de mayo, teniendo probablemente un cabritillo, en ocasiones dos. Estos a las pocas horas de nacer ya pueden levantarse de manera autónoma y seguir a la madre, que mantendrá el periodo de lactancia durante unos cinco o seis meses, que de nuevo será fecundada.
Las cabrillas, a partir del décimo día ya son autónomas para alimentarse de plantas, alternándolas con la leche materna. La madurez sexual les llegará a las hembras a partir de los 18 meses, pudiendo parir todos los años hasta los doce aproximadamente. El macho puede copular a partir del segundo año de vida, aunque la lucha con sus congéneres mayores le llevará a tener mucha dificultad para conseguirlo.
El gran macho

Las imágenes gráficas de esta manada han sido excelentes, las he perseguido con sigilo durante varias horas, observando algunos de sus comportamientos insitu, como el chiflido que realizan cuando se ven acosadas o en peligro, que conmigo lo han realizado sólo cuando nos encontramos al inicio de la mañana. El movimiento de la hembra principal que hacía que todo el grupo se moviera a la par o el desprecio de ellas y del macho mayor hacia el menor, dejándolo a veces por detrás y a gran distancia.
El hecho de haberlas tenido tras la mirada del objetivo he podido calcular los años de vida de casi todas ellas, cada surco diferenciado que tienen en la cornamenta los machos marca un año de vida, por lo que el pequeño debería tener unos dos o tres años, mientras que el patriarca podría tener siete. Las hembras tienen unos pequeños cuernecillos que las hacen diferenciarse claramente del género contrario, son más pequeñas y no poseen la barba de chivo de los machos mayores.
La gran hembra

Está atardeciendo, ya por las laderas más cercanas a la población aparecen otras pequeñas manadas, al unirse a la estudiada se marcha por los cortados verticales, por ahí no paso yo, así que abrumado por el destino natural que me ha precedido hoy, sigo mi camino hacia mi especie. Esa la conozco aún mejor.








Secuencia de la carrera del macho asustado

Posición típica del macho en celo tras la hembra


Control del peligro

Sobre el precipicio

Saltos





Líquenes y Musgos del Valle del Frontil de Sierra Mágina



Junto con los musgos, los líquenes forman una variedad inmensa de micro jardines que, cuando los observamos con detenimiento, podemos descubrir una infinidad de especies con multitud de formas y de colores que podrían deleitar al más incrédulo de los mortales.

Pueden aparecer en muchos lugares, desde muros a construcciones, pasando por zonas arboladas hasta los mismos tejados de nuestras viviendas. Nosotros nos vamos a centrar en todos aquellos líquenes que paseando por el Valle podremos encontrar en una gran diversidad de rincones.

Los líquenes son una asociación simbiótica entre hongos y algas, el alga, mediante la fotosíntesis, proporciona el alimento, mientras que el hongo aporta la humedad y la protección contra la radiación solar.

Este ser vivo es un gran bioindicador de la salud o contaminación de los bosques, a mayor número de especies mayor salud ambiental del entorno. Además se utilizan como medicamentos, alimentos, procesos industriales y regeneración de bosques.
Nosotros los vamos a clasificar en roqueros y arbóreos. Los roqueros pueden ser crustáceos, que se adhieren a la roca y no se pueden despegar, y foliosos, que tienen el talo ligeramente despegado del sustrato. Los arbóreos pueden ser foliosos, que tienen forma de hojas diminutas, y fruticulosos, que tienen forma de pequeñas ramitas.

Collema crispum (roquero crustáceo)
Diploschistes ocellatus (roquero crustáceo)

Flavoparmelia caperata (arbóreo folioso)
Xanthoria calcicola (roquero crustáceo)

Xanthoria parietina (roquero folioso)
   Evernia prunastri (arbóreo fruticuloso)

 
Por otra parte están los musgos, que tienen un importante papel en los ecosistemas reteniendo la humedad del suelo evitando su degradación. Además son el refugio de multitud de pequeños invertebrados que encuentran protección en estos diminutos ecosistemas.
Los musgos poseen unas raicillas que tienen como única función la sujeción al suelo, siendo todo el conjunto de la planta la que absorbe el agua y los nutrientes para poder sobrevivir.


                                                                                                               Syntrichia ruralis

                                           Grimmia orbicularis
Pohlia annotina