Pertenecemos a ella, somos parte de ella, estar cerca nos produce sensaciones inigualables, esos sentidos se encienden produciendo un Baño de Bosque… Y si ocurriera que se va, que nos vamos, o nos quedamos solos. Todo esto quedaría en nuestra mente, y más tarde en el olvido:
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El crujir del fuego bermejo, azulado, sobre la
eterna roca cuando el sol se pone por el horizonte marino.
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Las fragancias de sus diminutas plántulas que embriagan
los bosques planetarios: romeros, tomillos, salvias, ajedreas, lavandas,
hierbabuenas…
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El ulular de la abubilla sobre la atalaya
silvestre esperando reacción femenina con su tez bailando al son de su melodía.
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La chepa del buitre leonado sobre el tajo
avistando a sus congéneres en la lejanía aérea para saltar en el instante que
ellos se lanzan a por la manduca.
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El inquieto deambular de la garduña en el boscaje
nocturno.
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La matutina costumbre del lagarto ocelado
paralizado al sol con su atractiva iridiscencia.
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El persistente chapoteo del caño de teja en el
manantial de la sierra.
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La primavera noctámbula marcando la competencia
entre la bóveda celestial de la constelación de Orión y las luminiscentes
luciérnagas.
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El robusto roble con su marcescente hojarasca
luchando por mantener su territorio ancestral con la añosa encina.
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El ondulado pase estival de los delfines mulares
surcando el mar de Alborán.
· El pulular de las incansables abejas sobre las minúsculas florecillas.
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El crepuscular canto del mirlo sólo mitigado cuando
amanece y rebusca entre las tierras sus preciadas lombrices.
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El aullido del alfa lobo al anochecer desde su
fortaleza pétrea produciendo quebranto.
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La Persecución consentida del macho montés olisqueando
las partes nobles de la hembra.
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La hechicería del torcecuello convertido de ave
a sierpe.
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El eterno río serpenteando entre sauces, fresnos
y chopos.
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La inquieta ardilla chillando ante un peligro a
su vez que brinca de pino en pino para perder a su predador.
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El abejaruco del paraíso con su melodía metálica
en los cielos.
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La golondrina dáurica dando continuos portes de
barro desde las acequias hasta construir el nido con su entrada tubular.
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El polícromo granado pasando de la calvicie
marronácea invernal hasta la metamorfosis sus hojas rojizas al emerger, verdes
al crecer y amarillas al perecer.
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El salto nocturno de los peces voladores a
estribor de la navegante piragua.
· El crepitar de las olas sobre los arrecifes marinos.
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El sabor de un voluptuoso caqui recién cogido
del árbol.
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La resurrección primaveral de la osa recriminando
a los oseznos por sus dispersos paseos.
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La mirada de la víbora emergiendo su cuerpo ante
el peligro siseando para avisar de su poder.
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El paso mimético y silencioso del búho real por
la estrecha angostura.
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El afilado cuchillo resquebrajando el viejo
tronco para alimentar con sus larvas al hambriento superviviente.
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El lince guiando a sus pequeños entre los
lentiscos con el reducido rabo emergido y abanderado.
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El caminar seguro del mirlo acuático buceando y
andando sobre las sumergidas rocallas.
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El perenne madroño aunando a principios de otoño
sus globosas florecillas con sus frutos amarillentos y algunos bermellones.
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Los
machos de sapillos corredores que al llegar la noche húmeda primaveral
atraen a las hembras con su croar constante inflando los sacos bucales
trompeteros.
· La magia de los ciervos machos perdiendo las cuernas en los meses primaverales año tras año, para volver a ramificarlos creciendo aún más al llegar el estío.
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El trino de las aves cánoras luchando por su
territorio y por su hembra: jilgueros, verdecillos, verderones, pinzones,
pardillos…
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La brujería de las mariposas transformándose de
huevo a larva, a oruga, a crisálida, para finalizar el ciclo volviendo de nuevo
al estado de atractiva mariposa.
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La majestuosa águila real surcando los cielos
provocando entre ratoncillos, conejos y zorros la necesaria espantada terrenal.
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La inigualable sonrisa del niño cuando juega en
las plazas de los pueblos…
… Nuestras próximas generaciones no nos lo perdonarían
jamás.



