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"Los Últimos Arrieros de la Contraviesa"


Sentado en el añejo algarrobo espero la llegada de ellos, me he aventajado para verlos llegar. Son José y Juan, de pequeño sentía hablar de ellos, a uno le llamaban el Corzo, por el apellido de uno de sus abuelos y al otro el Sosa, que sin saber de dónde venía la procedencia del apodo, sería una de las sorpresas del atardecer; cosas de pueblo.

Cuando era un niño solía venir con mis amigos a este lugar, aquí jugábamos a las canicas, a las chavas, a los libritos y también era uno de los múltiples campos  de fútbol de Albuñol; el Barranquillo. El algarrobo apenas medía un metro, en él no se posaban las mariposas, no anidaban los chamarines, pero era comprensible, también era un benjamín y su objetivo era crecer aguantando los envites de la naturaleza, los calores del estío, el húmedo amanecer de la sierra, los arreones de los niños jugando a su alrededor; y lo consiguió, bueno, lo conseguimos todos. Él ahora salta de los sesenta, casi igual que yo; pero ha crecido algo más que yo, sobrepasa los ocho metros de altura y en él siguen jugando los niños sin temor a su destrucción, suben y bajan por sus ramas, es robusto y preside una de las plazoletas de la población. El Barranquillo, el lugar de las “guerricas” entre niños de diferentes barrios, con arcos de mimbre y flechas de carrizo, con peñones y alguna que otra “escalabraura”, con cerbatanas de cañavera y munición de hueso de almecina. Las niñas, no muy lejos, se entretenían con otro tipo de juegos, la comba, el pillar, la rayuela con tizones de cal y al elástico; no solíamos mezclarnos en los juegos, pero nos habría gustado tanto a unas como a otros.
El Barranquillo también me trae recuerdos nada gratos, aquí, muy cerca, desapareció para siempre uno de mis amigos de toda la vida, Antonio, el amigo de todos, Antoñico “El Guapo”, como él mismo se hacía llamar; siempre recordaré en nuestros años mozos, cuando en estas fechas navideñas nos juntábamos en la plaza del pueblo para ir de casa en casa al anochecer cantando villancicos y tomando la copilla de anís, y siempre era él, “El Guapo”, el que nos guiaba y nos hacía cantar, contando una y otra vez sus archiconocidos chistes, era único e irrepetible, y así será para siempre.

Por el principio de la cuesta aparecen los dos, ya no son tan altos como los recordaba, pero sus facciones son las mismas, con algunas arrugas de más. Al llegar nos saludamos y se sientan a  mi lado, vienen bien abrigados aunque el día está siendo muy generoso y la temperatura es agradable, pero ellos saben que no se pueden descuidar. A mí me recuerdan, sobre todo cuando les hablo de mis padres, son casi de la misma edad, sólo les falta uno para llegar a los noventa; lo primero que me dicen es el porqué de la entrevista, que quién me ha dicho que hable con ellos, no entienden el valor que le estoy dando a lo que fue su profesión de arriero, son gente sencilla, son sabios.

Me sorprende con la facilidad que recuerdan todo, el uno se apoya en el otro y van sacando una y otra anécdota que les provoca más de una risa. José me dice que él tuvo más suerte que su amigo, de niño su tío se lo llevó para que aprendiera el oficio y sacara unas perras que bien le vendrían a la familia, iban en su mulo recorriendo esos caminos; pero también me insinúa que Juan, que empezó a su misma edad, tuvo unos inicios muy duros, y termina la parrafada comentando que para ese trabajo tenías que servir, que era muy sacrificado y en demasiadas ocasiones poco gratificante.

Juan, que acaba de escuchar a su amigo, se ríe, y asintiendo con la cabeza me cuenta sus inicios. De muy joven tuvo que buscarse la vida, y no sabe cómo, pensó en comprar sosa para venderla en otros pueblos y cortijos de la zona; él no tenía para comprar una bestia, así que se agenció un serón y cargado con él a cuestas, y con su mercancía, recorría a pie todos esos lugares que él creía que vendería su producto, y como siempre, al vaciarse el serón volvía para Albuñol. Esta es la causa por la que desde entonces le pusieron de mote, el Sosa.

Estos mercaderes camineros siguieron una vida paralela, en más de una oportunidad se encontraron por las sendas que les marcaba su mercadería; cuando Juan consiguió dinero suficiente se compró un burro y, como dice él, “entonces sí que disfruté de mi trabajo”. Recorrieron las comarcas de la Contraviesa, la Alpujarra Alta, el Valle de Lecrín, y hasta el Marquesado; José me dice que para llegar a Guadix echaban más de dos días de camino, y todavía les quedaba volver; sonriendo irónicamente me comenta que a veces le dicen por la calle algún que otro conocido que, “hoy he ido andando a la fuente de la Teja”, se ríe y repite: a la Teja, pues bueno.

En verano, al atardecer preparaban el género: hortalizas, frutas, mantecas, jabón, tocino, que junto con el pescado seco “encañao”, era lo que más les duraba, no era perecedero, por lo que podían echar más cantidad; al oscurecer iniciaban la ruta hacia las alpujarras, en esta época del año debían aprovechar la nocturnidad para moverse, ya que los productos se podían estropear. Al amanecer llegaban a Cádiar, por el Haza del Lino o por la Venta del Empalme, allí vendían los “puñaicos” que podían en las tiendecillas o intercambiaban mercancías, para seguir su camino hacia Lanteira por el puerto del Lobo y de allí seguían el camino hacia Guadix. Al llegar terminaban de despachar lo que les quedaba y buscaban en la estación del ferrocarril al “correor”, que le tenía preparado otro producto para vender en el viaje de vuelta, y así un día tras otro. Recuerdan haber pasado por pueblos como Trevélez, donde se vendía mucho la sal y el pescado seco, Talará, Jérez del Marquesado, Polopos, Rubite, Sorvilán, Laroles, y un largo etcétera que no tendría fin.

Les insisto en que me comenten cómo era el día a día, la comida, las estancias en los pueblos, las anécdotas del camino, pero casi de forma simultánea me vuelven a decir que era mala vida, demasiado dura. La manduca era siempre lo mismo, en las alforjas llevaban engañifas y pan, acompañándolas con vino, solo cuando tuvieron una edad; aquí la dieta equilibrada y baja en grasas no se estilaba, en ese momento pienso: dieta, deporte, ocio; palabras inexistentes en aquella época, no por desconocimiento, sino por una vida completa, rigurosa, activa donde lo que ingerían, por muy calórico que fuera, era consumido en cuestión de horas, y así toda aquella existencia; y lo más sorprendente, que ellos, no yo, ellos, van a cumplir noventa años de edad.  Pero algo que de nuevo me lleva al asombro es que aquellos arrieros, los mayores y los zagalones, todos, al llegar a las fondas o ventas del camino, lo primero que hacían era ponerle la comida a sus bestias, para después cenar de nuevo las mismas viandas, y por último preparar su alcoba, en la misma cuadra, con los mulos, estiraban y recomponían el aparejo y se tumbaban en él a dormir con la cabeza sobre el vientre del animal.

La tarde se está cerrando, el sol hace ya que se escondió por el Cerro del Gato, una tarabilla y un mosquitero se persiguen por entre las ramas del algarrobo, en la lejanía por encima de las Yeseras se escucha el “guarreo” de un zorro marcando su territorio, se lo indico expresivamente mientras ellos me siguen contando.

Este trabajo también tenía clases, los más pudientes llevaban los carros tirados por una recua de mulos; la mayoría llevaban mulos sueltos, a veces hasta tres y cuatro, y por último los que utilizaban  burros. Nosotros también teníamos momentos de entretenimiento, a veces coincidíamos con las fiestas patronales de los pueblos, o con la ferias de ganado; cuando íbamos a los bailes estábamos bien vistos por las comadres, nos consideraban bien, ya que poseíamos una de esas bestias y también manejábamos “perragordas”. Iba contando José.

Los mulos que utilizábamos para pasar esos caminos de Dios eran los Castellanos, por su  fortaleza y resistencia, mientras que para las labores del campo la raza era la del mulo Romo. Más de una vez, cuando muy joven, la noche se hacía muy pesada, por lo que mi tío me decía que me cogiera a la cola de la bestia y yo, muerto de sueño, llegaba a dormirme andando y cogido a dicha cola, llevando el camino el mulo sin equivocarse gracias a su facilidad para ver perfectamente de noche. También a veces durante el camino me tumbaba en el lomo del animal con las piernas cerca del pescuezo y la cabeza cerca de los cuartos traseros, al dormirme se me caía la bilbaína sin darme cuenta, al despertarme se lo decía a mi tío y él se reía, me decía que de esa forma aprendería a no dormitar en esas difíciles posturas. Siguió diciendo José.

En un momento de la conversación quise que me contasen algunas experiencias con el estraperlo, pero con un gesto delatador prefirieron no hablar mucho de ello, aunque asintieron afirmando que sí había, que a veces la Guardia Civil los paraba a los arrieros para comprobar la carga, si era aceite lo requisaban y los reprimían; una de las veces viniendo de Órgiva, en la venta de la Marrana, una pareja de Civiles nos dieron el alto y nos registraron, viendo que llevábamos jabón quisieron comprárnoslo, pero nosotros se lo regalamos aunque no querían en un principio recibir el presente. Nosotros teníamos que estar a bien con ellos, por lo que de vez en cuando los tratábamos generosamente.

Los arrieros nunca iban por caminos poco transitados, evitaban así los asaltos de los bandoleros de aquellos duros tiempos y el peligro de no poder ser socorrido ante un contratiempo. Cuando nos encontrábamos en el camino con algún compañero de trajines le preguntábamos: “Illo, ¿de onde vienes?”, y se solía contestar: “¡Ya te enterarás!”; las buenas rutas comerciales no se contaban, ya que todos iban buscando lo mismo, vender y conseguir el mayor número de reales para la familia que esperaba en el pueblo.

Anocheciendo ya, a punto de irnos, les pregunté a los sabios qué tipo de vestimenta utilizaban, su contestación fue unánime: siempre la misma, unos calzones cortos y una camisa en verano y unos largos de pana y un abrigo sobre la camisa en invierno, utilizando de calzado babuchas de tela, de cuerda de esparto y de cáñamo.

Para terminar, Juan alzó la voz y dijo mirando hacia el mar en el horizonte: parece que fue ayer cuando subía por esa rambla con mi serón a cuestas, con el “pescao” seco recién “comprao” en La Rábita, buscando el mercadeo en el pueblo; no siempre cualquier tiempo “pasao” fue mejor.

Allí van, Juan y José, José y Juan, los últimos arrieros; sus andares ya no tan ligeros pero son los mismos que recorrieron una y otra vez estos caminos, estas carigüelas, para servir a los nativos de estas tierras, a nuestros padres, a nuestras madres; se marchan no sin antes desearme unas felices navidades, yo se las devuelvo con todo el placer del mundo y desparecen por la esquina; mi corazón se aprisiona, ellos ya han cumplido, nosotros también lo haremos.

Fuentes: José Martín Viñolo y Juan Arráez; los arrieros.
Autor: Lisardo Domingo

"La Guerra en los Cortijos"



Aunque nos pese, la Guerra Civil Española fue uno de los acontecimientos históricos más vergonzosos que se han producido en nuestro país. El sacarlo a la luz en el bloque de “Historias y Leyendas de la Contraviesa”, no tiene otro objeto que recordar a nuestros lectores más jóvenes a lo que puede llevar la violencia más extrema por desavenencias ideológicas y políticas. Ciudades, pueblos, familias, fueron destrozadas socialmente, y durante esos tres años y la posguerra se produjo un distanciamiento y un odio que separó a vecinos, amigos e incluso a hermanos.
Como con cualquier otra historia que descubra en nuestra Sierra, seré lo más objetivo posible, trascribiendo de forma precisa la información recibida por la fuente histórica. En el caso de esta trama, las propias familias del que escribe estuvieron divididas en bandos opuestos, simpatizando la familia de mi padre con el bando “nacional” y la de mi madre con el bando “republicano”.
Procesión en Albuñol


“Los leños embravecidos por la humedad del campo chisporrotean en la pequeña chimenea, creando una agradable calidez en el ambiente de la alcoba. Estamos retrepados sobre las mecedoras percibiendo los diminutos copos de nieve que casi no se atreven a caer. Esto es muy habitual en Mágina, mis padres no lo habían vivido nunca en su dilatada vida, pero sin embargo, me sorprende cuando él apunta que le trae este ambiente algunos recuerdos de su niñez. Yo le pregunto, y él comienza a relatar algo que sin lugar a dudas no es fácil de evocar.
Cuando se inició la “Guerra” él tenía sólo siete años, era una familia tradicional, de cuatro hijos, que vivía en el mismo pueblo de Albuñol. El pueblo estaba tomado, al igual que toda Granada, por los republicanos, lo que hacía más difícil la vida para aquellos cuya ideología política era opuesta a la “oficial” local. En la Casa de las Margaritas estaba instalado el cuartel militar, al lado de la iglesia, prácticamente en el centro de la población. Fueron pasando los días y la confrontación era cada vez más manifiesta y peligrosa, no se podía salir de noche a la calle, había racionamiento para conseguir los alimentos básicos, los niños ya no podían asistir a la escuela, los cántaros sobre la fuente con las mujeres esperando turno era el único momento afable permitido y las inquisidoras miradas entre los propios vecinos eran inevitablemente estremecedoras.
El puente Aldahayar, al fondo la sierra


Pronto su familia empezó a ser acosada, por lo que su padre, que regentaba la farmacia, decidió que él, su hijo menor, debería estar lejos de ese ambiente de extremada peligrosidad. Un día vino al pueblo uno de sus mejores amigos, Antonio Soto, que era el dueño de uno de los cortijos situados al norte de la población, Los Morenos. En una conversación en su casa le pidió a su amigo que se llevara durante un tiempo a Lisardo a su cortijo, porque tenía miedo de que sufriera algún daño viviendo en Albuñol. Antonio, como era de esperar, no puso ninguna pega y le comunicó que en unos días vendría a por él. Esa misma noche tocaron a la puerta de la familia Domingo, eran dos militares que con los fusiles en mano amedrentaron a toda la parentela. Al pequeño Lisardo lo subieron en la silla de madera y exclamaron: ¡Qué hacemos con éste!; fue un momento tenso en el que su madre, Deogracias, saltó de forma espontánea a recoger en sus brazos a su asustado hijito. Después de unos minutos de silencio en el que los guardias se dedicaron a registrar las habitaciones buscando no se sabe qué, decidieron irse sin más.
Pasaron unos días, la tensión iba creciendo por momentos, a su hermano Pepe se lo llevaron detenido al calabozo del cuartel, posteriormente lo tendrían recluido durante un año en la cárcel de Almería.
Una fría tarde de enero de 1937 aparecieron por su casa Antonio y su hijo Ricardo con dos grandes mulos, venían para recoger a Lisardo que, a regañadientes, fue despidiéndose de su familia. Salieron a la plaza, y a la grupa del mulo de Ricardo cogieron el camino hacia los cortijos.
Fuente de la plaza de Albuñol


El adiós había sido apresurado, no debían ser vistos por los militares, así que sin perder tiempo y con los mulos cargados iniciaron el camino hacia el puente Aldahayar, allí, tras una leve mirada atrás el niño soltó unas lágrimas, no sabía cuándo volvería a ver a su familia.
Subiendo por el camino de las minas se dirigieron a la sierra, en poco menos de dos horas divisaban la entrada del cortijo, era un lugar desconocido para el niño, pero pronto sería su hábitat natural. Al llegar a la casa observó que en el porche de la puerta había varios cerdos husmeando, al bajarse del mulo los animales huyeron con aparente descontrol. La madre de Ricardo se acercó a él y le hizo una afable caricia, eso lo tranquilizó y cogido de la mano de la señora entró en la vivienda, la temperatura era muy agradable, fuera en el camino, el frío había hecho mella en él, así que se acercó a esa chimenea gigantesca que tenían en el comedor y que él nunca había visto en una casa, ya que la temperatura del pueblo hacía innecesaria la utilización de estos ingenios”. Este fue el hecho que le hizo recordar a mi padre la historia vivida en su infancia cuando estábamos sentados al calor de la lumbre en el Cortijo del Lince en Sierra Mágina.
“Al llegar la noche conoció al resto de su familia adoptiva, además de Ricardo estaban sus tres hermanas, todas mozas ya, y que enseguida supieron hacer más agradable la vida del pequeño Lisardo. En una de las habitaciones de las hermanas mayores fue donde dormiría a partir de entonces, en la misma cama y sin ningún rubor. Esa noche cenaron todos juntos, como siempre, pero la compañía del niño del pueblo hizo que hubiera algo más de algarabía, ya que le preguntaban diversas curiosidades y él contestaba si ninguna vergüenza, no tardaron mucho en hacer creer a Lisardo que ése sería su nuevo hogar.
Los días fueron pasando lentamente, él fue aprendiendo las labores del campo, y aunque era muy joven le empezaron a dar responsabilidades varias. La que más le gustaba era cuando después de las tareas campesinas Antonio llegaba con los mulos y los descargaba, era el momento de darles agua, y como la fuente estaba un poco lejana había que llevarlos hasta allí, entonces era cuando el niño cogía las riendas de uno de ellos y los llevaba hasta la fuente del cortijo de los Corros. Recuerda que en más de una ocasión llegó a ir subido en el mulo por esos tortuosos caminos de arrieros. En uno de esos momentos en que se acercaba a la fuente con las bestias, en un cortijo cercano apareció una “vieja” que le causó estupor y miedo, se volvió de inmediato al cortijo y se lo comento a Ricardo, éste, como niño que también era, le contó una historia de miedo que no olvidó nunca, aunque para convertirse en un cortijero auténtico tuvo que lidiar con la pobre señora que jamás le dirigió una palabra en las otras muchas ocasiones que la encontró en su equina tarea diaria.
El Calvario


No tardó mucho en descubrir lo bien que se vivía en ese cortijo, y posiblemente en todos los de alrededor. No les faltaba de nada, todo era abundancia, pero el trabajo era de sol a sol. En invierno estaba la matanza, aquellos marranos que conoció a su llegada serían los que alimentarían a toda la familia durante el año. Eran días de fiesta, aunque las noticias de la guerra entristecían a todos. Estando allí, en una de las bajadas de Antonio al pueblo, éste llegó con una noticia aterradora para el niño, se habían llevado a la cárcel de Baza a varios hombres del pueblo, entre ellos a su padre y a su tío Lorenzo. Estas crónicas lo dejaban aturdido y con pocos ánimos, pero él sabía que debía resistir, ya que con el tiempo todo debería pasar y él se convertiría en un hombre.
Las viandas en el cortijo eran esplendorosas, a veces se hacían en el mismo campo, pero otras se juntaban en la casa para catar aquellas pipirranas hechas con las hortalizas recién traídas por él de la huerta, aquellos pucheros que si te descuidabas costaba sacar la cuchara del propio plato por la cantidad de sustancia, o aquellas migas, que era el plato más apetecido por todos, que se colocaban en la misma sartén en el centro de la mesa para que el desgaste del duro trabajo se viera saciado en no muchos minutos.
Uno de los quehaceres que él asumió durante toda su estancia en el cortijo fue el surtir de leche y huevos a los trabajadores durante la mayoría de los días. En una ocasión, cuando ya estaba acostumbrado se acercó al corral donde estaban las cabras y las gallinas, primero recogía la leche en una cántara, y después abría el habitáculo del gallinero para coger los huevos frescos. Cuando iba a realizar la tarea como de costumbre, dejó la cántara llena de leche en el rincón habitual, al sacar uno de los huevos el gallo se tiró a por él, haciéndole correr despavorido tropezando con la cántara, que se derramó liando un gran revuelo en el cobertizo. Al llegar de nuevo a la casa pensó que sería recibido con una gran regañera, pero cuando lo contó ellos sonrieron y no le dieron importancia, la despensa estaba llena de otros muchos víveres.
Sin lugar a dudas lo que más le gustó de las tareas de campo fue la época de la recogida de los cereales, sobre todo cuando llevaban el producto a la era, allí se juntaban los habitantes de todos los cortijos de alrededor, echaban el trigo o el centeno a la era por turnos, y con la yunta de mulos se ponían a trillar. Al finalizar aventaban el cereal y dividían la paja del grano, por último cada lugareño se llevaba el producto según lo que había aportado. Esto que se cuenta con tanta celeridad, suponía varias semanas de trabajo y juerga, ya que de forma simultánea los hombres y las mujeres que traían la comida se enzarzaban en debates, discusiones y bromas que hacían de ese tiempo el momento más deseado del día por el pequeño Lisardo.
Camino a la Plaza


Los meses pasaron, estuvo cerca de un año viviendo con esta maravillosa familia, en ninguna ocasión bajó al pueblo, no se fiaban de lo que pudiera ocurrir. Pero el “frente” se tranquilizó, entonces sus padres lo mandaron llamar y en uno de los viajes de Ricardo a la villa lo acompañó subido detrás de él. Bajando el barranco miró hacia atrás, la misma sensación que tuvo al irse de su familia verdadera le sobrevino en ese momento, la pena y el ahogo estuvo presente en él durante todo el trayecto, pero sabía que allí había dejado a unos más que amigos, que serían para siempre, y que para siempre los tuvo y sigue teniendo en el corazón.

Ahora es un poco mayor, en la plaza no solo están las cantareras, también hay niños jugando, reconoce a varios de ellos, los niños lo miran. ¿De dónde vendrá Lisardo? Un fuerte abrazo con sus padres le hace recordar que el sueño siempre será pasajero”.

A mis hermanos Sonia e Ignacio, a mi preciosa mamá y por supuesto a mi querido papá, que desde allí arriba habrá hecho relucir una nueva estrella.

Fuente histórica: Lisardo Domingo Carretero. Albuñol.
Autor: Lisardo Domingo Blanco

Almezoviejo: Semblanzas de un Maestro, de un Brutamonte

 ***Se encuentra en proceso. Pronto lo publicaré

Se trata de las andanzas d este maestro de Educación Física que basó sus enseñanzas en la vida silvestre.


¿Qué es un Baño de Bosque (Shinrin-Yoku)?

Es una terapia forestal para la salud mental y física, volver a ser silvestres, salvajes, volver al paleolítico. Consiste en utilizar todos los recursos de la naturaleza para realizar caminatas disfrutando desde una sesión de yoga hasta la observación de la flora silvestre. Es dejar que la naturaleza entre en nuestro cuerpo a través de los cinco sentidos: olfato, gusto, oído, tacto y vista.

Acciones durante el Baño:

-Paseos relajantes.

-Senderos “Plantaárboles”.


-Respeto y silencio en varios momentos del paseo.

-Escuchas del viento, de las plantas, de los animales.

-Observación de vegetación, sus efectos sobre la salud y la alimentación.

-Identificar y clasificar los árboles y arbustos emblemáticos del entorno.

-Olores de las plantas, de la tierra…

-Cata de diversas plantas.

-Recolección de plantas aromáticas: salvia, tomillo, ajedrea, mejorana, romero y santolina…

-Contacto con la vegetación, las hojas, el tallo, la flor… los hongos, los líquenes, los musgos…

-Interacción con los árboles, trepa, abrazo…

-Lecturas bajo un árbol.


-Observación y rastreo de la fauna.

-Olores de las zonas de animales, rascaderos, guaridas, plumas, excrementos, sendas…

-Contacto con los animales, captura y suelta, caricias…

-Técnicas de supervivencia.

-Estudio de los componentes geológicos del entorno.

-Paseos nocturnos descubriendo el cielo estelar.

-Técnicas de relajación.

Metodología

1-Sacudirse el estrés cotidiano mediante gestos o palmadas o golpes en el pecho.

2-Abrazar al primer árbol que encontremos, como gratitud por todo lo que nos dan.

3-Con los ojos cerrados experimentar con los sentidos del tacto, gusto, oído y olfato. A continuación abrir los ojos y observar de nuevo el paisaje para reinterpretarlo.

4-Observar el movimiento de lo que nos rodea, parar para descubrir nuevos movimientos, el aire, los animales, descubrir quiénes nos rodean.


5-Caminar de manera muy silenciosa, que casi no se escuchen los pasos, cuando haya algún movimiento o sonido, parar y buscarlo, interpretarlo.

6-Observar lo muy  cercano, algo pequeño, animal o cualquier otro componente de la naturaleza, mirarlo durante cinco minutos y observar detenidamente sus características, aprender de él.

7-Escuchar como una montés, utilizar las manos para llevarlas a las orejas y amplificar el sonido del campo, descubrir qué es.

8-Olfatear como un jabalí las diferentes plantas, estar en contacto con ellas y volver a olerlas, pensar en los recuerdos que nos traen.

9-Regalar al bosque una creación propia con los materiales que nos aporta, piedras, ramas, hojas o cualquier recurso natural, y dejarlo en el rincón que nos apetezca. Adoptar un árbol, regalándole una creación personal  ya elaborada en casa, una pintura, un escultura de madera pequeña, y dejarlo colgado de alguna forma en dicho árbol.

10-Despedirse del bosque reflexionando lo que más nos ha gustado, lo que nos ha aportado y lo que podemos hacer para mejorarlo.

Efectos positivos para la Salud

-Reduce la morbilidad, la mortalidad, el estrés, la ansiedad, la obesidad, el insomnio y la diabetes. Mejora el  sistema inmunitario y reduce el estado de ánimo depresivo, controlando la agresividad y la irritabilidad, previene problemas cardiovasculares, mejora la concentración, la imaginación y la sociabilidad.


-Acciones a realizar: Utilizar móvil, facebook, diarios solo media hora al día, por la noche después de comer. Antes de dormir, diez minutos de meditación, respiración (qué he hecho hoy  para hacer feliz a alguien, qué han hecho hoy por mí, qué he aprendido hoy). Telediario sólo al mediodía. Acostarse siempre a las once y media pero leyendo. Comidas siempre en compañía. Alimentación del Cazador (la que yo llamo la comida de la mente en la que ingerimos aquello que no tiene por qué ser saludable, pero nos resulta exquisita) sólo sábado y domingo. Dos litros de agua al día. Realizar de vez en cuando micro ayunos sin cenar varios días seguidos. No a alimentos procesados. Reducir el pan en comidas y sólo integral

"Raíces del Espíritu de la Naturaleza"



Sistema  de vida basado en las formas de sobrevivir de nuestros antepasados, como un bicho más de la naturaleza; dividido en estos diez principios que realmente sólo son uno: “sé feliz y haz felices a los demás”.

1.       Bondad (actitud de meditación a desarrollar en todos los momentos de nuestra vida, personas desconocidas, personas dañinas, amigos, familia, animales y plantas).

2.       Respeto al Prójimo (escuchándolo, comprendiéndolo, y si no es así tratándolo con humildad).

3.       Esfuerzo (lucha constante por conseguir los retos que nos marca la vida, sin decaimiento, pensando siempre en el presente, en el momento, ya que el pasado no está y el futuro llegará).

4.       Baños de Bosque (terapia para volver a ser salvajes, naturales; es dejar que la naturaleza entre en nuestro cuerpo a través de los cinco sentidos).

5.       Sonidos  Relajantes (música clásica, de relax, de sonidos de la naturaleza, que simule el ambiente natural, el del campo).

6.       Alimentación Mediterránea (nutrición como nuestros ancestros).

7.       Ritual de  Supervivencia (actividad física en la naturaleza aprovechando todos sus recursos).

8.       Suiseki (búsqueda de la calma y relajación a través de la observación de las piedras, encontrando la similitud con paisajes, personas, animales o cosas diferentes.

9.       Ephímera (técnica de relajación manteniendo las piedras en equilibrio y armonía, encontrando la serenidad  emocional en la calma de las piedras, aportando meditación y sabiduría, buscando la fraternidad  con la naturaleza).

10.   Yoga (ciencia milenaria basada en cinco pilares: relajación, respiración, ejercicio físico, alimentación y meditación).

Raíces de Brutamonte

 


Con este nuevo apartado del blog, quiero dar un paso adelante más para la mejora de nuestro Planeta. Para ello me gustaría incentivar a cualquier persona de cualquier edad a entender que aunque no lo creamos seguimos siendo un ser vivo más de la naturaleza, un bicho más. Comprendiendo que hemos sido beneficiados por esta al otorgarnos la evolución la vitola de “inteligentes”, algo que a nosotros sin lugar a dudas nos ha beneficiado como especie, pero a su vez, algo que podría parecer incongruente, ha dañado gravemente a nuestra morada, a nuestra casa: la Naturaleza.

Estamos hartos de ver y escuchar cómo el nuevo mundo se preocupa por las repercusiones que están teniendo nuestras acciones como humanos en la Tierra: congresos mundiales, ecologismo, nuevas ciencias universitarias,  contenidos ambientales en los programas de enseñanza… Algo que no parece estar teniendo un efecto positivo para nadie. Lo que parece más certero es que estamos en un periodo de calentamiento entre glaciaciones normal, que siempre ha ocurrido en nuestro planeta, pero que se está produciendo el cambio muchísimo más rápido y peligroso de lo debido a raíz  de nuestras actuaciones en estos últimos siglos.

Una vez dicho esto, y que parece que la mayoría de los humanos estamos de acuerdo, se me ha ocurrido que debo influenciar positivamente en la gente que me rodea; y qué mejor forma de hacerlo que volviendo a nuestros inicios, al principio casi de nuestra existencia, a nuestras “Raíces”; reconociendo que la naturaleza es nuestra casa, que convivimos como iguales con los seres vivos que la pueblan, que debemos coger de ella lo que necesitemos sin esquilmar a los débiles y que debemos aprovechar nuestra evolucionada mente para mejorar esa convivencia.

Después de tantas experiencias en este mundo silvestre, creo que la mejor manera de apreciar a nuestra madre y cobijo es conocerla mucho mejor, es introducirse en ella, aprender de ella; quién vive, cómo vive, qué plantas nos pueden ayudar a subsistir, cómo podemos interactuar con ella. Por todo ello y esperando que el tiempo y la salud me acompañe, realizaré salidas montanas a cualquiera de las regiones naturales a las que me pueda desplazar, posiblemente serán únicamente por España, en las que experimentaré convivencias solo o con aquellos que les apetezca acompañarme con acciones que estarán centradas en:

·         Respeto y conocimiento del entorno

·         Adquisición de hábitos animales

·         Erudición de las características de la fauna, flora y vegetación

·         Experimentación de técnicas de supervivencia

·         Fortalecimiento de la salud teniendo en cuenta los pilares de la misma: Movimiento; Alimentación;  Relajación y Descanso; Higiene Postural; y Socialización.

…porque la única manera, o la mejor, de querer a algo o a alguien es conocerla (la Naturaleza).


"Si la Esencia de la Naturaleza desapareciera para siempre"

 

Pertenecemos a ella, somos parte de ella, estar cerca nos produce sensaciones inigualables, esos sentidos se encienden produciendo un Baño de Bosque… Y si ocurriera que se va, que nos vamos, o nos quedamos solos. Todo esto quedaría en nuestra mente, y más tarde en el olvido:


·         El crujir del fuego bermejo, azulado, sobre la eterna roca cuando el sol se pone por el horizonte marino.

·         Las fragancias de sus diminutas plántulas que embriagan los bosques planetarios: romeros, tomillos, salvias, ajedreas, lavandas, hierbabuenas…

·         El ulular de la abubilla sobre la atalaya silvestre esperando reacción femenina con su tez bailando al son de su melodía.

·         La chepa del buitre leonado sobre el tajo avistando a sus congéneres en la lejanía aérea para saltar en el instante que ellos se lanzan a por la manduca.

·         El inquieto deambular de la garduña en el boscaje nocturno.

·         La matutina costumbre del lagarto ocelado paralizado al sol con su atractiva iridiscencia.

·         El persistente chapoteo del caño de teja en el manantial de la sierra.

·         La primavera noctámbula marcando la competencia entre la bóveda celestial de la constelación de Orión y las luminiscentes luciérnagas.

·         El robusto roble con su marcescente hojarasca luchando por mantener su territorio ancestral con la añosa encina.

·         El ondulado pase estival de los delfines mulares surcando el mar de Alborán.

·         El pulular de las incansables abejas sobre las minúsculas florecillas.


·         El crepuscular canto del mirlo sólo mitigado cuando amanece y rebusca entre las tierras sus preciadas lombrices.

·         El aullido del alfa lobo al anochecer desde su fortaleza pétrea produciendo quebranto.

·         La Persecución consentida del macho montés olisqueando las partes nobles de la hembra.

·         La hechicería del torcecuello convertido de ave a sierpe.

·         El eterno río serpenteando entre sauces, fresnos y chopos.

·         La inquieta ardilla chillando ante un peligro a su vez que brinca de pino en pino para perder a su predador.

·         El abejaruco del paraíso con su melodía metálica en los cielos.

·         La golondrina dáurica dando continuos portes de barro desde las acequias hasta construir el nido con su entrada tubular.

·         El polícromo granado pasando de la calvicie marronácea invernal hasta la metamorfosis sus hojas rojizas al emerger, verdes al crecer y amarillas al perecer.

·         El salto nocturno de los peces voladores a estribor de la navegante piragua.

·         El crepitar de las olas sobre los arrecifes marinos.


·         El sabor de un voluptuoso caqui recién cogido del árbol.

·         La resurrección primaveral de la osa recriminando a los oseznos por sus dispersos paseos.

·         La mirada de la víbora emergiendo su cuerpo ante el peligro siseando para avisar de su poder.

·         El paso mimético y silencioso del búho real por la estrecha angostura.

·         El afilado cuchillo resquebrajando el viejo tronco para alimentar con sus larvas al hambriento superviviente.

·         El lince guiando a sus pequeños entre los lentiscos con el reducido rabo emergido y abanderado.

·         El caminar seguro del mirlo acuático buceando y andando sobre las sumergidas rocallas.

·         El perenne madroño aunando a principios de otoño sus globosas florecillas con sus frutos amarillentos y algunos bermellones.

·         Los  machos de sapillos corredores que al llegar la noche húmeda primaveral atraen a las hembras con su croar constante inflando los sacos bucales trompeteros.

·         La magia de los ciervos machos perdiendo las cuernas en los meses primaverales año tras año, para volver a ramificarlos creciendo aún más al llegar el estío.


·         El trino de las aves cánoras luchando por su territorio y por su hembra: jilgueros, verdecillos, verderones, pinzones, pardillos…

·         La brujería de las mariposas transformándose de huevo a larva, a oruga, a crisálida, para finalizar el ciclo volviendo de nuevo al estado de atractiva mariposa.

·         La majestuosa águila real surcando los cielos provocando entre ratoncillos, conejos y zorros la necesaria espantada terrenal.

·         La inigualable sonrisa del niño cuando juega en las plazas de los pueblos…

 


… Nuestras próximas generaciones no nos lo perdonarían jamás.