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"Carta de un Lugareño de Sierra Mágina"


Me llaman el abuelo de esta comarca, hace lustros que ya no recuerdo los años que tengo, pero los humanos que se acercan a mí dicen que sobrepaso los quinientos. Cuando era joven solían jugar por mis alrededores pequeños benjamines que con sus agudas voces se nombraban de diferentes maneras a las de ahora, uno de ellos se llamaba Mohamed y la chica Kamal. Vivían en una de las alquerías cercanas, pero, sobre todo en primavera, les gustaba acercarse aquí para capturar las escurridizas ranitas que recorrían la acequia que me rodeaba.
El lugareño de unos 500 años de edad
No solo me acompañaban estos traviesos seres, también tenía muy cerca una gran variedad de árboles que formaban un tupido bosque que, como yo, aportaban una gran cantidad de frutos que atraían a infinidad de animales. La mayoría era pequeñas avecillas que pululaban de rama en rama buscando las larvas de los insectos que se alimentaban de mis hojas y flores, aunque en muchas otras ocasiones se acercaban otros animales que me hicieron pasar momentos de gran temor. Recuerdo uno de ellos que solía venir de tarde en tarde, era enorme y tranquilo, pero al llegar a mí se levantaba, y con sus musculosas zarpas me movía y golpeaba, haciendo caer de forma brusca a mis bellotas que se encontraban fructificadas. Una vez pasada esta “tormenta” todo era tranquilidad y paz, empezaba a rodearme cogiendo con su feroz hocico cada uno de los frutos caídos al suelo, para después tumbarse y relamerse los restos azucarados que le habían dejado las sabrosas bellotas.
Pasaron muchísimos años y las costumbres de aquellos que me rodeaban fueron cambiando, el glotón oso no volvió a pasar por aquí, creo que los humanos acabaron con él porque les robaba algunas piezas de ganado y acababa con sus colmenas, aunque mi opinión es que veían en ese maravilloso animal a una gran competencia para sobrevivir en la naturaleza. Cada vez había menos arboleda similar a mí, a muchos de mis hermanos los cortaban para hacer leña y construir viviendas, plantando en ocasiones unos pequeños arbolillos a los que llamaban olivos. Para transportar los cereales y los frutos carnosos de la naturaleza utilizaban los burros, que con su fuerza ayudaban a que las tareas del campo fueran más llevaderas. En esa época mi porte era grandioso, lo que hizo que una pareja de águilas imperiales decidieran construir su nido en mis ramas y criar durante varios años a sus blanquecinos polluelos. En más de una ocasión observé la espectacular caza del macho, abalanzándose desde mi copa hasta caer con una inusitada fuerza sobre algún zorro o conejo que había decidido salir de su escondrijo.
La acequia seguía estando allí, lo que hacía que siguieran acercándose multitud de animales a saciar su sed, uno de ellos solía venir siempre acompañado por varios de su especie, y aunque conmigo siempre fue noble, los demás animalillos al sentir su presencia huían despavoridos. Los aldeanos también le temían, y en no pocas ocasiones realizaron batidas para cazarlo, uno de estos campesinos, llamado Manuel, llegó a encaramarse una noche en mis ramajes esperando a que el lobo pasara para acabar con él, sin embargo éste no pasó.


Ahora todo ha cambiado, en mis cercanías han construido una singular ermita, el polvoriento camino se ha convertido en una pequeña carretera, la acequia está perfectamente encauzada mediante tuberías, los trabajados burros se han tornado en máquinas ruidosas y con olores poco agradables, el lobo hace mucho tiempo que desapareció de mi entorno, los cortijos ya no utilizan las eras porque los cereales no son sembrados y los fastidiosos coches no dejan de asustarme cada vez que transitan a mi vera.
No obstante no debo ver esto como un problema, posiblemente he vivido demasiados años, ya no existen ninguno de mis hermanos árboles, han sido muchas generaciones de seres vivos los que se han cobijado en mis descomunales sombras, muchos los que han vivido a mi regazo y otros muchos los que se han podido alimentar de mis suculentos frutos. No creáis que me encuentro sólo, sigo teniendo visitas amabilísimas, los seres humanos me respetan y se deshacen en halagos, siguen acercándose a mí muchas de aquellas especies que antaño me visitaban, arrendajos, azores, carboneros, herrerillos, garduñas, liebres y uno que siempre está hozando cerca de mis raíces buscando comida, el tosco jabalí.
 Tenemos la suerte de vivir en el planeta Tierra, pero vosotros los humanos sois los únicos que podéis hacer que este planeta no desaparezca, que nuevas generaciones lo conozcan, que vuestros hijos puedan volver a oler a romero,… que el oso pueda seguir visitando los bosques mediterráneos.
Por cierto, todavía no me he presentado, me llamo Encina y estaré encantada de sentir vuestra presencia en esta olivarera sierra de Mágina, seguro que os hará recordar lo maravillosa que es nuestra exuberante Naturaleza.

1 comentario:

JOSE LUIS dijo...

Por si fuera de interés para usted, sus compañeros de rutas o los lectores de su web, tengo publicado el blog plantararboles.blogspot.com
Un manual sencillo para que los amantes de la naturaleza podamos reforestar, casi sobre la marcha, sembrando las semillas que producen los árboles y arbustos autóctonos de nuestra propia región.
Salud, José Luis Sáez Sáez.