Contenidos

"Crónicas de un Pueblo Serreño a finales del siglo XIX"



La Navidad acaba de dejar paso a un invierno gélido, los retorcidos almendros sobresalen del paisaje marcando una luz blanquecina con su deslumbrante floración, penetro en el valle acompañado de otros nuevos visitantes que charlan pausadamente dentro del ruidoso coche. El arroyo suena, eso es buena señal, ha debido llover durante esta época, lo que hará del campo un oasis de frutos y productos derivados de la anterior siembra, manteniendo a los pobladores satisfechos por sus tareas tradicionales y fructíferas.


Entrada al pueblo
Paramos en la plaza del pueblo, al bajar, allí me está esperando mi buen amigo Rafael, es ya un maestro experimentado, de niños jugábamos en las calles de nuestro pueblecito Bedmar pero pronto se fue al seminario de Jaén para labrarse su porvenir. De adolescentes nos escribíamos cartas y cuando él terminó su carrera vino a verme en varias ocasiones al pueblo, éramos excelentes amigos, pero la vida nos llevó por caminos diferentes, ya que yo seguí con las tareas de labranza mientras él fue destinado, nada más terminar, a un cortijo de la Sierra de la Contraviesa llamado La Ermita.

El coche de pasajeros

La Taberna
Y aquí estoy, después de muchos años nos pusimos en contacto y me invitó a conocer esta tierra andaluza, y por supuesto yo acepté. Está igual pero algo más mayor, lleva un traje negro y su sombrero del mismo color, ¿seguirá tan dicharachero como siempre? Al acercarnos nos miramos y con los ojos cristalinos nos damos un abrazo a conciencia, han pasado más de treinta años, pero nuestro aprecio seguro que se ha incrementado. Después de preguntarme por la familia me lleva a su morada, está casado con Carlota, una serreña de esta población, y tiene tres hijos de doce, diez y nueve años de edad. La noche es cerrada, y es el momento de cenar, en un instante me sube a la habitación y sin mediar palabra nos bajamos a la mesa con la familia, son encantadores, charlatanes, sencillos, los niños no paran de mirarme, no en vano sospechan que ese señor nuevo ha debido de pasar grandes aventuras con su rudo padre, y no dejan de preguntarme, yo , claro está, sólo puedo decirles lo correcto, nuestras correrías infantiles podrían dejar mal parado la estima hacia su progenitor, ya que con esas edades todos hemos pasado por situaciones que ahora la experiencia nos ha hecho enderezar.

Casa del boticario
Sólo voy a estar unos días con ellos, pero mi intención es conocer los entresijos y costumbres de esta comarca, así que después de tomarnos la humeante infusión de manzanilla empezamos a organizar lo que serán unas jornadas inolvidables, en ese instante recuerda algo y de repente salta de la mesa, ¡debemos irnos, me están esperando!, dice como si algo importante tuviera que hacer.

La Botica
No sé donde me lleva, pero con un andar endiablado me comenta que se “le ha ido el santo al cielo”, que algunas noches tiene una partida de cartas con sus amigos en casa del boticario, y que en esta ocasión la satisfacción de tenerme aquí le ha hecho olvidar algo tan transcendental. Llegamos con retraso, pero ellos lo están esperando, se sorprenden al verme, pero pronto me aceptan como uno más del grupo. Son los poderes fácticos del pueblo, el cura, el boticario, el sargento de la Guardia Civil y por supuesto él, el cultivado maestro. Me enseña la fastuosa casa, nada que ver con la de mi anfitrión, la botica es muy antigua, espaciosa y repleta de fármacos dentro de sus correspondientes cuencos de cerámica. Esto me sorprende, ya que el pueblo es pequeño y me parece excesivo la cantidad de producto sanador, pero él, enorgulleciéndose, me aclara que es la única botica del sur de la comarca, por lo que le hace tener una gran variedad y sobre todo cantidad, ya que es amplia la población que abastece, siendo además la época más fría del año, por lo que serán más necesarios sus remedios curativos. Es el momento de disfrutar de una velada al lado de la gran chimenea y con unas barajas que se entremezclan con los necesarios vasos de vino.

El Dormitorio de huéspedes
Volvemos a casa, el día ha sido muy atareado, primero ocho horas de camino, después la inusitada alegría que me ha supuesto volver a ver a mi gran amigo, y por último el tremendo vino que me ha dejado balbuceante. Por fin en el camastro, me hundo sobre la lana y casi sin desvestirme caigo en el sueño más profundo.

Acaba de salir el Sol, Rafael no me ha llamado, él ha tenido que desplazarse hasta una pequeña aldea donde tiene su Escuela Nacional. En la puerta arriba de la casa se oyen hablar varias personas, al llegar yo me saludan, es Carlota y un pastor, está ordeñando la cabra que esta mañana saciará nuestro apetito matutino. En el desayuno la señora me recomienda que visite una serie de lugares del pueblo, yo le hago caso y al terminar emprendo la marcha.

La Fuente de la Plaza
Al salir a la puerta encuentro una plaza ajetreada, un grupo de mujeres hacen cola para llenar sus recipientes de arcilla, colocan los pipotes y cántaros en una fila perfecta, y van llenando cuando les llega el momento. Otro corro de mujeres se reúnen al lado de la misma fuente para restregar de forma paciente y constante las vestimentas sobre los poyetes de los lavaderos, el jabón desgastado se reparte entre todas ellas, allí quedará para la próxima jornada.Al acercarme a ellas se produce un silencio extraño, me saludan y yo sigo mi recorrido. La plaza está empedrada, por lo que veo pocas calles más lo están. La tierra apelmazada por le caminar del paseante conforma la mayoría de las calzadas, al subir en busca de la zapatería un zagalón subido en su burro me llama la atención, debe pasar por allí y va cargado, debo apartarme y dejar su camino expedito. Al llegar a Eloy, el maestro zapatero, éste me invita a pasar, la habitación es pequeñísima, se encuentra todo a mano, él, sentado sobre una minúscula banqueta y sin apartar la mirada de sus punzadas sobre la suela, me cuenta algunas anécdotas ocurridas cuando, sobre todo los cortijeros que se acercan una vez a la semana al pueblo, le van narrando hechos ocurridos en esos campos de la sierra. Lo tengo que dejar, es muy afable pero mi inquietud por conocer más de este lugar me hace proseguir mi agradable caminar.
La Zapatería

No muy lejos de allí en una pequeña cuestecilla está la carpintería, dentro, el sonriente artesano, me mira y yo sin más entro en el habitáculo. Todo está lleno de serrín, él se esfuerza en hacerme comprender su trabajo, es muy joven y me dice que esta obligada afición le viene de su padre. La tarea es intensa, tiene gran cantidad de trabajo acumulado, pero me sorprende diciendo que sin prisa pero sin pausa todo llegará a su fin. Le comento lo que estoy haciendo y me aconseja una nueva ruta por las empinadas calles, allí lo dejo en su banco y con el berbiquí y el cigarrillo en la mano.

La Carpintería
Un nuevo equino se cruza en mi camino, en esta ocasión es el repartidor de pan, en un mulo lleva en sus alforjas de madera los bollos, roscas y panecillos de aceite. El olor me deslumbra, están recién hechos y sufro una fuerte atracción hacia ellos. Él va sujeto a la cola del animal para soportar la tremenda subida de la callejuela, no me da tiempo a preguntarle, pero una señora que se encuentra al Sol en la puerta de la casa me saca de dudas, la panadería está muy cerca de la iglesia, y para allá me dirijo.

El día es muy frío, y quizás por eso la tahona se encuentra con demasiada gente, no están comprando, sólo charlan, pero es comprensible, el calor que desprende el horno impregna todo el lugar. La panadera me ofrece diferentes productos, pero a mí se me van los ojos detrás de unos bollillos de aceite que al saborearlos me dejan el sabor a mi tierra jiennense, me llevo varios y vuelvo hacia la casa de donde partí esta mañana, es mediodía y mi amigo estará a punto de llegar.

Triciclos de época
En la puerta de la casa de Rafael ya están sus hijos, juegan con amigos a “Parir la Gata”, tengo que esperar a que terminen ya que el juego se realiza justo en el tranco de la puerta, deben sacar a fuerza de empujones las posaderas de sus contrincantes. En ese momento llega él, con su jaca sujeta por las riendas y andando de forma pausada les hace un gesto a los chiquillos y estos huyen hacia el interior de la casa, nos saludamos y lo acompaño a la cuadra para dejar al animal. Una vez sentados en la mesa me recuerda que por la tarde lo acompañaré a la escuela, así que almorzamos y me preparo para la corta andanza.

La tarde aunque fría es espléndida, vamos los dos subidos en el animal, y mi amigo me va explicando diferentes costumbres de los labriegos de la zona. Pasamos por pequeñas vegas llenas de hortalizas, sus amos están con la raspa agachada dejando sus propiedades como auténticos vergeles, ni una mala hierba, la acequia inundando la zona de regadío, y ellos al paso del caballo le hacen un ademán de respeto al maestro al que tantas veces acudieron en momentos de incertidumbre.

Tejedora
Hasta ahora no había podido presenciar el porte en la lejanía de este pequeño pueblecito. Subido en la grupa y esforzándome en una mirada posterior, se ve la imagen de mi novedoso lugar, está entre medias de dos pequeños valles, ambos con una constante escorrentía de agua cristalina, sobresalen sus tejados a dos aguas de teja roja, las torres de la iglesia triplican el tamaño de los hogares de alrededor.
Tiene claramente diferenciados dos barrios, uno el alto, donde al parecer viven las personas con un nivel adquisitivo algo menor, y el bajo, alrededor de la iglesia y el ayuntamiento, donde se encuentran también todos los tenderetes de los trabajos de artesanos. Se encuentra ubicado en la serranía de la Contraviesa, de espaldas a la impresionante imagen de Sierra Nevada, en su frontal se puede percibir el oleaje del cercano mar Mediterráneo, pero lo que más caracteriza a su paisaje son los olivos y encinas, que se diferencian con su colorido verde variado de las centenares de cepas peladas vinícolas y la exuberante irisación provocada por los floridos almendros rosáceos y blancos.

Escuela Nacional
Estamos llegando a la escuela, multitud de niños de diferentes edades rodean la puerta de entrada, al observarme piensan que puedo ser otro ilustrado maestro, pero pronto salen de su duda, Rafael les aclara que soy un amigo de la infancia, y que vengo a conocer este entorno y sus costumbres tan peculiares. Al entrar me coloco cerca de la mesa del docto, los alumnos se van sentando y casi sin quererlo me miran de reojo. Yo me dedico a fisgonear en sus formas, en sus atuendos, en sus palabras…, en sus miradas. La mayoría van en pantalón corto, las rodillas mezclan la roña de sus piernas con las costras de sus juegos, estamos a finales de semana y hasta el domingo no se lavarán en las blanquecinas palanganas con sus jarros de porcelana.

La Mesa del Maestro
Son cincuenta y siete niños, todos niños, porque las chicas van a otra escuela sólo para ellas, donde una maestra les presta toda la atención que se merecen. El silencio en la clase es apabullante, todos en su trabajo, prestando atención a la explicación de su educador. Las edades son diversas, pero la labor individualizada de Rafael hace que todos se sientan satisfechos. Me acerco a uno de los chicos y le pregunto algo de su vida, sobre el trabajo de sus padres, los hermanos que tiene. Él, con el respeto habitual, me da todos los detalles que puede a sus ocho años, pero en un momento dado me sorprende con la declaración del temor hacia el maestro por un tachón hecho en su pequeña pizarra, ya que el pizarrín que utilizaba en ese instante se le partió. Yo lo tranquilizo, y me viene a la mente el fuerte carácter de mi amigo, el cual lo expresa sin dudarlo en sus clases magistrales.

La Fragua
A media tarde volvemos hacia la morada, la jaca necesita reponer sus calzas, por lo que nos acercamos al llegar al pueblo a la fragua, allí el fornido herrero no tarda mucho tiempo en atendernos, saca del fuego las herraduras incandescentes y las introduce en agua, coge una por una las patas del animal y con una habilidad propia de su experiencia arremete contra la pezuña cada hierro. Una vez realizado el pago nos acercamos andando hasta la barbería, aquí están algunos de los amigos del maestro, y es el lugar donde se reúnen todas las tardes para relatar y poner a caldo a aquellos que según ellos merecen ser estimados. Al pasar un buen rato nos despedimos y nos vamos a la tienda de ultramarinos, allí nos espera su mujer, regenta este establecimiento y en la trastienda tienen una imprenta, que junto con su esposo elaboran algunos de los pasquines y panfletos que se difunden por la comarca.

La Tienda de Ultramarinos
Mientras ellos siguen con sus labores yo me siento en el banco del exterior, un grupo de niños recorren la plaza de arriba abajo, están jugando, y aunque la noche se ha echado encima a ellos no parece preocuparles, juegan con unas chavas intentando sacar de un agujero, hecho en la tierra, unas piedrecitas. No paran de luchar, discutir, saltar y reír, esto no es nuevo, es lo que hemos hecho en todas las edades de nuestra vida, es la forma que hemos tenido de marcar nuestro territorio, de establecer nuestro estatus en la sociedad, desde pequeños hemos creado un rol con nuestra personalidad, y por supuesto hemos reafirmado los lazos de amistad, esa amistad que también me hizo conocer a mi querido Rafael.

La Imprenta
Carlota se interpone entre mis observaciones, con una voz estruendosa llama a su hijo mayor, lleva en la mano un “hoyo”, es un trozo de pan al que le quitan el migajón y le echan azúcar y aceite, para después taparlo. El niño asustado se acerca y se sienta a mi lado, la madre le da la esa merienda que debería haber tomado hace algún rato, él sabe que el juego se ha terminado, se queda triste conmigo y yo le cuento algunas de mis historias, este momento le servirá para aprender que sus padres le marcan unos hábitos para que su vida sea lo más feliz posible e íntegra.

La Sastrería
Antes de la hora del cierre de las tiendas, Rafael me lleva a conocer a uno de los personajes más populares de la villa, era el sastre, el apodo era “El Novelista” ya que era un sabio de la naturaleza, y cuando alguien lo visitaba él le contaba con pelos y señales todo aquello que había aprendido en sus cacerías, desde pequeño había salido con su padre a cazar, escudriñando todos los bosques y terrenos calizos que rodeaban la localidad, así que aproveché, y mientras mi amigo se iba a casa yo estuve escuchando al sastre en cada uno de sus relatos. ¡Cuánto me hubiera gustado tener un conocido como éste!, tuve que marchar, pero cuando subía la cuesta miré para atrás, el sereno seguía mis pasos, le pregunté la razón de su insistencia, pero al observar que entraba en casa del maestro se disculpó y reanudó su protectora ruta, las llaves sobre su cintura delataban su presencia.

Los Serenos
La cena está a punto de llegar a su fin, una pena, hemos charlado de todas las facetas que durante tanto tiempo habíamos vivido cada uno por nuestro destino. El tintorro da paso al postre, unos borrachuelos acompañados de leche fresca de cabra. Esto ha sido el culmen de una cena copiosa, claro, había que dejar en el forastero una buena impresión, y bien que lo han conseguido. De inicio una esponjosa tortilla de habas del terreno, para seguir con un hirviente puchero de gallina, donde la cuchara de palo quedaba hincada entre degustación y degustación. Hoy la cocina de carbón ha tenido un alto rendimiento, sobre todo para mí.


Después de la intensa tertulia nos vamos al lecho, la bombilla de mi habitación casi no me deja ver el brasero de cáscara de almendras que me ha preparado Carlota, lo detecto por el calor que desprende, ya que sus brasas tapadas no desprenden ninguna luz. Han sido unas jornadas muy profundas, con usanzas parecidas en algunos casos a mi tierra, pero en otros con unas peculiaridades muy diferentes, cualquier rincón español podría sorprendernos gratamente con sus tradiciones. Posiblemente sea una de las últimas veces que podré viajar fuera de mi querida tierra. Los párpados se me cierran, vuelvo a sentir en la lejanía el sonar del sereno, eso siempre tranquiliza, parece que el tiempo será bueno mañana, espero disfrutar antes de mi partida de la procesión del santo patrón del pueblo…


La cocina
Se oyen los cohetes, muy temprano la banda de música recuerda a los pueblerinos que es el día de su patrón, los niños saltan de la cama de alegría, saben que hoy se pondrán sus galas y la señora madre les aportará una perragordas para gastarlas en los puestecillos de dulces que se han plantado en la plaza de la iglesia. La hija menor, que estaba asomada a la puerta de la casa, empieza a chillar, es una alimaña, acaba de salir de la cuadra. Raudos nos acercamos con unos palos de almez, el animal es una comadreja, puede haber acabado con las gallinas o con sus huevos. La tenemos prácticamente acorralada, pero en un descuido salta sobre nosotros y escapa hacia el campo cercano, esta vez se ha librado. No hubiera sido justo su caza, ya que la pobre no había sido capaz de dañar a ningún elemento del corral, así que el destino le ha dado otra oportunidad.

Se vuelve a oír la banda de música, ya llega por la calle Real, asomados al balcón y todos engalanados vemos como pausadamente pasa y se para la procesión del santo, la gente en silencio, pero con espasmos de alegría cuando uno de sus vecinos en voz alta vitorea al patrón, acompaña al sacerdote que con una leve sonrisa me mira y yo le respondo. Las boinas negras relucen alrededor de la imagen, todos están contentos, las mujeres cogidas a sus chiquillos, las plantas de mastranzo alfombrando las calles y sobre todo yo, el extraño que, con una triste mirada, sabe que posiblemente no volverá a ver más a esta sencilla gente, a este hombre que fue parte de mi historia.

La Procesión

El coche aguanta las empinadas pendientes de tierra, arriba, en el puerto, dejo de ver a esa entrañable aldea, mis compañeros de viaje charlan sin parar, a mí me cuesta volver la mirada atrás, los años pasarán y sus descendientes harán a este lugar algo mejor de lo que ellos le dejarán…, o no.

Dedico este emotivo relato a esos tres niños que vivieron en aquella época, Rafael, Mª Ramona y en especial a mi querida madre Juanita.

"Un Maestro en Épocas de Contienda"

Albuñol, su pueblo adoptivo

Con este relato quisiera hacer un reconocimiento a todos aquellos maestros que consiguieron con su noble arte, en épocas de gran dificultad social, política y económica, enseñar y educar a una población infantil y juvenil que necesitaba de su saber para poder desenvolverse en sus posteriores años de vida.

En el norteño pueblo de Torvizcón, en 1888, nace en el seno de una familia pobre de labradores el protagonista de nuestra historia. Ramón, que es su nombre, vivirá en una época donde las revueltas sociales y políticas marcarán el devenir de nuestro país.
Don Ramón Castilla con sus alumnos


En estos años España es un país eminentemente agrícola, el penúltimo monarca de la casa de los borbones es el rey, Alfonso XIII. Éste reinará desde su nacimiento en 1886 hasta 1902 auspiciado por la regencia de su madre Mª Cristina de Habsburgo. Una vez cumplida la mayoría de edad se convierte en el rey absoluto gobernando hasta 1931, cuando es derrocado y comienza la IIª República.
Durante este periodo coincide el reinado de Alfonso XIII con la época histórica de nuestro país de la Restauración, desde 1875 hasta 1923, cuyo enfoque político fue las alternancias pactadas en el poder de los dos grandes partidos políticos, los Conservadores y los Liberales. En 1923 irrumpe la dictadura de Primo de Rivera, que durará hasta 1930.
En 1931, ya sin el rey, se instaura la IIª República, que durará hasta 1936, año en el que un levantamiento militar desemboca en la desastrosa Guerra Civil Española (1936-1939). A partir de ahí el gobierno del dictador Francisco Franco será el encargado de manejar el destino de los españoles.
Pues bien, en todo este entramado surge la figura de Ramón Castilla en esta pequeña población. Sus primeros años de vida los pasa como todos en la Escuela Pública, ayudando además a sus padres en las labores agrícolas. Pronto su maestro descubre en él a un alumno aventajado, despierto y con muchas ganas de aprender. Se reúne con su padre y le aconseja que debe seguir estudiando una vez termine en el pueblo, sin embargo el padre se ve impotente ante esta propuesta, no tiene medios para ofrecerle una carrera universitaria en Granada, y así se lo indica a su maestro. Éste no ceja en su empeño y prepara a su pupilo para las pruebas universitarias, ayudándole no solo en sus estudios académicos, sino en las necesidades que tendría una vez pasadas las pruebas para desarrollar la carrera de Maestro Nacional. Ramón no llegó nunca a establecerse en Granada durante su carrera universitaria, él seguía su preparación con su maestro y viajaba para presentarse a cada uno de los exámenes. Cuando llegaba este momento se engalanaba con su único traje, se colocaba el guardapolvos y subía a la carreta que lo llevaría a la capital. En Órgiva los carreteros cambiaban los mulos y proseguían su viaje, para al llegar a la ciudad quitarse dicho guardapolvos que protegía el traje y dirigirse a la presentación de las diversas pruebas y exámenes. Jamás obtuvo notas negativas, ya que su ilusión y su capacidad fueron suficientes para en los años correspondientes convertirse en Maestro de la Enseñanza Pública.
Texto de época


No tardó mucho en sacar una plaza a través de oposiciones, siendo su primer destino la hermosa ciudad de Loja, allí estuvo dos años y al siguiente desembarcó en el pueblo que lo vería crecer como persona, el que lo vería casarse, y ya a los setenta y dos años de edad, morir. Ese destino fue Albuñol, en el pueblo había dos pequeñas escuelas, una de niñas, cuya maestra era Dª Rosario López y otra de niños, la cual era regentada por él. He dicho escuelas, pero en realidad lo que eran es aulas con un número de niños no inferior en cada una de ellas de sesenta. Ellos, los maestros, llevaban todo el entramado administrativo, educativo y de enseñanza de la escuela. Para ello el nivel de disciplina era quizás desmedido, pero posiblemente indispensable para poder mantener un orden e esas aulas masificadas. D. Ramón jamás utilizó la “violencia” para enderezar el camino de sus alumnos, era un hombre muy serio pero a la vez muy cariñoso y disciplinado, cuando un niño cometía alguna infracción o erraba en sus tareas, él se sentaba a su lado y con una metodología de la paciencia y el respeto hacia su alumno intentaba convencerlo de su error, de esta manera jamás hubo malas palabras y sí buenos hechos que hicieron de este docente un ser respetado y extremadamente querido en la población.
De esta época viene el famoso dicho “pasas más hambre que un maestro de escuela”. Y era cierto, sus pagas mensuales durante largo tiempo fueron de 75 pesetas, suficientes para un joven sin muchas responsabilidades, pero una vez casado tuvo que dar “clases particulares” extras sumando a su nómina mensual otras 10 pesetas por las mismas. No obstante, cuando conoció a Marina, la que sería su esposa con los años, él no sabía que provenía de una familia pudiente, lo que hizo que su vida fuera bastante más solvente de lo que hubiera sido si sólo hubiera dependido del sueldo de maestro.
Al casarse con los años con Marina, ambos deciden vivir en Albuñol, ya que D. Ramón tenía su plaza definitiva en esta localidad. Allí echan raíces e intentan crear una familia amplia, sin embargo el destino les tenía preparado algo muy distinto, no podrían tener descendencia, lo que haría que volvieran a plantearse la vida diferente manera.
El Maestro

Los años iban pasando y la monotonía del quehacer diario se apoderaba de su pequeña familia, su esposa deseaba tener un hijo y él, con su habitual aplomo y respeto, la tranquilizaba con otras tareas haciéndole entender que Dios había querido para ellos ese destino y deberían conformarse. No obstante, a ambos le rondaba por la cabeza una idea, ¿habría posibilidades de adoptar un niño en la época en la que vivían?
En una ocasión recibieron una información que les hizo volver a retomar el delicado tema de los hijos, en Alfornón, una humilde familia había sufrido la muerte de la madre por una enfermedad que le llamaban “piojo verde”, quedándose dicha familia en una situación muy pesadumbrosa. José Cañas, que así se llamaba el padre, era aguardientero, lo que hacía que sus recursos económicos fueran extremadamente modestos. Su ralea la componían siete hijos, cinco niñas y dos niños, al morir la madre, José intentaba donar en acogida a su hija pequeña, y este hecho llegó a oídas de Marina. En un viaje relámpago en mulo, se desplazaron hasta la pequeña población y se entrevistaron con José, en una larga plática en la sencilla casita de la familia Cañas llegaron a un acuerdo, su menuda Rosarito, de 16 meses de edad, se iría con ellos como hija en acogida, pero jamás perderían el contacto, pudiéndola visitar cuando surgiera a Albuñol, y periódicamente deberían ir de encuentro a Alfornón siempre que José viviera. Así fue, esta niña se convertiría por el azar de la vida en su única hija, ella los adoró siempre como sus auténticos padres, respetando y queriendo siempre a su padre biológico y a sus hermanos separados por el destino.
Ésta se convertiría en una familia repleta de felicidad, por una parte habían aliviado al pobre aguardientero de una boca más que dar de comer, y por otra Marina y Ramón disfrutarían de por vida de su ejemplar hija.
La historia en el pueblo fue la de una estirpe con medios para sobrevivir holgadamente, con las tradiciones típicas del momento, él trabajaba en su querida escuela y en los ratos libres que le quedaban los utilizaba para convertirse en un hombre culto, con una sabiduría que consiguió a base de esfuerzo y tesón. Aprendió latín en las tediosas tardes de invierno, poseyendo como único maestro a su raído diccionario comprado años atrás. Las lenguas era una de sus grandes pasiones, así que empezó por las noches también a aprender francés, utilizó diferentes bibliografías que había conseguido, pero lo más curioso es que para cultivarse en la entonación y pronunciación del desconocido idioma, sintonizaba hasta de madrugada un dial de la radio francesa que consiguió captar por casualidad. Hubo anochecidas en las que su propia esposa debió llamarle la atención para que volviese a la cama, él, como buen esposo, siempre hizo caso de su amada mujer.
Por otra parte, Marina, y después de mayor Rosarito, eran las amas de la casa, allí amasaban para hacer las voluminosas hogazas de pan, el agua se la traían de la fuente con cántaros alguna que otra criada que tuvieron, el avío lo hacían con leña, y anualmente mataban varios cerdos que serían las principales viandas de la temporada.
Algunos de sus alumnos ya mayores

Don Ramón era un hombre erudito, le apasionaba la ciencia de la astronomía y tenía una predilección especial por lo estudios de la naturaleza. Su mujer había heredado parte del cortijo del Maestro Moreno, en los alrededores de la población de Cádiar, para posteriormente comprar los huertos adyacentes para conformar una hacienda rural importante. Esto hizo que sus dos pasiones las pudiera desarrollar con soltura, en las épocas estivales que pasaban allí, las noches de estrellas, los cultivos en el huerto y las estancias en plena naturaleza aprendiendo in situ de todo aquello que abarcaban sus expectantes ojos fueron una constante en su quehacer diario.
En el cortijo debía lidiar con diferentes personas que pasaban por allí, arrieros, guardias, vendedores, y sobre todo con jornaleros. Una vez, uno de estos jornaleros llegó con su torpe andar desde Cádiar a trabajar,  a don Ramón le extrañó que en pleno invierno viniese con esos ropajes parcos en tela y semidestrozados. Le preguntó que si no tenía otra ropa, y él le contestó que no. Entonces nuestro protagonista entró en la casa y en pocos minutos sacó un traje completo, chaleco, chaqueta, pantalón, camisa y ropa interior, y se lo regaló. El asombrado hombrecillo se quedó perplejo, y dándole las gracias una y otra vez guardo su preciado regalo y siguió trabajando. Al día siguiente se presentó de nuevo en el cortijo, y cuál fue la sorpresa de don Ramón al ver que venía de nuevo vestido de igual forma que en días precedentes. Le preguntó que qué había hecho con el traje, y el noble hombre un poco cabizbajo respondió que él trabajando no tenía frío, y que el traje lo guardaba a buen recaudo por si tenía que ir a algún entierro.
En otra ocasión iba montando su mulo en dirección a otro cortijo del entorno, lo llevaba cargado con herramientas que pensaba utilizar, de repente la bestia se asustó al verse sorprendido por un ofidio de gran tamaño, se levantó y Ramón no pudo sostener las riendas, cayendo de mala manera al suelo. Una vez todo en calma, cogió el mulo y se fue andando hasta el cortijo, se había roto el esternón, el cual curó con el tiempo y le hizo no volver a subir jamás a ningún équido. Tal fue su tozudez, que cada vez que tenía que ir con carga a Albuñol o volver desde allí hasta el cortijo, iba acompañando al arriero andando las veinte millas de distancia, mientras éste iba subido en su mulo.
En el cortijo

El tiempo iba pasando y después de las revueltas a nivel nacional estalló la Guerra Civil. Uno de los veranos de estos años, estando en el cortijo, llegaron dos de sus alumnos de manera muy exaltada, eran Paco Miranda y Pepe Sánchez. Al abrirles las puertas, ellos, muy nerviosos, le dan una alarmante noticia, los mandos del ejército republicano habían decidido confiscar su casa de Albuñol como cuartel vivienda para establecerse en ella.
Esto trastocó todos sus planes estivales. Recogieron todo lo imprescindible y volvieron a Albuñol, efectivamente allí se encontraron la casa tomada por los militares, eran dos familias sin hijos, una la del comisario Don José, con su esposa Doña Antonia y la otra la del capitán Don Santiago, con su correspondiente mujer Doña Adelita. Eran valencianos, y aunque trataron a la familia de Don Ramón muy bien, ellos eran los que mandaban y se apoderaron de las habitaciones mejor orientadas y más grandes de la casa, pero pudieron convivir juntos durante toda la guerra.
Albuñol en aquella época

A la hija de Don Ramón le llamaban Rosarín, eran muy cariñosos con ella y con el tiempo llegaron a tener una buena relación. Durante las comidas establecieron dos turnos, en el primero comían los mandos militares y en el segundo ellos. Los alimentos en esta época estaban racionados, y existían las “cartillas de racionamiento”, en la que se marcaba la cantidad de productos básicos se podían recibir, entre ellos estaba el pan, el arroz, los garbanzos… Una de las veces que Rosarito acompañaba a la madre al local del racionamiento, observó algo extraño, a su madre le estaban echando mucha más cantidad de alimentos que a los demás, entonces ella dijo en voz alta que cuánta azúcar le echaban en el saquito, en ese momento recibió una regañina de su madre, y el soldado que repartía el condumio la llamó aparte y le invitó a que se callara, ya que ellos sabían quién eran y le echaban más alimentos por ser los que acogían a los mandos republicanos. Esta situación de convivencia incómoda hizo que su familia no pasara faltas en ningún momento, aunque pasaron alguna que otra situación delicada, como cuando la tía Luisa de Don Ramón, que tenía la cabeza ida, vino a vivir con ellos al quedarse sola, ya que dos de sus nietos que permanecían con ella fueron llamados a filas por el bando nacional. Uno de los días esta señora dijo en voz alta en la casa: ¡vaya unos sinvergüenzas, nos quitan el aceite y el vino de la casa y el cortijo! El comisario dio la voz de alarma, pensaba que la casa donde estaban estaba habitada por fascistas, mandó llamar a un destacamento para llevarse a Don Ramón, pero después de una larga charla y de varias investigaciones resolvieron que la señora estaba en un estado mental en crisis, por lo que decidieron que todo siguiera como estaba.
Durante estos años de conflicto bélico toda la vida social se había paralizado, por lo que Don Ramón no pudo aportar un sueldo a la casa, ya que la escuela se cerró a cal y canto. Ellos, al vivir con los militares nunca tuvieron falta, pero esa situación de desgracia no era plato de buen gusto para nadie. Desde su balcón llegaron a ver cómo se llevaban los rojos a algunos de los vecinos del propio barrio a las cárceles, viéndose impotentes sin poder hacer nada, callando y sufriendo las crueldades de una guerra injusta.
Vista general de Albuñol

Los años fueron pasando y el fin de la guerra dio paso a los primeros años de la dictadura franquista. Todo volvió en el pueblo a ser parecido, se restablecieron los poderes políticos y el Maestro pudo volver a dar sus apreciadas clases. En una de las estancias largas en el cortijo les sucedió algo inesperado pero posible en esta época. Los maquis, que eran bandoleros republicanos que “se echaron al monte” para evitar ser capturados por el gobierno, solían acercarse a las casas de campo para pedir comida y otras necesidades que tenían. Por ello la Guardia Civil convivía durante algunos días en esos cortijos para proteger a las familias de los ataques maquis. En uno de los momentos en los que tenía que ir a por agua, Rosarito cogió  el pipo y se acercó a la mina con su padre. El padre se quedó en el camino, ya que quería acostumbrar a su hija a que fuera sola para perder el miedo que como todo niño ella también tenía. Al bajar a la mina apoyó el pipote sobre la piedra para llenarlo, y en ese momento aparecieron por detrás cuatro individuos, que sin decir ni pío le dieron tal susto que dejó el recipiente sobre la piedra y volvió corriendo y gritando con su padre. Ambos se fueron rápido al cortijo, y al llegar contaron la historia a los Civiles. Ellos de forma inmediata fueron a verificar los hechos, y en no mucho rato volvieron tranquilos a apaciguados. Les tranquilizaron diciendo que sólo eran “blanquillos”, que era como llamaban a los Guardias Civiles disfrazados de bandoleros para poder capturar a estos de improviso. Realmente la hija de don Ramón se había asustado con razón, ya que fueron multitud de veces las que por la noche pasaron por los aledaños del cortijo varios grupos de bandoleros, aunque jamás entraron en el interior del mismo.
La ermita de San Antonio

"Más vale burro sano que sabio muerto". Esta es una de las famosas frases que aprendí de este hombre que tanto cariño y devoción dejó en aquellos que lo conocieron. A ti, Don Ramón Castilla Álvarez, donde estés, serás un influjo positivo para el que escribe, y un espejo donde mirarme en tantos días de docencia que me esperan.


Quisiera dedicar este relato a Rosarito Cañas, que con su paciencia octogenaria supo contarme esta educativa historia, y a la cual le guardo un gran respeto y cariño por todos los años de amistad que nos ha dado a mí y a mi familia.

Fuente histórica: Rosario Cañas.
Autor: Lisardo Domingo.

"Los Últimos Arrieros de la Contraviesa"


Sentado en el añejo algarrobo espero la llegada de ellos, me he aventajado para verlos llegar. Son José y Juan, de pequeño sentía hablar de ellos, a uno le llamaban el Corzo, por el apellido de uno de sus abuelos y al otro el Sosa, que sin saber de dónde venía la procedencia del apodo, sería una de las sorpresas del atardecer; cosas de pueblo.

Cuando era un niño solía venir con mis amigos a este lugar, aquí jugábamos a las canicas, a las chavas, a los libritos y también era uno de los múltiples campos  de fútbol de Albuñol; el Barranquillo. El algarrobo apenas medía un metro, en él no se posaban las mariposas, no anidaban los chamarines, pero era comprensible, también era un benjamín y su objetivo era crecer aguantando los envites de la naturaleza, los calores del estío, el húmedo amanecer de la sierra, los arreones de los niños jugando a su alrededor; y lo consiguió, bueno, lo conseguimos todos. Él ahora salta de los sesenta, casi igual que yo; pero ha crecido algo más que yo, sobrepasa los ocho metros de altura y en él siguen jugando los niños sin temor a su destrucción, suben y bajan por sus ramas, es robusto y preside una de las plazoletas de la población. El Barranquillo, el lugar de las “guerricas” entre niños de diferentes barrios, con arcos de mimbre y flechas de carrizo, con peñones y alguna que otra “escalabraura”, con cerbatanas de cañavera y munición de hueso de almecina. Las niñas, no muy lejos, se entretenían con otro tipo de juegos, la comba, el pillar, la rayuela con tizones de cal y al elástico; no solíamos mezclarnos en los juegos, pero nos habría gustado tanto a unas como a otros.
El Barranquillo también me trae recuerdos nada gratos, aquí, muy cerca, desapareció para siempre uno de mis amigos de toda la vida, Antonio, el amigo de todos, Antoñico “El Guapo”, como él mismo se hacía llamar; siempre recordaré en nuestros años mozos, cuando en estas fechas navideñas nos juntábamos en la plaza del pueblo para ir de casa en casa al anochecer cantando villancicos y tomando la copilla de anís, y siempre era él, “El Guapo”, el que nos guiaba y nos hacía cantar, contando una y otra vez sus archiconocidos chistes, era único e irrepetible, y así será para siempre.

Por el principio de la cuesta aparecen los dos, ya no son tan altos como los recordaba, pero sus facciones son las mismas, con algunas arrugas de más. Al llegar nos saludamos y se sientan a  mi lado, vienen bien abrigados aunque el día está siendo muy generoso y la temperatura es agradable, pero ellos saben que no se pueden descuidar. A mí me recuerdan, sobre todo cuando les hablo de mis padres, son casi de la misma edad, sólo les falta uno para llegar a los noventa; lo primero que me dicen es el porqué de la entrevista, que quién me ha dicho que hable con ellos, no entienden el valor que le estoy dando a lo que fue su profesión de arriero, son gente sencilla, son sabios.

Me sorprende con la facilidad que recuerdan todo, el uno se apoya en el otro y van sacando una y otra anécdota que les provoca más de una risa. José me dice que él tuvo más suerte que su amigo, de niño su tío se lo llevó para que aprendiera el oficio y sacara unas perras que bien le vendrían a la familia, iban en su mulo recorriendo esos caminos; pero también me insinúa que Juan, que empezó a su misma edad, tuvo unos inicios muy duros, y termina la parrafada comentando que para ese trabajo tenías que servir, que era muy sacrificado y en demasiadas ocasiones poco gratificante.

Juan, que acaba de escuchar a su amigo, se ríe, y asintiendo con la cabeza me cuenta sus inicios. De muy joven tuvo que buscarse la vida, y no sabe cómo, pensó en comprar sosa para venderla en otros pueblos y cortijos de la zona; él no tenía para comprar una bestia, así que se agenció un serón y cargado con él a cuestas, y con su mercancía, recorría a pie todos esos lugares que él creía que vendería su producto, y como siempre, al vaciarse el serón volvía para Albuñol. Esta es la causa por la que desde entonces le pusieron de mote, el Sosa.

Estos mercaderes camineros siguieron una vida paralela, en más de una oportunidad se encontraron por las sendas que les marcaba su mercadería; cuando Juan consiguió dinero suficiente se compró un burro y, como dice él, “entonces sí que disfruté de mi trabajo”. Recorrieron las comarcas de la Contraviesa, la Alpujarra Alta, el Valle de Lecrín, y hasta el Marquesado; José me dice que para llegar a Guadix echaban más de dos días de camino, y todavía les quedaba volver; sonriendo irónicamente me comenta que a veces le dicen por la calle algún que otro conocido que, “hoy he ido andando a la fuente de la Teja”, se ríe y repite: a la Teja, pues bueno.

En verano, al atardecer preparaban el género: hortalizas, frutas, mantecas, jabón, tocino, que junto con el pescado seco “encañao”, era lo que más les duraba, no era perecedero, por lo que podían echar más cantidad; al oscurecer iniciaban la ruta hacia las alpujarras, en esta época del año debían aprovechar la nocturnidad para moverse, ya que los productos se podían estropear. Al amanecer llegaban a Cádiar, por el Haza del Lino o por la Venta del Empalme, allí vendían los “puñaicos” que podían en las tiendecillas o intercambiaban mercancías, para seguir su camino hacia Lanteira por el puerto del Lobo y de allí seguían el camino hacia Guadix. Al llegar terminaban de despachar lo que les quedaba y buscaban en la estación del ferrocarril al “correor”, que le tenía preparado otro producto para vender en el viaje de vuelta, y así un día tras otro. Recuerdan haber pasado por pueblos como Trevélez, donde se vendía mucho la sal y el pescado seco, Talará, Jérez del Marquesado, Polopos, Rubite, Sorvilán, Laroles, y un largo etcétera que no tendría fin.

Les insisto en que me comenten cómo era el día a día, la comida, las estancias en los pueblos, las anécdotas del camino, pero casi de forma simultánea me vuelven a decir que era mala vida, demasiado dura. La manduca era siempre lo mismo, en las alforjas llevaban engañifas y pan, acompañándolas con vino, solo cuando tuvieron una edad; aquí la dieta equilibrada y baja en grasas no se estilaba, en ese momento pienso: dieta, deporte, ocio; palabras inexistentes en aquella época, no por desconocimiento, sino por una vida completa, rigurosa, activa donde lo que ingerían, por muy calórico que fuera, era consumido en cuestión de horas, y así toda aquella existencia; y lo más sorprendente, que ellos, no yo, ellos, van a cumplir noventa años de edad.  Pero algo que de nuevo me lleva al asombro es que aquellos arrieros, los mayores y los zagalones, todos, al llegar a las fondas o ventas del camino, lo primero que hacían era ponerle la comida a sus bestias, para después cenar de nuevo las mismas viandas, y por último preparar su alcoba, en la misma cuadra, con los mulos, estiraban y recomponían el aparejo y se tumbaban en él a dormir con la cabeza sobre el vientre del animal.

La tarde se está cerrando, el sol hace ya que se escondió por el Cerro del Gato, una tarabilla y un mosquitero se persiguen por entre las ramas del algarrobo, en la lejanía por encima de las Yeseras se escucha el “guarreo” de un zorro marcando su territorio, se lo indico expresivamente mientras ellos me siguen contando.

Este trabajo también tenía clases, los más pudientes llevaban los carros tirados por una recua de mulos; la mayoría llevaban mulos sueltos, a veces hasta tres y cuatro, y por último los que utilizaban  burros. Nosotros también teníamos momentos de entretenimiento, a veces coincidíamos con las fiestas patronales de los pueblos, o con la ferias de ganado; cuando íbamos a los bailes estábamos bien vistos por las comadres, nos consideraban bien, ya que poseíamos una de esas bestias y también manejábamos “perragordas”. Iba contando José.

Los mulos que utilizábamos para pasar esos caminos de Dios eran los Castellanos, por su  fortaleza y resistencia, mientras que para las labores del campo la raza era la del mulo Romo. Más de una vez, cuando muy joven, la noche se hacía muy pesada, por lo que mi tío me decía que me cogiera a la cola de la bestia y yo, muerto de sueño, llegaba a dormirme andando y cogido a dicha cola, llevando el camino el mulo sin equivocarse gracias a su facilidad para ver perfectamente de noche. También a veces durante el camino me tumbaba en el lomo del animal con las piernas cerca del pescuezo y la cabeza cerca de los cuartos traseros, al dormirme se me caía la bilbaína sin darme cuenta, al despertarme se lo decía a mi tío y él se reía, me decía que de esa forma aprendería a no dormitar en esas difíciles posturas. Siguió diciendo José.

En un momento de la conversación quise que me contasen algunas experiencias con el estraperlo, pero con un gesto delatador prefirieron no hablar mucho de ello, aunque asintieron afirmando que sí había, que a veces la Guardia Civil los paraba a los arrieros para comprobar la carga, si era aceite lo requisaban y los reprimían; una de las veces viniendo de Órgiva, en la venta de la Marrana, una pareja de Civiles nos dieron el alto y nos registraron, viendo que llevábamos jabón quisieron comprárnoslo, pero nosotros se lo regalamos aunque no querían en un principio recibir el presente. Nosotros teníamos que estar a bien con ellos, por lo que de vez en cuando los tratábamos generosamente.

Los arrieros nunca iban por caminos poco transitados, evitaban así los asaltos de los bandoleros de aquellos duros tiempos y el peligro de no poder ser socorrido ante un contratiempo. Cuando nos encontrábamos en el camino con algún compañero de trajines le preguntábamos: “Illo, ¿de onde vienes?”, y se solía contestar: “¡Ya te enterarás!”; las buenas rutas comerciales no se contaban, ya que todos iban buscando lo mismo, vender y conseguir el mayor número de reales para la familia que esperaba en el pueblo.

Anocheciendo ya, a punto de irnos, les pregunté a los sabios qué tipo de vestimenta utilizaban, su contestación fue unánime: siempre la misma, unos calzones cortos y una camisa en verano y unos largos de pana y un abrigo sobre la camisa en invierno, utilizando de calzado babuchas de tela, de cuerda de esparto y de cáñamo.

Para terminar, Juan alzó la voz y dijo mirando hacia el mar en el horizonte: parece que fue ayer cuando subía por esa rambla con mi serón a cuestas, con el “pescao” seco recién “comprao” en La Rábita, buscando el mercadeo en el pueblo; no siempre cualquier tiempo “pasao” fue mejor.

Allí van, Juan y José, José y Juan, los últimos arrieros; sus andares ya no tan ligeros pero son los mismos que recorrieron una y otra vez estos caminos, estas carigüelas, para servir a los nativos de estas tierras, a nuestros padres, a nuestras madres; se marchan no sin antes desearme unas felices navidades, yo se las devuelvo con todo el placer del mundo y desparecen por la esquina; mi corazón se aprisiona, ellos ya han cumplido, nosotros también lo haremos.

Fuentes: José Martín Viñolo y Juan Arráez; los arrieros.
Autor: Lisardo Domingo

"La Guerra en los Cortijos"



Aunque nos pese, la Guerra Civil Española fue uno de los acontecimientos históricos más vergonzosos que se han producido en nuestro país. El sacarlo a la luz en el bloque de “Historias y Leyendas de la Contraviesa”, no tiene otro objeto que recordar a nuestros lectores más jóvenes a lo que puede llevar la violencia más extrema por desavenencias ideológicas y políticas. Ciudades, pueblos, familias, fueron destrozadas socialmente, y durante esos tres años y la posguerra se produjo un distanciamiento y un odio que separó a vecinos, amigos e incluso a hermanos.
Como con cualquier otra historia que descubra en nuestra Sierra, seré lo más objetivo posible, trascribiendo de forma precisa la información recibida por la fuente histórica. En el caso de esta trama, las propias familias del que escribe estuvieron divididas en bandos opuestos, simpatizando la familia de mi padre con el bando “nacional” y la de mi madre con el bando “republicano”.
Procesión en Albuñol


“Los leños embravecidos por la humedad del campo chisporrotean en la pequeña chimenea, creando una agradable calidez en el ambiente de la alcoba. Estamos retrepados sobre las mecedoras percibiendo los diminutos copos de nieve que casi no se atreven a caer. Esto es muy habitual en Mágina, mis padres no lo habían vivido nunca en su dilatada vida, pero sin embargo, me sorprende cuando él apunta que le trae este ambiente algunos recuerdos de su niñez. Yo le pregunto, y él comienza a relatar algo que sin lugar a dudas no es fácil de evocar.
Cuando se inició la “Guerra” él tenía sólo siete años, era una familia tradicional, de cuatro hijos, que vivía en el mismo pueblo de Albuñol. El pueblo estaba tomado, al igual que toda Granada, por los republicanos, lo que hacía más difícil la vida para aquellos cuya ideología política era opuesta a la “oficial” local. En la Casa de las Margaritas estaba instalado el cuartel militar, al lado de la iglesia, prácticamente en el centro de la población. Fueron pasando los días y la confrontación era cada vez más manifiesta y peligrosa, no se podía salir de noche a la calle, había racionamiento para conseguir los alimentos básicos, los niños ya no podían asistir a la escuela, los cántaros sobre la fuente con las mujeres esperando turno era el único momento afable permitido y las inquisidoras miradas entre los propios vecinos eran inevitablemente estremecedoras.
El puente Aldahayar, al fondo la sierra


Pronto su familia empezó a ser acosada, por lo que su padre, que regentaba la farmacia, decidió que él, su hijo menor, debería estar lejos de ese ambiente de extremada peligrosidad. Un día vino al pueblo uno de sus mejores amigos, Antonio Soto, que era el dueño de uno de los cortijos situados al norte de la población, Los Morenos. En una conversación en su casa le pidió a su amigo que se llevara durante un tiempo a Lisardo a su cortijo, porque tenía miedo de que sufriera algún daño viviendo en Albuñol. Antonio, como era de esperar, no puso ninguna pega y le comunicó que en unos días vendría a por él. Esa misma noche tocaron a la puerta de la familia Domingo, eran dos militares que con los fusiles en mano amedrentaron a toda la parentela. Al pequeño Lisardo lo subieron en la silla de madera y exclamaron: ¡Qué hacemos con éste!; fue un momento tenso en el que su madre, Deogracias, saltó de forma espontánea a recoger en sus brazos a su asustado hijito. Después de unos minutos de silencio en el que los guardias se dedicaron a registrar las habitaciones buscando no se sabe qué, decidieron irse sin más.
Pasaron unos días, la tensión iba creciendo por momentos, a su hermano Pepe se lo llevaron detenido al calabozo del cuartel, posteriormente lo tendrían recluido durante un año en la cárcel de Almería.
Una fría tarde de enero de 1937 aparecieron por su casa Antonio y su hijo Ricardo con dos grandes mulos, venían para recoger a Lisardo que, a regañadientes, fue despidiéndose de su familia. Salieron a la plaza, y a la grupa del mulo de Ricardo cogieron el camino hacia los cortijos.
Fuente de la plaza de Albuñol


El adiós había sido apresurado, no debían ser vistos por los militares, así que sin perder tiempo y con los mulos cargados iniciaron el camino hacia el puente Aldahayar, allí, tras una leve mirada atrás el niño soltó unas lágrimas, no sabía cuándo volvería a ver a su familia.
Subiendo por el camino de las minas se dirigieron a la sierra, en poco menos de dos horas divisaban la entrada del cortijo, era un lugar desconocido para el niño, pero pronto sería su hábitat natural. Al llegar a la casa observó que en el porche de la puerta había varios cerdos husmeando, al bajarse del mulo los animales huyeron con aparente descontrol. La madre de Ricardo se acercó a él y le hizo una afable caricia, eso lo tranquilizó y cogido de la mano de la señora entró en la vivienda, la temperatura era muy agradable, fuera en el camino, el frío había hecho mella en él, así que se acercó a esa chimenea gigantesca que tenían en el comedor y que él nunca había visto en una casa, ya que la temperatura del pueblo hacía innecesaria la utilización de estos ingenios”. Este fue el hecho que le hizo recordar a mi padre la historia vivida en su infancia cuando estábamos sentados al calor de la lumbre en el Cortijo del Lince en Sierra Mágina.
“Al llegar la noche conoció al resto de su familia adoptiva, además de Ricardo estaban sus tres hermanas, todas mozas ya, y que enseguida supieron hacer más agradable la vida del pequeño Lisardo. En una de las habitaciones de las hermanas mayores fue donde dormiría a partir de entonces, en la misma cama y sin ningún rubor. Esa noche cenaron todos juntos, como siempre, pero la compañía del niño del pueblo hizo que hubiera algo más de algarabía, ya que le preguntaban diversas curiosidades y él contestaba si ninguna vergüenza, no tardaron mucho en hacer creer a Lisardo que ése sería su nuevo hogar.
Los días fueron pasando lentamente, él fue aprendiendo las labores del campo, y aunque era muy joven le empezaron a dar responsabilidades varias. La que más le gustaba era cuando después de las tareas campesinas Antonio llegaba con los mulos y los descargaba, era el momento de darles agua, y como la fuente estaba un poco lejana había que llevarlos hasta allí, entonces era cuando el niño cogía las riendas de uno de ellos y los llevaba hasta la fuente del cortijo de los Corros. Recuerda que en más de una ocasión llegó a ir subido en el mulo por esos tortuosos caminos de arrieros. En uno de esos momentos en que se acercaba a la fuente con las bestias, en un cortijo cercano apareció una “vieja” que le causó estupor y miedo, se volvió de inmediato al cortijo y se lo comento a Ricardo, éste, como niño que también era, le contó una historia de miedo que no olvidó nunca, aunque para convertirse en un cortijero auténtico tuvo que lidiar con la pobre señora que jamás le dirigió una palabra en las otras muchas ocasiones que la encontró en su equina tarea diaria.
El Calvario


No tardó mucho en descubrir lo bien que se vivía en ese cortijo, y posiblemente en todos los de alrededor. No les faltaba de nada, todo era abundancia, pero el trabajo era de sol a sol. En invierno estaba la matanza, aquellos marranos que conoció a su llegada serían los que alimentarían a toda la familia durante el año. Eran días de fiesta, aunque las noticias de la guerra entristecían a todos. Estando allí, en una de las bajadas de Antonio al pueblo, éste llegó con una noticia aterradora para el niño, se habían llevado a la cárcel de Baza a varios hombres del pueblo, entre ellos a su padre y a su tío Lorenzo. Estas crónicas lo dejaban aturdido y con pocos ánimos, pero él sabía que debía resistir, ya que con el tiempo todo debería pasar y él se convertiría en un hombre.
Las viandas en el cortijo eran esplendorosas, a veces se hacían en el mismo campo, pero otras se juntaban en la casa para catar aquellas pipirranas hechas con las hortalizas recién traídas por él de la huerta, aquellos pucheros que si te descuidabas costaba sacar la cuchara del propio plato por la cantidad de sustancia, o aquellas migas, que era el plato más apetecido por todos, que se colocaban en la misma sartén en el centro de la mesa para que el desgaste del duro trabajo se viera saciado en no muchos minutos.
Uno de los quehaceres que él asumió durante toda su estancia en el cortijo fue el surtir de leche y huevos a los trabajadores durante la mayoría de los días. En una ocasión, cuando ya estaba acostumbrado se acercó al corral donde estaban las cabras y las gallinas, primero recogía la leche en una cántara, y después abría el habitáculo del gallinero para coger los huevos frescos. Cuando iba a realizar la tarea como de costumbre, dejó la cántara llena de leche en el rincón habitual, al sacar uno de los huevos el gallo se tiró a por él, haciéndole correr despavorido tropezando con la cántara, que se derramó liando un gran revuelo en el cobertizo. Al llegar de nuevo a la casa pensó que sería recibido con una gran regañera, pero cuando lo contó ellos sonrieron y no le dieron importancia, la despensa estaba llena de otros muchos víveres.
Sin lugar a dudas lo que más le gustó de las tareas de campo fue la época de la recogida de los cereales, sobre todo cuando llevaban el producto a la era, allí se juntaban los habitantes de todos los cortijos de alrededor, echaban el trigo o el centeno a la era por turnos, y con la yunta de mulos se ponían a trillar. Al finalizar aventaban el cereal y dividían la paja del grano, por último cada lugareño se llevaba el producto según lo que había aportado. Esto que se cuenta con tanta celeridad, suponía varias semanas de trabajo y juerga, ya que de forma simultánea los hombres y las mujeres que traían la comida se enzarzaban en debates, discusiones y bromas que hacían de ese tiempo el momento más deseado del día por el pequeño Lisardo.
Camino a la Plaza


Los meses pasaron, estuvo cerca de un año viviendo con esta maravillosa familia, en ninguna ocasión bajó al pueblo, no se fiaban de lo que pudiera ocurrir. Pero el “frente” se tranquilizó, entonces sus padres lo mandaron llamar y en uno de los viajes de Ricardo a la villa lo acompañó subido detrás de él. Bajando el barranco miró hacia atrás, la misma sensación que tuvo al irse de su familia verdadera le sobrevino en ese momento, la pena y el ahogo estuvo presente en él durante todo el trayecto, pero sabía que allí había dejado a unos más que amigos, que serían para siempre, y que para siempre los tuvo y sigue teniendo en el corazón.

Ahora es un poco mayor, en la plaza no solo están las cantareras, también hay niños jugando, reconoce a varios de ellos, los niños lo miran. ¿De dónde vendrá Lisardo? Un fuerte abrazo con sus padres le hace recordar que el sueño siempre será pasajero”.

A mis hermanos Sonia e Ignacio, a mi preciosa mamá y por supuesto a mi querido papá, que desde allí arriba habrá hecho relucir una nueva estrella.

Fuente histórica: Lisardo Domingo Carretero. Albuñol.
Autor: Lisardo Domingo Blanco