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Sierra de Segura, Sobreviviendo


Lugar: Sierra de Segura. Río Madera.
Recorrido: Aldea de Río Madera, Campamento Río Madera, Campamento Los Negros, Las Acebeas y vuelta.
Distancia: 25 km. ida y vuelta.
Dificultad: baja.

Relato:

Mi inquietud por el mundo natural, ha hecho que durante la mayoría de los años de mi vida, haya recorrido gran cantidad de espacios silvestres de nuestro biodiverso territorio nacional. La mayoría de ellos han sido sorprendentes y enriquecedores, pero todos, absolutamente todos, me han enseñado aquellos valores que hacen a las personas un poquito más humanas.
La Sierra de Segura está inmersa en el Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y las Villas, es el parque de mayores dimensiones de España, y el segundo de Europa. Representa de forma exhaustiva lo que se considera el Bosque Mediterráneo, poseyendo unos valores ambientales difíciles de superar.

En esta ocasión quería realizar una experiencia directa sobre la alimentación de supervivencia, y considerando que este lugar se puede tomar como el pulmón de Andalucía, pensé que podría desarrollar mis instintos animales en un espacio donde estos no faltarían. Mi destino era la aldea de Río Madera, situada en pleno corazón de la Sierra y desde donde podría desplegar mis conocimientos y aplicarlos in situ en un entorno privilegiado; iba a estar durante dos días perdido solo y con pocos medios en este desbordante espacio, en el que no me faltaría en ningún momento la materia prima natural necesaria para "subsistir" inmerso en el apasionante bosque.


Me encuentro en la aldea, llevo conmigo la mochila con las herramientas necesarias para pasar la noche de forma digna, e incluyo de forma imprescindible mi protector machete. Inicio la caminata hacia el valle del río Madera, afluente de alta montaña del Segura, donde sus cristalinas aguas me harán pasar unos días olvidándome del agobiante calor que ya aprieta en la urbe.
El recorrido lo voy a realizar siguiendo siempre la ribera del río en dirección ascendete hacia su nacimiento, antiguamente era un camino de carros que unía los diferentes cortijos y caseríos del entramado serril, siendo uno de los caminos principales para pasar de poblaciones importantes como Pontones hacia otras como Hornos o Síles. Ahora está asfaltado, pero la sensación es de estar mimetizado con el entorno, ya que sólo de vez en cuando se observa algún vehículo o algún ser humano nativo del lugar.

La primavera está siendo exultante, el invierno se ha retirado dejando un reguero de lluvias que en estas sierras han sido especialmente intensas, proporcionando a estas tierras una más que exhuberante vegetación. Me interno entre el bosque ripario para llegar al río, por la cercanía a su nacimiento el agua está gélida, lo que me incita a refrescarme y a empezar a pensar en primitivo, el líquido me cae por el cuello, estamos en plena naturaleza.
Las florecillas de las praderas embellecen el marco idílico, se oyen mutitud de pajarillos que revolotean de un lugar para otro, pero mi mente está en cómo alimentarme hoy, las ideas empiezan a surgir. Entendiendo que me encuentro en una situación de dificultad, esos seres vivos que pululan de aquí para allá serían un buen bocado, siempre y cuando encontrara la forma de capturarlos. No es el momento, ni será durante estos dos días, ya que las técnicas de caza y trampeo me llevarían mucho tiempo en ponerlas en práctica y en que éstas llegaran a funcionar. Tendré que sobrevivir mediante la búsqueda de algunas plantas y algunos invertebrados, no esperando a recolectarlos cuando tenga hambre o necesidad, sino que los intentaré coger cuando estos aparezcan, ya que más vale nutrir el cuerpo durante toda la jornada de forma paulatina, que esperar las horas tradicionales de comida no teniendo seguridad en que encontremos estos seres alimenticios.


El agua de estas montañas es muy pura y fácil de recoger con una simple cantimplora, pero ante la duda la voy a purificar con una gota de lejía por cada litro de agua, que le matará todas aquellas bacterias dañinas que puedan perjudicarme. Seguro que encontraré algunas fuentes de manantiales, pero por ahora prefiero asegurar el agua extrayéndola del propio río, aunque deberé añadirle algunas sales minerales exprimiénmdole un limón, ya que el nacimiento de este río está muy cerca de aquí y podría estar falto de las mismas.

Ya con la cantimplora llena reinicio la marcha cercana a la ribera, a lo lejos se oye el sonido del cuco, y de manera casi continua se ven caer las piñas secas de los pinos carrascos y laricios que pueblan en lugar. Esta es otra de las oportunidades para comer, los piñones de todos los Pinus son una excelente fuente de grasas e hidratos, pero estas piñas son muy pequeñas, por lo que esperaré a encontrar el pino resinero o pinaster para sacarle algunas de sus pepitas.
Sigo ascendiendo por el camino con el murmullo del río siempre cercano a mí, los pinzones en parejas no paran de escudriñar el bosque, sus cantos penetrantes hacen del viajero un placer para los sentidos. Un grupo de grajos saltan de un sembrado, seguro que buscando las semillas y las larvas del húmedo suelo, yo me limito a observarlos y pronto desaparecen en la espesura.

Es hora de tomar un respiro, me siento perplejo ante tanta algarabía faunística, por ello aposento mis glúteos sobre una gran piedra plana y disfruto del olor y frescor que se desprende de los arbustos como el majuelo en flor. Es el momento de recolectar algunas plantas comestibles, las flores y las hojas nuevas del mismo majuelo son las primeras que recojo, cerca, en el lecho del arroyo, encuentro rosales silvestres y zarzamoras, siendo sus hojas tiernas muy nutritivas aunque algo ásperas a mi paladar. Al encontrarme en primavera, estos arbustos no poseen sus frutos, que habrían sido excelentes componentes de un plato silvestre especial, revuelto de moras con escaramujos y majoletas, pudiéndole haber añadido un poco de azúcares con la savia del tronco de los pinos.
Pero eso es fantasía, tendré que lavar un poco las hojas y echármelas directas a la boca, espero encontrar otras variedades de alimentos más adelante.

Empiezo a despegarme del río, una gran bandada de rabilargos, chillando al verme, reflejan sus pardos azules sobre los altos pinares, en pocos segundos no hay rastro de ellos, me vuelvo a encontrar con la soledad del bosque. Durante la subida a la zona más alta de mi camino encuentro diversas huellas de ungulados, sobre todo son gamos y ciervos, aunque por aquí existe una numerosa cabaña de jabalíes, muflones y cabras monteses. Esta sí sería una gran caza para comer durante varios días, pero siempre imaginándonos una situación real de supervivencia, en un bosque perdidos, con un tiempo ilimitado para construir las trampas y una paciencia para esperar a que éstas funcionasen, y poder hacer un fuego sin peligro de provocar un incendio, y descuartizar al animal, y trocearlo y...

No parece que esto sea factible en estos momentos, las plantas de diente de león bordean el camino, así que aprovecho para coger algunas de ellas y, limpiándolas un poco, echarme sus hojas a la boca, a falta de bollos buenas son tortas. Las ardillas cruzan el sendero, rápidamente suben los verticales árboles, pero éste que acaban de subir es distinto a los pinos que hasta ahora he estado observando, es enorme, igual que los anteriores, pero su corteza no es blanquecina sino rojiza, me encuentro ante el primer pino resinero, seguro que habrá más, así que decido rebuscar sus piñas ya que son de un tamaño mucho mayor y con unos piñones dignos de ser comidos. Después de un rato he encontrado sólo tres piñas, con ayuda de una gran roca las destrozo y puedo sacar varios piñoncillos, los abro y en uos instantes se pierden en mi aparato bucal, es el sabor más agradable que hasta ahora he paladeado.

Me encuentro en una encrucijada de caminos, sigo a la derecha hasta pasar por una casa retén contra incendios, allí hay una fuente en la que introduzco los pies en el agua, hace demasiado calor y este refresco pondrá de nuevo en marcha mi vitalidad corporal. ¡Maldita sea!, me ha picado. Llevo observando a la avispa todo el rato, y mira por donde en un descuido me ha sacudido un lambreazo, debo coger el barro cercano a la fuente y restregármelo sobre el picotazo, eso bajará el hinchazón y aliviará el dolor.

Por suerte ya conozco esta picadura, eso hace que sepa que no soy alérgico a ella, por lo que me da tranquilidad para seguir sin problemas. Sigo mi camino ya lejos del río Madera, son las cuatro de la tarde y llego a otra encruzijada, inicio el descenso en dirección Siles rodeado de pinos resineros monumentales, la mayoría de ellos alcanzan los treinta metros de altura, siendo el grosor del tronco bastante significativo. Estoy llegando a uno de los puntos sobresalientes del Parque Natural, es el espacio llamado "Las Acebeas", es un bosque húmedo donde sobresalen los acebos y los avellanos, siendo el único existente en Andalucía, ya que la característica principal de estos arbustos es la necesidad de agua constante, creándose en este entorno un microclima que hace ideal el lugar para los mismos. Tanto unos como los otros son dos árboles muy conocidos por los amantes de la supervivencia, el fruto rojizo del acebo podría matarnos si lo consumiéramos, sin embargo el fruto del avellano es una fuente importante de grasa vegetal, imprescindible para cualquier dieta.

Aquí encuentro un sitio perfecto para descansar, está lleno de prímulas, plantas cuya flor es comestible, así que unas cuantas de ellas llegan también hasta mi endurecido estómago. Es una casa forestal donde el olor delata que hay granja de cerdos y algunos animales más, un pequeño perro se avalanza sobre mí ladrando, pero pronto lo convenzo de mi buena fé, así que me apoyo sobre el tronco de un gran álamo y me pierdo en la lectura de un hermoso libro de leyendas...

El reposo ha sido muy conveniente, el no estar habituado a realizar un esfuerzo físico con poco alimento hace necesario tomárselo todo con mucha tranquilidad. Vuelvo a tomar el camino de vuelta, a desandar lo andado, en ese tramo deberé encontrar un lugar donde dormir, así que estaré atento y me introduciré de nuevo en el interior de la maleza para ver si me acompaña la suerte. ¡Ah!, no lo he comentado, el perrito me persigue y yo no sé lo que hacer, por lo pronto le he puesto el nombre de "Negro", por el color de su pelo, así que parece que empiezo a tener compañía.


El sol empieza a escasear, el poblado bosque no deja pasar la luz, pero de repente un trotar explosivo me hace girar el cuello hacia la loma cercana, son dos ciervas que bajan entre los árboles con una facilidad demoledora. Imagino qué debería hacer para poder capturar a una de ellas, esa fuerza exhibida me hace declinar en el empeño, habrá que seguir conformándose con otros seres que nos ofrezca la sabia naturaleza.
Debe ser el momento de buscar el refugio nocturno, en poco más de una hora se nos han cruzado por el camino una culebra de escalera, un lagarto verde y un par de ardillas incrédulas con la imagen que observaban, un par de solitarios caminantes entremezclados con los gigantes pinos.

Nos adentramos en el campamento juvenil de los Negros, está muy cerca del río y decido montar el vivac entre dos pinos, no sin antes cerciorarme que no están infestados por la temible procesionaria, ya que al contrario de la mayoría de las orugas, éstas son venenosas, poseen unos pelillos urticantes que lanzan cuando son atacadas por sus predadores, por lo que no solo no se deben comer, sino que no debemos cometer el error de tocarlas. El río por este tramo es muy tranquilo, prácticamente no se oye, sería un error por mi parte acampar en la orilla de un río caudaloso, el ruido podría esconder cualquier peligro nocturno que se acercara. Por ello monto en este lugar la acampada, ato una cuerda entre los dos troncos y paso por encima el poncho impermeable, a continuación ato una cuerdecilla en cada uno de los extremos del poncho con una piedrecilla, y ésta a su vez la vuelvo a atar sobre una roca más grande que sirve de tensor de la semitienda. Este será el refugio por esta noche, ahora nos damos un paseo por el bosque observando el anochecer, sin dejar de mirar el aumento del número de constelaciones que paulatinamente van surgiendo en el cielo.

Negro está inquieto, la verdad es que yo también, sólo se ven sombras alargadas a nuestro alrededor. El diminuto autillo se comunica con su cónyuge a lo lejos, es un sonido relajante, infinito, no para de repetirse, la primavera ha llegado a esta feliz pareja. No puedo más, me meto debajo de la lona dentro del saco, en esta ocasión he rellenado debajo de la esterilla con acículas de pino secas, dándole al lecho una textura flexible y blanda que seguro me ayudará a dormir algo mejor. Negro se acuesta a unos dos metros de mí, es un fiel perro.

La noche se está haciendo larga, cada vez que me despierto me incorporo para ver si mi compañero sigue allí, y así es, sólo se mueve para también observarme con detenimiento, al volver a reclinarme él vuelve a su posición de partida. En uno de esos despertares siento una especie de aullido-chillido fuerte por detrás del río, es un zorro que posiblemente esté intentando impresionar a su amante, buscando un poco más de ternura en la fría noche.

Por fin amanece, el calor del día se tornó en frío nocturno, pero ya ha pasado. Negro no está a mi lado, y no lo veo por ningún lado, habrá decidido buscar otro compañero con algo más de viandas para poder medio alimentarse. Me voy incorporando, pero vuelvo a tumbarme, ya que la música matutina de pajarillos mezclada con el sonido de las ramas altas de los pinos movidos por el viento, hacen del instante un momento especial, a nosotros, los amantes de la naturaleza, nos apacigua y convierte el espacio en un edén defícil de mejorar.
Depués de gozar de la mañana dentro del redil, me acerco al río para asearme, ya empieza a haber movimiento en el agua, los zapateros recorren toda su anchura una y otra vez. Existen en este tramo del río varios remansos, así que intento descubrir la posibilidad de capturar alguna trucha en los recovecos, para ello introduzco ambas manos con suavidad, una de estos peces roza mi piel y desaparece instantáneamente. El tiempo que se necesita para este tipo de técnicas yo no lo tengo, otra vez será.

Debo buscar algo para desayunar, algunas hormigas de gran tamaño, una babosa y un saltamontes se convierten en mi comida proteínica. Una vez muertos todos, al saltamontes le quito las patas, ya que podrían engancharse en la garganta y a la babosa le aprieto su cuerpo para dejarla limpia por dentro, a continuación los aliño con aceite y ajos, para después comérmelos saboreando su textura especial, sobre todo la de las hormigas, ya que el ácido fórmico que poseen las hacen tóxicas en grandes cantidades, sin embargo cuando son pocas las que se ingieren dejan un sabor picante especial que las hace muy apetecibles.

Cerca de mi campamento descubro varios troncos centenarios caídos, están putrefactos lo que los hace otro de los recursos alimenticios más asequibles que nos brinda la naturaleza. Cojo el machete y empiezo a abrir el tronco, pronto surgen una serie de larvas y gusanos comedores de madera que introduzco en un botecillo. Este mediodía pueden ser la base de mi almuerzo.

Decido realizar una inspección por todo el margen izquierdo del río, allí podré encontrar algunas flores y plantas comestibles para acompañar a las larvas ya capturadas. En un abrir y cerrar de ojos me sorprende la veloz llegada de Negro, imagino que habrá estado buscando recursos para poder subsistir ante el empuje del medio. Se avalanza sobre mí y yo lo agasajo, está entusiasmado con mi presencia, por lo que parece estará acompañándome hasta el final de la aventura.
Está todo florido, ranúnculos, margaritas, borrajas, primaveras, lirios, y una de las flores más espectaculares de este barroco ambiente, la aquilegia, llamada vulgarmente aguileña, una planta con poco porte pero con una flor grande de pétalos azulones y unos estambres amarillos que impresionan al verla. Ésta será una de las que tendré cuidado de no comer, ya que es algo tóxica y sería una imprudencia hacer la prueba de la comestibilidad con ella.

Volvemos al lugar de acampada y recogemos nuestros objetos, reiniciamos el camino acercándonos a tosdos aquellos cortijos que nos encontramos durante el viaje. Algunos están derruidos, otros cerrados a cal y canto, seguro que en épocas festivas o estivales esta zona es un paso más frecuentado por individuos con ganas de acercarse a las costumbres del pasado.




Negro corre despavorido, ha encontrado algo a lo lejos tendido en el camino, me aproximo y me llevo una sorpresa por un lado desagradable, pero por otro ideal para completar mi experiencia, una culebra bastarda recientemente atropellada por algún vehículo, aún se encuentra viva pero pronto dejará de respirar.


Una vez almacenada la serpiente en mi mochila seguimos la ruta, llegamos a una caudalosa fuente y nos preparamos para organizar el almuerzo. Llevo un pequeño infernillo que utilizaré para cocinar, los gusanos y larvas, una vez aplastados los aliño y los dejo tapados para que no acudan las moscas y avispas. La culebra mide aproximadamente un metro de longitud, es, junto con la de cogulla, la única especie venenosa de la familia de los colúbridos de la Península, por esta razón habrá que cortarle la cabeza mucho más abajo del cuello, para evitar la toxicidad del veneno que contienen sus glándulas.

Antes de cortar la cabeza le quito la piel en sentido descendente desde el cuello, previo corte suave perimetral en la piel. Una vez pelada corto con el machete desde el ano hacia la cabeza toda su longitud, quitándole los órganos internos. Aprovecho éstos para atraer a las avispas carnívoras hacia otro lugar, así dejarán en paz el cuerpo de la serpiente despiezada. Le corto la cabeza, y a continuación la enjuago bien en la fuente, la troceo en tajadas y la sazono con sal y un poco de aceite.
Sobre una laja de pizarra encontrada en uno de los cortijos preparo la receta, el infernillo ha puesto la temperatura en su punto, ya solo queda asarla junto con las larvas, y por último disfrutar de un bocado muy especial, Negro también lo probará.

Estamos cerca del final del camino, la tarde es de nuevo calurosa, pero las sombras constantes y el sonar de los arroyos hacen el paseo mucho más llevadero.
Un voleteo majestuoso nos hace mirar de repente, es un pito real, el pájaro carpintero más grande de nuestros bosques, en pocos segundos el verde plumaje se difumina entre la espesura, será la imagen final de una experiencia para no olvidar. Negro seguirá disfrutando de la sierra que probablemente le vio nacer.

2 comentarios:

Paco dijo...

Que rica tiene que estar. Seguro que si te sobro lo congelastes.

Anónimo dijo...

El próximo viaje que hagas me avisas... para alejarme lo más posible de ti.
Un abrazo Guillermo